Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 5: EL PODER DE LA MAGIA

Un estruendo retumbó en Namásium. Los súbditos se estremecieron, miraron el cielo sobrecogidos. El corazón del apresado palpitó con fuerza, mientras pedía al cosmos un milagro que le salvara la vida. La incertidumbre se apoderó de todos, excepto de Axel. Él dedicó una malvada sonrisa al haz de luz que atravesó los cielos. Como un rayo, la energía colisionó frente al santuario. La luz se disolvió en una silueta.

Axel, sin titubear, aún mantenía la daga bien apretada contra el cuello de su víctima.

—Te estaba esperando, Frewin —dijo Axel.

Esperaba que fuera la guardiana la que se personificara para impedir su propósito, pero la silueta se amoldó a unas formas masculinas. Cuando la cegadora luz se aplacó, Zeta se personificó ante ellos.

—Axel… —dijo Zeta. Los ojos no le engañaban, era Toss, el joven áureo que luchó con él, codo con codo. Sin embargo, las llamas verdes que ardían en sus pupilas, delató su verdadera identidad.

—¡Zeta! ¿Eres tú, primo?

—¡Basta! —gritó Zeta. La presencia del guardián de Luz abarcó el santuario. Los súbditos le miraban y a la vez devolvían la mirada a su señor. Estaban nerviosos, todo lo contrario a Axel, que se mantuvo firme en todo momento.

—No puedo negar que me has sorprendido —Axel rio y apuró un poco más la daga sobre el cuello del joven—. Esperaba a tu apestosa gata, no a ti. Pero no importa, me alegra volver a verte. Será mucho más satisfactorio ver tu cara. Disfruta mi regalo.

El primer hilo de sangre apareció en la yugular del muchacho. Zeta quiso actuar, pero las fulminantes llamas verdes se avivaron en los ojos de Axel, provocando un resplandor infernal. Para el guardián, el tiempo se ralentizó unos instantes y, mientras observaba las primeras gotas de sangre caer, su consciencia escapó de su cuerpo y emprendió un viaje astral.

«Una panorámica del bosque de Tresva se abría ante él. Agudizó la visión y, entre las espesas copas de los árboles, vio a Melbek y Frewin, con Estrella en brazos. Zeta supo que aquello ocurría en ese mismo instante, pues observaban la huella del cielo, que había dejado tras su marcha. Imara no estaba, pero escuchó su llanto en el interior de la casa-árbol.

Una enorme espiral negra apareció. Zeta se horrorizó y la respiración se le cortó fulminante. El agujero se electrificó y giró a gran velocidad. El guardián no pudo hacer nada. Era un espectador, limitado a ver como Axel le arrancaba lo que más quería.

—¡Frewin! —gritó, a sabiendas de que era imposible que pudiera escucharle.

Quizá fue la voz de Zeta o simple casualidad, pero Frewin miró arriba cuando el agujero asestó contra ellas. Una devastadora descarga eléctrica colisionó sobre la copa de la casa-árbol. Las llamas surgieron hambrientas, devoraron la casa y el llanto de Imara se apagó con el crepitar de la madera ardiendo.

Frewin actuó con rapidez ante el fuego e hizo lo único que pudo. Agarró a Estrella con fuerza, cogió del brazo a Melbek y huyeron de allí. Dejaron tras de sí una brillante estela, mientras la inmensa llamarada se alimentaba de su hogar.»

La consciencia de Zeta regresó. Hiperventilaba y las sienes le palpitaban. De su garganta arrancó un alarido de culpa, dolor y rabia. Su ojo azul despidió ráfagas, como si dentro de él hubiera algo a punto de explotar. Quiso matarle allí mismo, con sus propias manos, pero Axel tenía el plan bajo control.

—Yo no soy Azor, pequeño Zeta… —La daga abrió el cuello del muchacho en dos y tras un reguero de sangre, que se mezclaba con el agua y teñía de rojo los canales del santuario, los súbditos entonaron de nuevo los cánticos—. Ningún guardián de Luz podrá inmiscuirse en asuntos de mortales.

Un cúmulo de nubes grisáceas cubrieron las llanuras de Mikas. Los presentes se evaporaron en una humareda negra, el santuario se volvió oscuro y solo Axel permanecía frente a él. Las intensas llamas verdes, de los ojos de su primo, crepitaban en sus oídos junto a los gritos agónicos de Imara. El tiempo transcurría lento y supo en el acto que se encontraba bajo los efectos de la magia arcana. La cara de Zeta se trasformó a una llena de odio y dolor. Había destruido lo que más quería…

Una bola de energía le envolvió. Axel no se inmutó, solo sonreía y se regocijaba en su hazaña. Zeta impulsó las manos hacia adelante, dispuesto a lanzar un ataque mortífero; sin embargo, la bola de energía se diluyó. El corazón se le paró unos segundos al comprobar que, alrededor de las muñecas, una extraña cicatriz le encadenaba. Volvió a intentarlo, pero fue incapaz de invocar la energía. “Ninguna guardiana o guardián de Luz volverá a inmiscuirse en asuntos de mortales.” La voz de Axel fue lo único que escuchó. Se miraron en silencio.

Axel lanzó la daga muy hábil, envuelta en la sangre del inocente. El arma giró a cámara lenta, directa hacia el pecho. Zeta quiso interponer los brazos en la trayectoria, pero aquellas cicatrices no le dejaron. Cayó de rodillas, mientras veía como se aproximaba. El sacrificio de Axel había sido certero. Encarceló la posibilidad de que pudiera hacer magia para evitar sus intenciones. La arcana era más poderosa de lo que pudo imaginar.

Como diapositivas, pasaron por la memoria los momentos vividos en paz, desde que regresó de entre los muertos. ¿Por qué el cosmos le dejó volver si no podía hacer nada? La última imagen fue la de Estrella en brazos de Frewin. Su inocente y tierna cara tenía un inconfundible parecido con Imara, pero la mirada era mágica como la suya. La esperanza de que ella siguiera viva, le regaló un último momento de extraña felicidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.