Un escandaloso llanto y continuos tirones despertaron a Melbek. Estaba demasiado aturdida. Los viajes por el espacio-tiempo eran una experiencia brusca y ella, había sufrido dos en lo que llevaba de día. Le costó un rato poder enfocar la visión. A su derecha, la pequeña Estrella tiraba de su brazo para que despertara. Tenía año y medio, tan solo era un bebé, pero parecía ser consciente de lo que acababa de suceder. Era una pesadilla, todo había ocurrido demasiado rápido y aun podía sentir en la piel el calor abrasador de las llamas consumiendo la casa árbol en cuestión de segundos.
La áurea se incorporó lo más rápido que pudo. El cuerpo le dolía como si hubiera caído de mucha altura. Lo primero que hizo fue asegurarse del bienestar de la niña y, sorprendida, se percató de que no tenía un solo rasguño. La abrazó, intentando apaciguar el llanto descontrolado. Melbek no había tratado mucho con niños, pero lo que descubrió tras la espalda de Estrella sabía que no era normal. Las piedras de la orilla del río vibraban en el suelo, mientras otras burlaron la gravedad, formando un círculo alrededor de ellas. Salió del asombramiento cuando Estrella tiró de nuevo de su brazo. Tan sólo a unos metros, custodiada por aquellas piedras, también se encontraba la gata negra inconsciente. Según se aproximó la niña, las piedras descendieron. Miró a Melbek y se tumbó junto a la gata. “¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos?” Melbek preguntaba al viento en busca de respuestas.
El dolor de cabeza iba menguando a la vez que examinaba su alrededor. El sonido de las turbulentas aguas del río y la ciudad que se levantaba a su espalda, colmada de casas peculiares en las que predominaba el color rojo en sus distinguidos tejados, hizo que reconociera al momento dónde se encontraban. “Henan, China… ¡Estamos en la Tierra! Frewin ha debido de adentrarse en mi memoria.”
Aún muy aturdida, se sentó dejando caer la cabeza sobre las rodillas. Intentaba pensar, pero el bloqueo mental era una losa demasiado pesada. Miró a Estrella y lo tuvo claro, debía protegerla.
—Lo de las piedras flotando, ¿has sido tú, pequeña?
Melbek la fue a coger en brazos cuando una carga eléctrica recorrió todos los músculos de su cuerpo. Sintió el poder de la niña, que de nuevo se acurrucó al lado de la gata. Puso la mano en su lomo y un brillo las arropó. La luz tomó intensidad. Estrella deseaba que Frewin despertara y Melbek, asombrada, estaba segura de que la niña estaba haciendo uso de la magia. “¿Cómo una niña tan pequeña podía tener ese poder?” Reflexionó.
Melbek se agachó para comprobar el estado de Frewin. La gata negra estaba tumbada de lado, inconsciente, pero aún respiraba.
—Te prometo que se pondrá bien —dijo Melbek a la pequeña Estrella, que fijaba sus ojos dispares en ella. El ojo azul desprendió un fulgor y Melbek percibió la ira que rezumaba en su interior.
Las piedras volvieron a temblar, queriendo alzarse de nuevo, cuando Frewin volvió en sí. Abrió sus ojos amarillos y lo primero que sintió fue el alivio de ver a Estrella a salvo.
—Pequeña, gracias al cosmos que estas bien —dijo Frewin con voz débil. Estrella abrazó a la gata. Ese era el consuelo que necesitaba para parar el llanto.
—¡Frewin! ¿Te encuentras bien? —dijo Melbek, aliviada por verla reaccionar.
—Miau… —Un leve maullido fue lo que la áurea escuchó.
Tres años habían pasado desde que marchó de la Tierra. Recordó su último día, cuando “la puerta de la llamada” apareció en su busca para volver a Namásium y luchar por la liberación. Frewin las había traído hasta aquí, este era su segundo hogar y sabía muy bien hacia el lugar que debían dirigirse.
El chirrido de un carro la puso en alerta. Un habitante de la ciudad paseaba por la orilla del río Amarillo, cuando una luz explotó en el cielo. La curiosidad hizo que se acercara hasta allí, donde las tres se encontraban. El hombre se dirigió a Melbek para tenderle su ayuda. Ella entendía el idioma a la perfección, pues había pasado más tiempo en la Tierra del que recordaba haber estado en Namásium. Como sea, debía llegar hasta el que fue su hogar.
—Discúlpeme, señor, pero debo pedirle un favor… —Melbek se incorporó y tomó la posición que allí conocían como Kowtow. Se arrodilló en el suelo pedregoso y se inclinó agachando la cabeza—. Necesito llegar a la montaña de Songshan, mi templo está allí.
El hombre, al principio desconfiado, le ofreció de inmediato subirse al carro cuando descubrió que, lo que parecía ser una extranjera, conocía una de las cinco montañas sagradas. Asintió con la cabeza dando su permiso.
—¿Eres taoísta? —preguntó curioso mientras Melbek subía a Estrella y Frewin en el carro.
—Crecí en uno de los templos Shaolín. Podría decir que sí.
El taoísmo era la filosofía y espiritualidad que abarcaba en todo el territorio chino. Aquellas creencias ya se habían expandido más allá de la frontera de Henan. Melbek siempre consideró que aquella cultura era similar a la suya. A su manera, los monjes de los templos también llamaban a la energía del cosmos. Meditaban sobre ella hasta obtener, con el paso de los años, el control de sus cuerpos, la danza de la lucha, la búsqueda del autocontrol y la paz interior. Era lo más parecido a la magia que existía en el planeta Tierra. Sus Dioses eran tres: el Puro Jade, el Puro Superior y el Gran Puro. Para Melbek, sus deidades eran una clara representación de las guardianas de Luz y en su fuero interno, al haber crecido entre aquellas costumbres, esas tres manifestaciones de la energía celestial eran ellas: Verxi, Syki y Frewin.