Las pulsaciones se desbocaron mientras su frente se impregnó de un sudor frio e incesante. Consciente de que estaba atrapada en un sueño observó cómo unos gigantescos ojos carmesís, en los brotaban dos intensas llamaradas verdes, no la perdían de vista. Un riachuelo de sangre corría bajo sus pies descalzos y, entre el miedo y el asco, Estrella se esforzaba por despertar.
En los sueños agradables siempre le acompañaba un orbe luminoso. Estrella creció escuchando las leyendas de Namásium y quería pensar que era su subconsciente el que la llevaba a tener esos viajes astrales. En este, la luz no le acompañaba y lo que pudo ser un sueño agradable se tornó en una pesadilla. La sangre de inocentes regaba todo el planeta. Quería huir para alejarse de aquella extraña sensación, cuando un inmenso océano apareció en el horizonte. Tras la niebla, captó la presencia de un barco de grandes dimensiones. En la proa portaba una estrella de ocho puntas y descubrió sorprendida que en el centro brillaba estático aquel orbe tan familiar. El barco viró en su dirección para llegar hasta ella; sin embargo, el sueño se disolvió y Estrella se vio envuelta en la negrura. La angustia se apoderó de ella y los latidos de su corazón perdieron la normalidad. Quería despertar. Gritó, pero de su garganta apenas salió un murmullo.
Percibió la húmeda lengua de Frewin al pasar por su mejilla y el sobresalto fue la llave para salir de la pesadilla. En mitad de la madrugada y la oscuridad se escondía la silueta de un enorme felino y una voz, que solo ella oía, insistía para que despertara.
—¿Estás bien? —La pantera preguntó preocupada.
—Gracias por despertarme, Frewin. Lo estaba pasando realmente mal.
Estrella necesitaba deshacerse de la mala energía y la pesadumbre de la pesadilla. Descalza, ataviada con un pijama blanco de tela fina y con su larga melena pelirroja recogida en una trenza, salió a la intemperie para despejarse. Frewin, silenciosa, la siguió.
Recorrió los estrechos pasillos de piedra pulida, donde delicadas pinturas representaban sus deidades: el Puro Jade, el Puro Superior y el Gran Puro. Al final, un pequeño y cuidado jardín. Adoptando la postura del loto se sentó sobre la hierba cruzando las piernas, frente a un estanque de piedra lleno de peces. Observó la luna llena y, aun agobiada por las malas sensaciones, se desahogó con la pantera confesando su pesadilla. Necesitaba respuestas y solo Frewin podía arrojar luz a sus inseguridades.
—Necesito calmarme —Respiró profundamente—. He escuchado muchas historias y conozco la trayectoria de mi padre a la perfección. Solo me estoy sugestionando… —Estrella se sinceró con Frewin, pero sabía que intentaba convencerse a sí misma.
—Respira con calma —dijo Frewin en un tono relajante—. Es solo que te haces mayor…
—¡Vaya respuesta! —Estrella perdió la postura—. ¿Tengo algún tipo de disfunción mental que acompaña con la edad? —contestó con tanta gracia e ironía que no pudieron evitar reírse. Eso la relajó.
—¡Cómo te pareces a tu madre! —el comentario hizo que Estrella sintiera un pellizco en el estómago.
—Explícame eso de que me hago mayor —Ella no quiso mostrarlo y cambio de tema.
—Estoy segura que es tu don —Estrella se posicionó frente a Frewin para no perder detalle—. Cuando las guardianas de Luz decidimos hospedarnos en Namásium, vimos en los áureos unos seres muy especiales. Sin poseer la magia conectaban con el universo. Su propia genética les otorgaba un don, algunos más desarrollados que otros, pero no todos son iguales. Tu padre y tu abuelo coincidían, los dos eran muy intuitivos, sentían lo que podía estar ocurriendo o estaba a punto de suceder. Lo llaman el don de la premonición. Sin embargo, Axel posee el de la hipnosis, tiene ciertas capacidades para entrar en las mentes, conocer sus miedos…
—Poseer a los demás, entrar después de muerto en cuerpos ajenos… —concluyó Estrella con su típica ironía.
—Bueno, de eso último ha sido más culpable la magia arcana —Se notó la rabia en la voz de Frewin—. Nosotras creamos la piedra Cósmica. Las llamadas sacerdotisas mancillaron nuestro regalo, desvincularon su magia y mediante rituales la fortalecen. Por eso han conseguido llegar tan lejos, aunque Axel y su don para la hipnosis les haya favorecido.
—Entonces, ¿no solo me parezco a mi madre? —Estrella indagó en busca de respuestas.
—Es lo natural, tú has heredado esos dones y por lo que sueñas diría que tu don es el de la clarividencia.
—Vale, lo entiendo, pero si nadie puede hacer uso de la magia que vosotras nos regalasteis, porque la piedra se ha destruido…—Estrella hizo una leve pausa—. ¿Por qué yo sí puedo?
Estrella extendió las manos. Sin rozar el agua del estanque, unas ondas comenzaron a dibujarse. Desde el centro hacia afuera el oleaje se intensificó. Al chocar con las rocas, salpicó, pero las gotas nunca llegaron a tocar el suelo. Suspendidas en el aire, ascendieron muy despacio y formaron una cortina. La luz celeste, que desprendían sus manos, acompañó el espectáculo.
—Tú eres un ser muy especial. La única en tu especie… mestiza, de madre humana; y tu padre… —Frewin suspiró—. Te engendró después de absorber la magia de la piedra Cósmica, para después regresar como mi hermano, un guardián de Luz, aunque mortal por su condición. Lo has heredado también, al igual que tu don, posees esa magia. ¡A demás de esa inconfundible mirada! —Frewin quitó seriedad a la conversación y Estrella la miró con sus ojos dispares.