Habían pasado demasiados años desde el regreso de Axel y, desde entonces, una ilusoria libertad colonizaba el planeta. Los habitantes estaban familiarizados con las malas artes impladas, lo que había integrado la existencia de dos claros bandos: los áureos que abrazaban las nuevas costumbres, convertidos en adictos a los placeres y la plenitud. Capaces de asesinar al prójimo para hacer ofrendas de sangre a las sacerdotisas o al mismo Axel y así obtener el éxtasis que solo esa magia podía darles. Un estado de dependencia por sentir el embrujo recorrer sus venas. A cambio de esos placeres todopoderosos, estarían sentenciados a una muerte segura en la que sus almas, junto a la de las víctimas, alimentarían y reforzarían la magia arcana. El resto, aquellos que sobrevivían sin sucumbir, luchaban por mantenerse fuera de su alcance. Aunque intentaban normalizar sus vidas en aquella ilusoria libertad, había que tener un par de ojos en la espalda y esperar no ser acechados por los condenados.
Para Axel, los devotos era la mejor baza. Ellos se encargarían, sin tener que hacer esfuerzos, de sustentar la magia con los sacrificios. Ser eterno, derrocar a las guardianas de Luz para tomar su puesto ante el cosmos y malversar con la magia para ser el único, era su anhelo. Las sacerdotisas despertadas de la ultratumba, ubicadas en sus respectivos templos, velarían porque nadie se interpusiera en los ambiciosos planes, de los cuales también se beneficiaban.
Las aguas del mar en calma eran el espejo de la noche estrellada de Namásium. El barco rompía el reposo allí donde surcaba, como si navegara por el universo infinito. La suave y salada brisa azotaba la rebelde melena negra de Elas, mientras fijaba su mirada color aceituna en la isla de las montañas de fuego. Allí les esperaba su siguiente misión.
Elas escuchó unos pasos y el crujir de la madera. Nimán se acercó para pasar un rato con él e intentar amortiguar los nervios de la siguiente expedición. Durante todo este tiempo se dedicaron, en cuerpo y alma, al estudio de antiguas leyendas que giraban en torno a la magia. Buscaban una solución para luchar contra el nuevo y mortífero orden. Templos en ruinas se mantenían en pie después de siglos de abandono. Esos lugares escondían secretos de cuando las sacerdotisas, en su época dorada, utilizaban métodos poco éticos para igualarse con las guardianas. Desde que desaparecieron sin dejar rastro, tras la amenaza de ser destruidas sumiéndose en una profunda letanía, sus templos quedaron en el olvido, pero seguían guardando los misterios de la magia arcana.
Nimán, Elas y una cuarentena de áureos que formaban la tripulación del “Estrella dorada” dedicaban sus vidas, y muchos de ellos sus muertes, en desmantelar los templos profanos. En arcas y repisas guardaban interesantes objetos y artilugios que antaño fueron forjados con magia, con la esperanza de encontrar aquel que les ayudara a combatir, pero resultaron ser ostentosas baratijas que solo servían para decorar.
—Buenas noches, capitán —saludó Elas sin quitar la mirada de la isla a la que se acercaban.
—¿Preparándote para la siguiente expedición, chico?
—Asimilándolo, diría mejor…
Nimán desdobló un trozo de pergamino, que encontró días atrás en el último templo que visitaron. Era la pista más clara que tenían después de años de lucha y se la cedió a Elas, para que la volviera a leer.
«Namásium
El planeta más antiguo del cosmos.
Primero en colonizar la energía universal.
Los nacidos en estas tierras, observan el cielo como el que mira tras una ventana la bóveda celestial.
Pequeños fragmentos de estrellas crearon el suelo por el que caminamos.
Y, ocultos tras el paso de los milenios, trocitos del firmamento brillan bajo las montañas rojas.
El fuego las protege y esconde su energía.»
—Estoy convencido de que este es el lugar del que habla —dijo Nimán—. En algún lugar de la isla deben estar las piedras Aventurina.
—¿Cómo sabremos cuáles son? La isla estará repleta de minerales.
—Si las ves, las reconocerás en el acto. Estos legendarios minerales también eran conocidos como “las piedras de las estrellas”. Los pergaminos dicen que la luz es absorbida por su superficie reflejándose en puntos muy brillantes dentro de la gema, guardando los colores del universo —Nimán estaba convencido de que esta isla desolada les daría una respuesta—. La leyenda cuenta que existen cinco tipos, cada una de un color, y guardan diferentes propiedades que al unirse son capaces de albergar magia.
—No sabemos cómo funcionan…
—Ni tampoco si servirá, pero es la única esperanza que nos queda, Elas. No podemos dejar de buscar.
Cuando el sol despuntó, plasmó en el horizonte los cálidos colores del amanecer y un bote con siete áureos, incluidos Elas y Nimán, descendieron por la popa del barco. Remaron hasta alcanzar la empedrada orilla y, unos metros más adelante, se adentraron en la frondosa selva que custodiaba las montañas de fuego.
Unos ruiditos espeluznantes, que provenían de la espesa vegetación, les obligaba a caminar con cautela. Los animales autóctonos no eran nada hospitalarios y preferían no tener que lidiar con alguno. Tras recorrer la isla, de punta a punta decidieron descansar de la caminata. Cada vez más desanimados, perdían la fe y solo querían escuchar la orden del capitán para regresar al barco. El calor era sofocante y aunque el fuego de los volcanes dormía, el vapor de su lava impregnaba la atmosfera. Elas prefirió no perder el tiempo. Atento a sus pisadas, escaló sobre las rocas negras acumuladas en la base del volcán. Una zona muy concreta, en la que una maraña de musgo se agolpaba, le llamó la atención. Le parecía imposible que a tan elevada temperatura pudiera crecer el moho de una forma tan sospechosa. Anclado a la roca, pasó la mano y la frágil capa se deshizo entre los dedos. Convencido de que ocultaba algo, comenzó a arrancarla con mucha facilidad. Un estrecho túnel que se dirigía al corazón del cráter quedó al descubierto. El hallazgo le devolvió la esperanza y gritó el nombre de Nimán. Alertados por la llamada fueron en su busca.