Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 9: CONEXIÓN

Axel, con las manos entrelazadas a la espalda, daba pequeños paseos por los alrededores del santuario. A pesar de haber conseguido lo que se proponía, ciertos pensamientos revivieron viejas preocupaciones. Había acabado con Zeta, el último familiar que le quedaba, pero no pudo evitar recordar a Frewin. Aunque les había arrebatado su poder, ella seguiría viva en el alguna parte y, con total seguridad, creía que estaría con Melbek, la áurea a la que dejó escapar y ahora se arrepentía. Poseía Namásium y estaba orgulloso por ello. Los desprecios recibidos de un padre al que siempre intentó contentar, los convirtió en un logro que su progenitor no hubiera conseguido ni en mil vidas. Azor quiso el poder y pensó que lo había obtenido, pero Axel lo había conseguido de verdad. No quería tener flancos abiertos y decidió que las encontraría.

Axel caminó pensativo por el santuario. No ignorarla a los enemigos que aún seguían con vida. Rodeado de vegetación y del agua rojiza que la regaba, se concentró para invocar el don. Las llamas verdes de sus pupilas se prendieron. Sacó la daga, clavó la punta acristalada en la palma de la otra mano y tiró con suavidad provocándose un corte lo suficiente profundo para que emanara la sangre negra. No mostró el más mínimo signo de dolor y pasó la lengua para limpiar la herida, que cicatrizaba a su paso. El espeso líquido manchó sus comisuras, mientras entraba en un trance.

Estrella y Melbek se movían ágiles una frente a otra. Frewin las observaba desde un lado del jardín. Fluían con serenidad mientras lanzaban golpes que jamás llegaban a tocar al adversario. Era un baile flexible de autocontrol para el cuerpo y la mente. Todo iba a la perfección, Estrella había mejorado mucho en la disciplina desde lo ocurrido en la sala del gong. A veces se comportaba de forma alocada, como cualquier joven de su edad, y no prestaba excesiva atención cuando tenía que meditar. Se aburría y más de una vez recibía algún que otro rapapolvo por parte de su maestra, pero desde que tuvo aquella experiencia empezó a tomárselo en serio. Sentía la magia correr por las venas, era como un volcán que lucha por no entrar en erupción. Sin embargo, desde que empezó a tener pesadillas le suponía más trabajo mantenerlo dormido. La meditación le ayudaba a mantener el control de sí misma y, a veces, conseguía disponer de los sueños extraños a su antojo. Quería manejarlos y en ellos buscaba una explicación a lo que estaba experimentando.

Melbek notó la presión en el combate. Le costaba esquivar los movimientos de Estrella. Al fijarse en su ojo negro, vio el reflejo de una llama verde. Al principio era casi imperceptible, pero comenzó a avivar su intensidad de forma simultánea a la violencia de los golpes.

—¡Estrella, para! —Consiguió decir Melbek resistiendo al ataque.

La súplica de Melbek alertó a Frewin, que se incorporó dejando ver su esbelta figura felina. Todo terminó cuando Estrella consiguió asestar un fuerte golpe en la cara de su maestra y la pantera se lanzó sobre ella para reducirla. La llama verde se apagó.

Estrella volvió en sí entre sollozos al comprender lo que hizo. Fue directa hacia Melbek. Se encontraba bien, excepto por el lateral izquierdo del rostro, que se tornó violáceo. Suplicó perdón, mientras confesaba que no sabía lo que le había ocurrido. En realidad, era la única en no saberlo. Melbek y Frewin compartieron una mirada cómplice. Ese fuego verde que conseguía arrebatar los sentidos y poseía al portador les resultaba demasiado familiar.

Axel volvió en sí.

Había muy pocas cosas que le asombrara de su poder, ya sabía de lo que era capaz, pero la experiencia consiguió sorprenderle. Fue como mirar un espejo y este le mostrase otro mundo detrás. Sintió la agilidad del cuerpo que visitaba, vio la cara de Melbek y deseó con todas sus fuerzas asestarle un buen golpe, acto que consiguió, hasta que un enorme animal negro caía sobre él y perdió la conexión. Pero, ¿en qué cuerpo estaba?

Miró la cicatriz de la mano, que apenas se veía y supo lo que había conseguido. “Esa persona comparte mi sangre” pensó.

Se tomó un tiempo para asimilar lo sucedido, pues acababa de descubrir que Zeta tuvo descendencia. Era la única opción lógica que existía, pues él era hijo único de Azor y lo mismo ocurría con Zeta. No podía ser de otra manera. Quiso volver a intentar entrar en la mente del recién descubierto familiar, llevó a cabo el mismo ritual: se abrió la herida, lamió la sangre, pero fue imposible volver a aquel cuerpo.

—No quiero que llores —repetía Frewin, una y otra vez, por la inconsolable ansiedad que tenía Estrella en ese momento—. Nunca quisimos que llegara este momento. Os traje al planeta más remoto antes de… bueno, de dejar de ser una guardiana de Luz, para mantenerte a salvo, pero Axel está consiguiendo más poder del que podría haber llegado a imaginar.

—¡No me estás ayudando! Tengo miedo, ¿sabes? Y no lo siento por mí, lo tengo por lo que puede llegar a pasar si pierdo el control. Tal y como me ha sucedido ahora. Solo tengo ganas de cortarme la mano por haber sido capaz de golpear a Melbek.

Melbek miró las secuelas del golpe en el reflejo del estanque, mientras asimilaba lo que había sucedido. Regresó donde estaban ellas conversando, justo a tiempo para escuchar la réplica de Estrella. Se puso frente a ella y la cogió de las manos para que se levantara del suelo. Acarició la trenza pelirroja que descansaba sobre su hombro y la guio hasta el estanque, donde a Estrella le gustaba tanto estar. En silencio, se sentó frente al agua con la postura idónea para la meditación y Estrella la imitó.




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