Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 11: EL POBLADO DE LOS DRILAS

La tristeza se apoderó de Elas, mientras se alejaba de la isla. Una punzada en el pecho y el vacío le asoló, sin poder evitar recordar a su difunto hermano. Otra vez esa horrible sensación. Otro pedazo de alma se le desprendía con la pérdida de Nimán.

Sacó las cinco piedras Aventurina y, el roce entre ambas, volvió a emitir el sonido agudo de las primeras notas de algún tipo de música celestial. Un rayo de esperanza volvió a encontrarse con Elas, desde luego eran unos minerales poco usuales. No tenía idea de qué debía hacer con ellas e intentaba sacar alguna lógica, sumido en sus pensamientos hasta que un tripulante rompió el silencio.

—¿Hacia dónde nos dirigimos, capitán?

Elas no quería ser capitán de nada, solo quería encontrar lo que tantos años llevaba buscando. Vengar a su hermano y, ahora, también al verdadero capitán, Nimán.

—Necesito pensar…

Sin más, dejó su puesto bajo la mirada expectante de todos y entró al camarote de Nimán. La puerta le dio la bienvenida con un chirrido y de un portazo volvió a cerrarla. Solo, entre esas cuatro paredes, la ira azotó la calma. Frustrado y con la mandíbula apretada, arrojó por los aires todo lo que encontró a su paso. La silla se estampo contra la pared, los mapas y pergaminos junto con la mesa y las estanterías acabaron esparcidos por el suelo. El llanto acabó ganando la batalla, se dejó caer y puso la cabeza entre las piernas. Se tiraba con fuerza del pelo y las lágrimas rezumaban dificultando su respiración. Todos sintieron el pesar de la pérdida, pero nadie se atrevió a molestarle, aunque escucharan el alboroto de destrozar el camarote. Después de la tormenta llegó la calma, ya no le quedaba más pena que derramar, solo intentó tragar el nudo formado en la garganta. Por un momento pensó en abandonar la misión, el barco y alejarse todo lo posible de su actual vida, pero aquello hubiera sido un acto egoísta. Observó de nuevo las piedras y escuchó su tintineo.

—Tengo que descubrir si servís de algo. Nimán no ha podido perder la vida por nada —dijo en voz alta dirigiéndose a las piedras.

Miró uno de los libros que estaban esparcidos por el suelo. Era antiguo, estaba gastado y algunas hojas sueltas asomaban por la solapa. Elas gateó hasta él y descubrió cientos de páginas escritas con la letra de Nimán. Era un diario en el que había documentado cada paso dado, de incluso antes de que Elas le conociera. Cada pensamiento, cada logro y cada fracaso estaban allí, plasmados en páginas amarillentas. El boceto del “Estrella dorada” le llamó la atención, un poco más abajo había un corto relato.

«Han pasado muchos años desde que dejé atrás mi antigua vida. Cuando Azor se hizo con la piedra Cósmica para que la magia solo fuera de él, la vida fue incompleta. La bendición de las guardianas de Luz nos había abandonado de forma dolorosa y debimos aprender a vivir sin ella. Sólo unos pocos aprendieron a desarrollar sus dones de áureos hasta el límite de no saber diferenciar si era, quizás, algo de esa magia viviendo en ellos. Un caso muy particular es el de Tiana, mi buena amiga. Cuando solo éramos unos críos nos adentrábamos en formidables aventuras. Era capaz de averiguar cosas increíbles con solo mirar a los ojos de quien posaba su mirada en ella. Veía la buenaventura y, cuando la magia nos abandonó, el desespero de la incertidumbre hicieron de ella la jefa de nuestro clan; el clan de los Drilas.

Recuerdo como me miró a los ojos y me dijo que aquí no había nada para mí; que mi alma era la de un pájaro y mi hogar me esperaba sobre los océanos. En aquel momento no supe que quería decir, y hoy me encuentro sobre este majestuoso barco. El destino puso en mi camino la encrucijada de plantar cara a un grupo de Oscuros. Se regocijaban ante la agonía de un viejo marinero. Pude marchar y así evitar problemas ajenos a mí. Me llevé una buena paliza, pero ayudar a ese pobre hombre de una muerte segura alimentó mi corazón. Agradecido, me dio cobijo sobre esta embarcación de la que ahora soy heredero. Como deuda me comprometo a dar refugio a quien lo merezca.

Tiana acertó. Soy un espíritu libre que surca los mares a su antojo. Y en su honor llamaré a este barco Estrella dorada, porque ella, con su don para la adivinación, siguió guardando una porción de la magia que nos fue arrebatada, y la magia está en las estrellas.

Nimán»

Tras varias horas de reclusión Elas salió del camarote. Decidido subió a la cubierta y fue hasta el áureo que manejaba el timón.

—Pon rumbo a la tierra de los Drilas —ordenó y se dio de nuevo la vuelta para irse.

—Eso está hecho, capitán.

—No me llaméis así —Elas alzó la voz para que todos le escucharan—. No soy el capitán de nadie. Es más, sois libres si queréis marchar, pero también sois libres de quedaros. No quiero ser el responsable de vuestras vidas y tampoco de vuestras muertes. Cuando lleguemos a tierra, buscaré a la jefa del clan de los Drilas y espero encontrar respuestas. Será peligroso, pues la magia arcana acecha, aun así no pararé hasta que encuentre una solución o hasta que me maten. Ni si quiera sé si volveré a subirme a este barco.

—Yo te acompañaré —dijo Roy, un áureo alto, corpulento, de pelo largo y blanco—. Nimán me acogió en esta tripulación cuando era un pobre desgraciado que no tenía dónde caerme muerto. Me da igual vivir o morir, pero voy hacer lo que él hubiera querido de mí.

Elas se acercó a él con paso firme y apoyó la mano en su hombro como gesto de gratitud.

—Yo también iré con vosotros —dijo otro más alejado.




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