Tras un viento cargado de arena, que transformaba la atmósfera en una niebla polvorienta, se alzaba uno de los templos en el desierto de Hoane. En su interior abovedado corrían estrechos canales por los que, en la antigüedad, fluía el agua. Ahora transportaban riachuelos de sangre, que impregnaba el ambiente de un fuerte olor metálico, y desembocaba en un espeso lago en el centro de una enorme sala negra, con miles de mágicas luces que simulaban el universo.
La sacerdotisa que lo regentaba dejó caer la fina túnica que ocultaba su joven cuerpo. Estaba desnuda, excepto por los símbolo tatuados que recorrían su piel desde la frente y los pómulos, hasta sus delgados tobillos. El mutismo, debido a los siglos de letargo, llenaba el templo de un silencio que solo era roto por las corrientes de sangre espesa. Primero introdujo un pie en el lago y los símbolos emitieron un tenue brillo que se intensificó al introducir el otro. Dispuesta a alimentar la magia arcana en un baño carmesí, varios golpes en el portón la sacaron de sus intenciones. Con un gesto, la entrada se abrió dando la bienvenida a los visitantes. Cuatro áureos llegaron hasta ella. Se notaba que no era la primera vez que visitaban aquel lugar. Sus pieles empezaban a tornarse grisáceas y pústulas malolientes les advertían de una muerte próxima.
La sacerdotisa no interrumpió su baño y expuso su bello y falso cuerpo jovial. Cuanto más se sumergía, los símbolos brillaban con más intensidad. Los cuatro visitantes se postraron y el que parecía el líder inició su petición.
—Mi suprema Sacerdotisa, hija de Seirim, soy tu siervo. Ten piedad de nosotros y danos lo que necesitamos —solicitó—. Vuestra magia nos ha abandonado, solo somos cadáveres vivientes. El dolor es insoportable y necesitamos sentir, de nuevo, la magia en nuestras venas.
—¿Habéis traído lo que necesito? —Los cuatros áureos se miraron al escuchar la voz de la sacerdotisa retumbar en sus cabezas, sin haber abierto la boca.
—Creemos en vuestra benevolencia, sabe que somos siervos. Podría darnos un préstamo y traeremos lo que necesita, pero en nuestra circunstancia sería imposible cumplir con el pago.
—Soy benevolente y volveréis a sentir la juventud, el poder y la magia —les contestó por telepatía—. Pero uno de vosotros deberá quedarse conmigo.
Al escuchar las condiciones, tres de ellos no tuvieron que sopesar ni un segundo la propuesta. Agarraron al último integrante del grupo por los brazos y, de un empujón, se lo ofrecieron. El terror le poseyó, sabía lo que le esperaba. Resistiéndose entre súplicas que le dejaran marchar, acabó cayendo en el lago de sangre junto a la sacerdotisa. Salió a duras penas de la sangre estancada y se acurrucó en una esquina. La sacerdotisa salió empapada del líquido carmesí, alzó los brazos frente a los tres áureos y entonó una letanía. La oscura neblina que salía de sus manos envolvió a los individuos. Ellos aspiraron ansiosos la bruma. El plácido bienestar empezó a notarse en sus pulmones, mientras que las venas trasladaban la euforia y el éxtasis por el cuerpo, hasta volver a sentir el bombeo de sus corazones. Capaces de llevar a cabo cualquier cometido repletos de poder, fuerza y juventud.
—¡Gracias por tan infinita benevolencia! —dijo el cabecilla del grupo—. Pronto le traeremos nuestras ofrendas y procuraremos que provengan de corazones limpios. Aportaremos más grandiosidad a la verdadera magia y a los únicos hijos del cosmos.
El portón del templo se cerró a su salida, sin ningún tipo de remordimiento por haber dejado a un compañero atrás. Aunque ya se habían alejado varios metros del lugar, el viento trajo hasta ellos los gritos agónicos de la fianza que dejaron en el templo. La sacerdotisa descubrió ante el condenado su verdadera apariencia. Una piel grisácea, ojos carmesís, dedos largos y esqueléticos, junto a unos finos labios donde asomaban los colmillos afilados que clavó en la carne, aún viva, para alimentarse de las vísceras y el corazón del desgraciado.
Después de un desayuno repleto de sabrosos frutos autóctonos. Los jóvenes Maroalis formaron un corrillo alrededor de Frewin y Estrella. La pantera tuvo que soportar varios tirones de cola y tocamientos, mientras Estrella lo pasaba genial entre bromas y resolviendo preguntas curiosas tanto de niños, como de mayores.
—¿Queréis saber de dónde vengo? Mirad…
Estrella se levantó dejando a todos expectantes y la siguieron hasta la salida. El Bosque de las Almas brillaba bajo el sol que reflejaba sus rayos en las hojas plateadas. Se alejó unos metros y fue hasta la orilla del río, dónde recogió un puñado de la tierra. El iris azul tenía un brillo mágico, como si un pequeño sol brillará en el interior. Lanzó la tierra hacia arriba y apareció una imagen del cielo nocturno de Namásium. Aquel fragmento del universo comenzó a moverse cada vez más rápido, hasta formar un agujero de gusano. En la lejanía se discernía un punto azul, que aumentaba de tamaño cuanto más cerca se veía, hasta que el planeta Tierra se mostró ante todos. Quedaron boquiabiertos, cautivados por aquella mágica demostración. Los espectadores se llenaron de esperanza, excepto uno que no pasó desapercibido para ella. La jefa del clan la observaba con tristeza. Estrella finalizó la demostración y la imagen se disolvió en un resplandor. Se acercó a Syza entre los vítores y aplausos del resto de Maroalis. El miedo se había apoderado de la jefa del clan, sin poder evitar que florecieron en ella la negatividad y la inseguridad.
—Lo siento, Estrella. No pretendo preocuparte, es que no he podido evitar pensar…