Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 14: SALVADOS

Después de la intensa caminata, para alejarse todo lo posible de las llanuras de Mikas, Estrella tuvo la necesidad de descansar sus hinchados y doloridos pies. Al resguardo de una espesa arboleda, el aire fresco les trajo un intenso aroma a salitre. El mar estaba cerca, de eso estaban seguras.

El sol se ocultó en el horizonte, mientras un manto estrellado arropaba Namásium. La luna más grande y cercana era deslumbrante, con cientos de cráteres y surcos rojizos; sin embargo, Estrella miraba con nostalgia la más lejana. La luz blanca que desprendía la llevaron a un viaje por los recuerdos, de las noches en el templo, donde la montaña sagrada era un remanso de paz bajo la luz de la luna terrestre.

Apoyó la vara de madera sobre sus rodillas mientras pensaba en Melbek, en su bienestar y en lo que la echaba de menos. Su leal compañera, Frewin, era como su escudo protector. Un ángel de la guarda que había perdido la esencia de su existencia, por haber protegido a Zeta y, ahora, a ella. Estrella notaba la inseguridad calándole los huesos y su cara lo reflejaba. La enorme pantera la conocía demasiado bien y dejó caer la cabeza azabache sobre ella. Quizás así conseguiría quitarle los pensamientos oscuros que pudieran aferrarse en su cabeza. No hay nada más peligroso que la mente, en ella se encuentra la fuerza para resurgir, pero también para autodestruirse.

—¿Qué voy hacer, Frewin? —Rascó a la pantera entre las orejas—. ¿Cómo voy a alcanzar el objetivo sin un plan?

—Debes creer en el destino, mi niña.

—¿El destino? —Alzó una ceja—. El destino es una mala pécora que se divierte jugando con los mortales, ¿lo sabías?

—¡Vaya ocurrencias tienes! El destino es una enorme telaraña y cada hilo representa una vida. Es como un trabajo arquitectónico trazado a la perfección para mantener el equilibrio. Lo que tenga que pasar…

—Pasará… —Estrella terminó la frase—. Por eso perdiste tus capacidades como guardiana de Luz, por inmiscuirte en el destino de los mortales.

—No —contestó Frewin, rotunda—. Mis capacidades me las robaron, igual que a tu padre. No niego que podría haber tenido algún tipo de consecuencia en manos del cosmos, pero yo soy su hija y confío en que nunca me hubiera arrebatado mi esencia así. La culpa es de quien profanó la pureza de nuestra magia con sus artimañas, para convertir en ley lo que solo era una “leve norma”.

—Quizás también fue el destino, pero a largo plazo…

—¿A qué te refieres? —Frewin ladeó la cabeza, curiosa por la teoría de Estrella.

—Me explico. Tus hermanas y tú, las guardianas de Luz, sois la pura energía del cosmos, es decir… la magia. Hace miles de años decidisteis regalar ese don a los áureos, aquí en Namásium. En ese momento alterasteis el destino de un puñado de mortales. Si eso no hubiera ocurrido así, la magia arcana tampoco hubiera existido y, por ende, no hubieras perdido tu esencia.

Aquel análisis dejó a Frewin sin comentarios. Nunca lo había pensado de esa manera, pero el argumento tenía mucha lógica.

—Y a mis hermanas, ¿por qué no?

—En mi opinión, tus hermanas nos abandonaron a nuestra suerte. Para mí, solo tú eres una verdadera guardiana de Luz. Te quedaste, a pesar de todo, para protegernos y afrontar tu propio destino —Los enormes ojos amarillos del felino se pusieron vidriosos por las palabras de Estrella y ella la rodeó entre sus brazos—. Te amo, Frewin.

—Vale, ¡para ya! Los animales también lloramos, ¿sabes?

Estrella no pudo evitar reír ante el comentario cuando vio que Frewin se incorporó, debido a un extraño sonido que llamó su atención.

—¿Qué ocurre? —preguntó Estrella.

—¿No oyes eso?

La pantera se levantó atraída por una melodía. Con las orejas empinadas buscó el lugar del que provenía. Estrella se levantó al captar el sonido. Ocultas tras la frondosa vegetación y a una buena distancia de seguridad, descubrieron que no estaban solas. Se alarmó al percatarse de la presencia de cinco hombres. Dos de ellos con las manos atadas, se veía que eran prisioneros. El del cabello negro parecía mucho más joven que el otro, un fornido hombre de pelo largo y blanco. Los otros tres tenían muy mala presencia. Estrella sintió la presión de la atmósfera repleta de mala energía. Afinó la visión y observó que las ataduras de aquellos hombres no eran material. A su nariz llegó la peste que desprendía la magia arcana.

—Estrella, no hagas ninguna tontería… —dijo Frewin.

La extraña melodía provenía de una especie de piedras con las que jugueteaba uno de los captores. No conseguía escuchar lo que hablaban, pero la conversación que mantenían comenzó a acalorarse. Uno de ellos empujó al más joven, que cayó al suelo, y el que parecía el líder reía ante su sufrimiento. Las pupilas de Estrella se dilataron al ver como el tercero sacaba una daga oculta en la parte trasera del pantalón.

—¡Malditos embusteros! No le llevaremos vuestros cuerpos, pero sí vuestra sangre —gritó a pleno pulmón y clavó la daga en la parte alta del muslo del hombre de pelo blanco—. Pero antes nos divertiremos un poco con vosotros.

—¡Estrella, no! —gritó Frewin cuando vio a Estrella acercarse. Sin más remedio que ir tras ella.

El hombre cayó al recibir la puñalada, mientras el más joven gritaba improperios desesperado. Con agilidad, Estrella saltó los obstáculos que la separaban de la trifulca, sin apenas emitir un ruido. El condenado que jugueteaba con las piedras, las lazó al aire con intención de recogerlas de nuevo, pero estas quedaron suspendidas en el aire, desafiando la gravedad ante la presencia de Estrella. Se miró las manos pensando que aquello era obra suya, pero una voz femenina llamó la atención de todos.




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