Sus ojos se movían rápido tras los parpados, sumido en la profunda oscuridad de los pensamientos. Una decena de siervos con los rostros ocultos bajo las capuchas rojas, entonaban cánticos arcanos en un tono suave y melodioso. Axel continuó concentrando su poder para encontrarla.
La frecuencia de las voces ultratumba de las sacerdotisas irrumpió en su mente. La advertencia de que habían captado signos de energía mágica corroboró que la amenaza a su imperio estaba cerca. La sacerdotisa del templo en el desierto de Hoane había forjado un pacto con los condenados, convirtiéndola en legítima heredera de sus almas, pero cuando Estrella los derrotó absorbiendo la magia arcana que los mantenía con vida, todas las alertas estallaron estremeciendo la calma.
—Ha llegado la hora —advirtió Axel.
Los cánticos resonaron con más fuerza en el santuario, mientras la energía de Axel, las sacerdotisas y sus siervos se fusionaban nutriendo con mayor alcance la magia. Las corrientes de agua trasportaban la energía por todo el lugar. Axel mostró sus ojos poseídos por el fulgor verde y llameante. Estaba preparado para llevar a cabo su plan.
Recorrió los confines del universo y con su don para la hipnosis, fortificado por la magia, llegó hasta aquel punto azul que orbitaba solitario. No fue difícil encontrarla, pues ya había viajado hasta allí antes. Sobrevoló de forma onírica la exosfera del planeta Tierra hasta que ubicó el lugar exacto en las salvajes montañas sagradas de Henan. Se acercó lo suficiente para ver a las mujeres que habitaban el templo, paseando como hormigas por un hormiguero. Captó la presencia de quien buscaba, pues su condición de áurea hizo que destacará entre todas aquellas insignificantes personas. Se encontraba inmóvil frente a un estanque y eso le gustó, ya que así sería mucho más fácil conseguir el objetivo.
Entró en su cabeza y, sin ser detectado, comenzó a nublarle el juicio. Una visión clara comenzaba a tomar forma. Estrella y Frewin estaban malheridas y en cautiverio. Habían sido capturadas y, con total seguridad, muy pronto serían sacrificadas. Después Axel indagó en sus recuerdos, rescatando de entre todos la imagen de cómo llegó a Namásium la última vez. El anzuelo había sido lanzado, solo faltaba que la presa picara.
El bombeo excesivo de sangre provocó que su pecho ardiera por unos segundos, sacándola de aquella revelación. La ansiedad se apoderó de Melbek. No había nadie en absoluto que pudiera rescatarlas de aquella situación. Entró en pánico. Debía encontrar la puerta para regresar a Namásium y acudir en su ayuda. Preparó un equipaje ligero: un bolso de tela con algunos víveres y su vara de madera con la que tantas veces “bailó” junto a Estrella. Sin mirar atrás, emprendió la ruta por los caminos que descendían la montaña. La intuición le decía que fuera al mismo lugar donde apareció ante ella la última vez, pero cuando estuvo lo bastante alejada del templo y la vegetación ocultaba los caminos, la puerta se materializó ante ella. El portal abría el espacio-tiempo mostrando un fragmento del universo, que fluía en el interior. Melbek tragó un par de veces y respiró profundo para reunir la templanza necesaria. Estiró la mano ante el portal y sus dedos se sumergieron como en las aguas de un océano. Cuando dio el primer paso al interior, su cuerpo fue absorbido con una fuerza inusual. El agujero de gusano la trasportó con brutalidad. El otro lado estaba cerca, cuando una luz al final del túnel ampliaba su brillo y tamaño de manera exponencial debido a la velocidad. Se introdujo sin remedio en ella. La gravedad volvió hacer acto de presencia y cayó varios metros hasta colisionar contra el suelo. Todo se volvió oscuro.
Melbek estaba en medio de un círculo formado por Axel y los siervos. Entre sus labios asomaba un hilo de sangre que goteaba. Axel apagó las llamas de sus ojos y disfrutó de la escena mientras su joven sierva, Winda, le ofrecía un pañuelo de tela para que pudiera limpiar los restos de sangre que asomaban por su nariz. Estaba satisfecho y a la misma vez agotado por el esfuerzo. Desde que Estrella llegó a Namásium le frustraba no poder ser él mismo quien la encontrarse, pero tenía sus recursos.
Las guturales voces de las sacerdotisas se hicieron eco alegando el éxito de sus planes. Una imagen se formó en su cabeza. Era un lugar concreto. La sacerdotisa del desierto transmitió a Axel el sitio exacto donde había detectado una magia inusual y él tuvo muy claro de quién se trataba. Dio una orden clara a un puñado de siervos, los cuales se levantaron rompiendo el círculo, hicieron una reverencia a su amo y salieron sin demora a cumplir el mandato.
Los Drilas fueron a disponer de lo necesario para la marcha, por orden de la jefa. Tiana se quedó sola en la sala pensativa. No estaba contenta con la idea de partir, pero la situación lo requería. El Drilas que no había despegado la mirada de Estrella durante la reunión, la observaba sin que ella reparara en su presencia. Apoyado en la pared con los brazos cruzados, carraspeo para llamar su atención.
—¿Qué haces todavía aquí, Armán? —Tiana se levantó dejando sus cavilaciones.
—No estoy de acuerdo con la decisión —contestó frío y directo con una voz fuerte y decidida.
—No hay discusión que valga —contestó Tiana igual de fría y cortante.
—¡Si crees que ahí afuera nuestro pueblo estará a salvo estás muy equivocada! —Señaló la puerta con agresividad—. Sé perfectamente quién es esa niña de cabellos pelirrojos, sus ojos la delatan.
—Entonces también sabrás que aquí ya no estamos a salvo. He visto el destino en sus ojos y ella es la única oportunidad que tiene Namásium de ser libre.