Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 17: EL BOSQUE DE LAS ALMAS

Un grupo, más reducido de lo que le hubiera gustado a Tiana, portaba sus pertenencias en bolsos y hatillos al hombro. Dispuestos a seguir a la jefa del clan salían de sus hogares. Mujeres, hombres, ancianos, niños…, desfilaban ante ella. La pesadumbre recayó sobre sus hombros. No sabía si hacía lo correcto, pero tenía fe en Estrella y su clan esperanza en ella.

Los puentes estaban abarrotados del resto de Drilas. Algunos seguían dudando si quedarse o irse. Los últimos en salir de sus hogares se posicionaron junto a Tiana, sin embargo la protección de las montañas decantó la balanza, siendo mucho menor en número. Armán, impasible, observaba la marcha de sus congéneres, uno tras otro, hasta llegar a Tiana. Notaba sus nervios e inseguridad, era la primera vez que la veía en esa tesitura y no consideró, ni por un segundo, abandonar su hogar. Pensar en que él estaba tranquilo con su decisión y ella se veía con claridad que no, le complacía. Cuando los últimos salieron del camino perdiéndose entre los árboles, los demás miraron a Armán sin articular palabra, a la espera. El clan se había dividido y ahora tenían un nuevo jefe. Pidió calma, todo saldría bien. Por ahora lo mejor era guarecerse en sus hogares, a la espera de los acontecimientos. Los puentes, las calles y los caminos se vaciaron y tras recorrer el último puente que comunicaba con la cima de la montaña, llegó a la cabaña de Tiana. Entró y se acomodó. Cientos de pensamientos le atormentaban, pero había tomado una decisión. No pudo evitar que un escalofrió de vulnerabilidad y terror le erizaran el vello. Debía pensar en soluciones para los posibles acontecimientos futuros.

Tiana emprendió una caminata sin rumbo establecido. Iba en la cabeza del grupo formado por no más de treinta Drilas. Todos la seguían sin cuestionarse, confiaban en ella. A penas se atrevía a mirar hacia atrás; cuando lo hacía y veía el coraje y el esfuerzo de su pueblo por sortear las rocas, los troncos y la maleza entre los árboles sentía que hacía lo correcto. Barajó la posibilidad de que algún otro clan los acogiera en sus tierras, aunque sabía que nadie estaba a salvo. No conocía a ningún áureo fuera del círculo familiar, la situación vivida durante estos años no aconsejaba salir, más de lo necesario, fuera de su territorio. Tampoco podía confiar en cualquiera, los condenados acechaban en las esquinas y no sabría diferenciar al áureo bueno del malo.

Volvió a dedicar una mirada a sus espaldas. Los vio vulnerables, cansados e intentando controlar el miedo. Los más jóvenes, hombres, mujeres y sus leales consejeros, ayudaban a los más frágiles a seguir hacia delante. Tiana dudó de nuevo recordando la conversación con Armán, ¿y si él tenía razón? Los ojillos de una pequeña Drilas, que no tenía más de diez años, se posaron en los suyos. Se adelantó hasta posicionarse junto a Tiana y sin mediar palabra le agarró la mano, buscando la protección de la líder para continuar el camino. Tiana sonrió. Aquella niña disipó sus dudas con un simple gesto. No permitiría que les hicieran daño. Una idea acudió a su mente, la ubicación exacta de dónde intentaría encontrar la protección que tanto deseaba para su pueblo. Un lugar bañado por la energía de los áureos del pasado. Allí, la espesura y magnitud de sus árboles les daría cobijo. Paró unos minutos la marcha para revolver los utensilios de su equipaje, un bolsón cruzado a la espalda. Sacó un mapa viejo y arrugado. Con la punta del dedo índice acarició el papel trazando una ruta. Calculó que, haciendo algunas paradas de descansó, llegarían al bosque de las Almas al anochecer.

Los caminos que atravesaban las llanuras estaban desiertos. Los áureos preferían mantenerse a salvo en sus asentamientos. Tiana tuvo mucho tiempo para pensar sobre la ilusoria libertad que gobernaba el planeta. Nadie se atrevería a vagar por las afueras, cualquiera podría atacar. No para robar algún objeto de valor, pero si para obtener un alma que alimente la sed de magia y poder. La jefa del clan solo daba gracias al cosmos por no tropezar con ningún indeseado, mientras apresuraba la marcha forzando al resto. La luz del sol bañaba los últimos minutos del día y en el horizonte se apreciaba los destellos de las primeras estrellas. El aire fresco calaba los huesos. Todos estaban muy cansados, querían parar, pero Tiana les prometió que tras subir la inclinada colina encontrarían su destino. Se agachó de cuclillas e invito a la niña a subir en su espalda. Cargaría con ella, sabía que ya estaban cerca.

Captó el sonido de un riachuelo, se esforzó en los últimos metros de subida y allí estaba. El arroyo se perdía entre los altos y anchos troncos que sostenían frondosos racimos de ramas con hojas plateadas. Aún más alto que las copas de los árboles, las montañas heladas protegían el bosque mientras menguaban en una cadena montañosa rodeando el valle. El cansancio pasó a un segundo plano. Miraron el maravilloso y colorido paisaje. El olor a hierba mojada inundaba el ambiente. Caminaron silenciosos para no interrumpir el canto de las aves nocturnas que allí habitaban. Tiana decidió seguir el río. Anduvieron por la orilla, que les llevó hasta los pies de la montaña. Halló un claro y pensó que aquel era el lugar perfecto para acampar. Un suspiro de alivio mezclado con las voces de los Drilas llenó el lugar. Fueron acomodándose, sacaron extensas lonas para colocarlas y hacer del rincón un lugar un poco más confortable. Otros trabajaron en la construcción de una hoguera, necesitarían fuego para ahuyentar a posibles animales. Tiana se mantenía expectante mientras en su interior pedía al cosmos por un poco de ayuda.

Todos se acomodaron en sus respectivos lugares donde, arropados por el calor de la hoguera y el chisporroteo de la madera, sucumbieron ante el agotamiento. Tiana se tumbó bocarriba incapaz de coger el sueño. Entre el vaivén de las hojas plateadas contemplaba las estrellas brillando sobre la nebulosa purpúrea que surcaba el infinito. Se concentró en los sonidos para intentar relajarse: el crepitar de las llamas, el viento meciendo las ramas, los melodiosos silbidos de algún ave nocturna… “Todo saldrá bien.” Pensó.




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