En la tierra de los Drilas reinaba el silencio, no por que estuvieran durmiendo a esas horas de la noche, sino porque la incertidumbre iba a la par del insomnio.
Armán continuaba en la cabaña de Tiana cuando notó una presencia. El sentimiento le puso en alerta, levantándose tan rápido que el asiento cayó hacia atrás. Recorrió el pasillo y retiró las cortinas de la puerta de salida. Sobre las montañas, tapando el cielo, se acercaba una espesa bruma negra. La neblina tardó poco en cubrirlo todo. Cuando fijó la vista a los pies de la montaña, vio a tres áureos vestidos con túnicas rojas, entrando en el poblado.
Miedo, fue lo único que sintió.
Cruzó los puentes a toda prisa. Algunos salieron a mirar que estaba ocurriendo, pero al percatarse de los visitantes regresaron de inmediato al cobijo de sus casas. Armán bajó hasta estar lo suficiente cerca. Deceleró el paso y, cuando llegó hasta ellos, se agachó en una reverencia de respeto. Ellos no habían hecho nada y tenía que procurar la seguridad.
Dos de ellos se mantuvieron unos pasos más alejados de Winda, la líder de los tres. Las capuchas ocultaban sus caras, pero ella se dejó ver. Era una joven áurea con rostro angelical, pero con los ojos tan rojos como las llamas del infierno.
—¿Dónde está? —preguntó concisa y sin ninguna expresión.
—¿Quién? —contestó Armán sin atreverse a mirarla a los ojos.
La joven no tenía tiempo que perder, así que iría al fondo de la cuestión.
Estiró los brazos hacia adelante y sus dedos se desencarnaron en una nube negra, como la que cubría el cielo. Se enredaron en los tobillos del áureo y, a pesar de su corpulencia, le dejó colgado bocabajo como una hoja pendiendo de una rama.
—¡No sé dónde está, lo juro! —Tenía claro que preguntaba por Estrella, así que contaría todo lo que supiera por salvar su pueblo.
Otra ramificación oscura le envolvió el cuello. Apretó con fuerza. Su cara se hinchó y se tornaba de color rojo, al igual que las venas de sus ojos. De pronto paró y le soltó de toda sujeción, provocando un sonoro golpe contra el suelo. Armán tosió y se agarró el cuello luchando por respirar.
—¿Ahora vas a hablar? —preguntó de nuevo, regalándole una segunda oportunidad.
—He dicho la verdad, no sé dónde está —La sierva estaba perdiendo la paciencia y él lo leyó en su expresión—. ¡Espera! No nos hagas daño —Se agachó, sumiso—. Lo que sí sé es quién te lo pude decir.
Aquello llamó la atención de Winda y escuchó lo que quería decirle.
Confesó que él no era el jefe del clan, que la verdadera líder había huido y ella sabía dónde estaba Estrella. Aunque tampoco podía decirle dónde estaba Tiana, a Winda no le importó. Solicitó, con una educación fingida, ir dónde se encontraran sus utensilios personales. Con muy buena disposición, él los llevó.
La atmosfera estaba impregnada del olor del incienso que siempre estaba encendido. Armán, escoltado por los otros dos siervos, miraba desde la entrada como Winda paseaba por todo el lugar. Acariciaba con la punta de los dedos cada mueble, buscando. Sus fosas nasales se llenaron de un olor dulce y suave; era el olor de la magia corroborando que Estrella había estado allí mismo. Paró en la silla dónde Tiana pasaba largos ratos. Se sentó y, con las palmas de las manos sobre la mesa, comenzó a entonar un cántico. Tras unos interminables minutos abrió los ojos y un destello rojo se escapó de sus pupilas. Había averiguado dónde estaba Tiana.
No podía perder tiempo y, sin dedicar ni una sola mirada a Armán, salieron a paso ligero. Él sintió un gran alivio. Observó desde lo más alto como los tres se marchaban de sus tierras. “Lo he conseguido.” Pensó.
La bruma negra que ocultaba el cielo comenzó a moverse formando un extraño remolino. El viento se levantó tan violento que tuvo que agarrase con fuerza para no caer puente abajo. Un grueso rayo blanco salió desde el centro, precipitándose contra el suelo. Un terremoto sacudió las montañas, mientras otros rayos caían sobre ellas. Los gritos desolados llegaron hasta los oídos de los siervos, que ya se alejaban. Winda mostró una sonrisa plácida cuando una nube de humo y polvo envolvió el poblado de los Drilas, tras un estruendo ensordecedor. Las montañas habían sucumbido y, con ellas, el pueblo quedó enterrado en el abismo.
Volvió a esconder el rostro bajo la capucha y se adentraron en la arboleda donde, a escasos metros, sus caballos les esperaban. Se subieron en las monturas con un salto ágil y tomaron rumbo a la playa. Sus ojos carmesí se iluminaron con un fulgor rojizo. Los tres recitaron, al unísono y repetidas veces, un cántico arcano y sus mentes se conectaron. El silencio volvió de nuevo durante unos segundos, hasta que Winda pudo transmitir a su amo lo que había descubierto. Ya sabían hacia dónde debían partir.
Los tres galoparon hasta la playa. Ella se bajó del caballo y se adentró en el mar, hasta cubrirle la cintura. Alzó las manos al cielo y sus dedos se convirtieron en tentáculos de bruma negra. El violento oleaje espantó a las luciérnagas de mar, su brillo se apagó. El cielo quedó cubierto proclamando una tormenta.
La suave marea, cubierta por un manto de luminosas luciérnagas marinas, era el único sonido que envolvía la noche. Las aguas cristalinas reflejaban las maravillas astronómicas y solo las ondas que dejaba el barco a su paso rompían la calma. Estrella no conseguía dormir y, sin molestar a Frewin que descansaba a su lado, cogió la vara de madera. Salió del camarote muy despacio para que la madera crujiera lo menos posible. Dio un paseo por la solitaria cubierta hasta llegar a la proa del barco. Se acomodó y observó la enorme estrella de ocho puntas que la coronaba. Respiró hondo y fijó la vista en las constelaciones que arropaban el cielo. Ella era el vínculo entre el firmamento y lo terrenal. Notó la fuerza de la energía universal. Se miró las manos y recordó las palabras de Tiana: El destino es una telaraña formada por los hilos de la vida y el suyo era el que la rodeaba.