Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 19: TEMPESTAD

Tras el manto de niebla y nubes grisáceas que cubría todo, intensos fogonazos iluminaban el cielo cada pocos segundos con violentos rayos. La tempestad había desatado una intensa lluvia que se precipitaba con violencia.

El cobijo de la burbuja, que se materializó en la playa, desapareció dejando a Estrella, Frewin y Yumi empapándose bajo el aguacero. Ella se encontraba muy aturdida e intentaba establecerse de la teleportación. La pantera se encaró frente al animalillo que les había salvado del caos desatado en el mar. Sus ojos amarillos e iluminados quedaron fijos en los de Yumi, que no apartaba la mirada. Un destello azulado salieron de ellos y, con él, una secuencia de imágenes se mostraron en las retinas de Estrella y Frewin.

«Una ventana por la que se veía un bosque y, sobre los muros que resguardaban el lugar, unos ojos amarillos, estáticos, miraban hacia ella. Después otra secuencia mostró a una muchacha con el pelo largo y pelirrojo, sentada de espaldas sobre el columpio de un árbol. La imagen cambió y unas manos deslizaban un anillo sobre el dedo de ella. A continuación, el cielo de Namásium se desvanecía para mostrar la inconfundible puerta de la casa árbol. Frente a ella, un cuerpo se personificaba tras una radiante luz y, por último, unos brazos que sostenían un bebé de ojos dispares.»

Tras la visión, la voz de un hombre se presenció.

«Frewin, ya entiendo cuál era el sino de mi destino; guiar a mi hermosa niña por el suyo. Solo tú, mi Estrella, podrás acabar con el dolor causado por la magia arcana.” Después una voz femenina se hizo oír: “Te queremos, hermana.»

El destello se apagó y Yumi ladeó la cabeza observando la reacción. Incapaz de articular palabra, los ojos de Estrella se inundaron en lágrimas, ocultándose la cara tras las manos. Frewin solo pronunció una: Zeta.

El inusual y extinto animal de cuerpo peludo era un enviado. Verxi, Syki y Zeta estaban obrando desde las estrellas. Yumi emitió un ruidito común en él y salió a correr dirección a la orilla. Cuando el agua tocó sus pies desapareció en una espiral vaporosa. En la oscuridad del horizonte, tras la espesa niebla que cubría el océano, se entreveía el titilar de varios fogonazos y explosiones. Aquel pequeño ser se había marchado, sin saber el porqué, pero al conocer de quién era emisario comprendieron que algo tendría entre manos. Estrella no pudo evitar pensar en Elas, estaba muy preocupada por él. Sin embargo, debía ir en busca de Melbek. Yumi le mostró que Axel la tenía cautiva, ella no permitiría que le hiciera ningún daño. Antes, estaba dispuesta a entregar su vida.

Los nudillos de Estrella se pusieron blancos al agarrar con fuerza su vara de madera. La ventisca desatada por la tormenta zarandeaba los árboles, que atravesaron con mucha dificultad. Ella se ayudaba con la vara anclada al suelo con cada paso, Frewin se adhería con sus garras, luchando contra el viento. Sin hablar, decidieron desandar el camino conocido. A pesar de las dificultades del temporal, el esfuerzo conseguía arrancar el sudor de su frente. Tenía muy claro que lo ocurrido provenía de Axel, pues llevaba poco tiempo en Namásium y las consecuencias estaban siendo catastróficas. El sentimiento de odio se entremezclaba con su sangre, mientras apretaba los dientes sedienta de venganza. Una vorágine de emociones hacía que le palpitaran las sienes con intensidad. Le había arrebatado lo que podría haber sido una vida feliz, junto a sus padres, y no pensaba permitir que destruyera lo poco que le quedaba.

Sobre la copa de los árboles se vislumbraba las montañas rocosas, pero algo había cambiado. Estrella y Frewin apresuraron la marcha hasta quedar petrificadas frente a los restos del caos desatado en el poblado de los Drilas. Los inmensos pedruscos desprendidos sepultaban lo que antes era el abismo rodeado de casas y puentes. Allí no quedaba nada. El cuerpo de Estrella se aflojó y cayó de rodillas en el fango, bajo la lluvia. La rabia arrancó de su garganta un grito estremecedor, cuando sus fosas nasales captaron la pestilencia de la magia arcana. Frewin se puso frente a ella dolida por verla así y, de un lametón, limpió las lágrimas que le salían a borbotones. Estrella abrazó a la pantera con fuerza, necesitaba sentirla. Tras un par de minutos, respiró profundamente y la besó entre las orejas.

—Le arrancaré la sucia magia que recorre sus putrefactas venas —advirtió Estrella.

—No te dejes llevar por el odio. Actúa por amor —contestó Frewin, intentando amainar su ira.

Se alejaron de allí en silencio. Atrás dejaron la arboleda y el camino se convirtió en un valle despejado. Cuanto más cerca estaban del bosque de las Almas, el viento aflojaba su intensidad, haciendo el trayecto mucho más llevadero. Estrella reflexionaba sobre las palabras de Frewin. Hasta ese instante estaba segura de que todo lo que hacía era por amor, pero ¿cómo era posible que prevaleciera el sentimiento de odio?

Unas voces rompieron el mutismo que las acompañaba. Frewin se agazapó y con sigilo, se acercó hacia el lugar de donde provenían los ruidos. Estrella la siguió igual de discreta y, tumbando su cuerpo sobre la hierba, observaron desde lo más alto de la colina a tres personas caminando al lado de sus caballos. Las vestimentas que llevaban activaron todas las alertas. Estrella las reconoció de sus sueños y visiones, aquellas túnicas rojas eran inconfundibles. Se incorporó con rectitud a sabiendas que podría ser descubierta. Frewin la reprendió, pero ella continuó. Necesitaría, al menos, uno de los caballos para poder llegar al bosque de las Almas antes del amanecer.

—¡Eh, vosotros! —gritó con fuerza, llamando la atención a una distancia prudencial.




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