—¡Espérame, Estrella!
La voz de Frewin quedó amortiguada en la distancia. Estrella cabalgó a tanta velocidad que no se percató de que la pantera comenzaba a ser incapaz de seguirle el ritmo, dejándola atrás.
Su corazón latía apresurado. Como siempre, ningún plan estratégico que le pudiera otorgar una victoria segura, pero no iba anteponer su seguridad ante la del resto. Era la única certeza que tenía.
¿Por amor? Quizás odio…
Su ojo negro volvió a titilar en tonos carmesís, mientras la magia hervía en sus venas a punto de entrar en erupción. Sin disminuir el ritmo, cruzó los primeros árboles del bosque de las Almas, incapaz de esquivar las ramas más bajas provocándole finos arañazos en el rostro. No sentía los cortes, ni el dolor, ni siquiera el peligro… solo la presión de su mandíbula apretando con fuerza. Recordó las palabras de Melbek. “No te enfrentes a él cara a cara.” Lo haría, pues la situación lo requería.
Llegando a la orilla del río, cerca de las montañas Maroalis, descabalgó. Silencio era lo único que había. Con precaución caminó en busca de lo que la visión le otorgó y, por un momento, pensó que se había equivocado. Miró hacia arriba y, entre los espesos ramajes, la niebla grisácea continuaba ocultando el cielo nocturno. Algo diferente le llamó la atención. Una bruma negra la perseguía unos metros más arriba. Siguió la estela que dejaba a su paso y la guio hasta la profundidad del bosque. Sus ojos se abrieron desorbitados cuando se percató de la presencia de Syza, el resto de Maroalis, Tiana y los Drilas envueltos en un material negro y viscoso que los adhería al tronco de los árboles. Solo tenían la cara al descubierto. Estaban inconscientes, pero Tiana consiguió despertar con mucha dificultad. Hizo un gesto que Estrella entendió, estaba diciéndole “no” y su cabeza volvió a caer inerte. Tragó con dificultad y sin pensarlo corrió en su ayuda.
Solo unos pocos metros las separaban cuando, de entre los árboles, salieron decenas de siervos. Axel, frente a ella, mostraba una sonrisa de satisfacción ante su llegada y Melbek, con la cabeza baja, a su derecha.
—¡Bienvenida! Te estábamos esperando —dijo Axel con sorna y abriendo sus brazos como si quisiera abrazarla.
El titilar carmesí del ojo negro de Estrella se convirtió en un brillo fijo y cegador cuando un grito desgarrador salió de la profundidad de su garganta. La energía se filtró por las palmas de sus manos y apuntó la vara de madera de forma amenazante hacia ellos. Segundos antes de lanzarse a por él, Melbek comenzó a caminar en su dirección. Aquel gesto la extrañó, pero corrió hacia ella para abrazarla y pedirle perdón. Sin embargo, su maestra no mostró signos de consciencia. Sus brazos estaban rectos a los lados y con la cabeza aun mirando al suelo. Estrella la agarró de los hombros y la zarandeó exigiendo que la mirara.
—Observad —se burló Axel—. Es igual de débil que su padre…
Melbek levantó la cara y, sin tiempo a racionar, Estrella se percató de las llamas verdes que poseían sus pupilas. Quiso maldecir, pero un brutal puñetazo aterrizó en su pómulo izquierdo. Perdió el equilibrio cayendo al suelo de forma estrepitosa. Las carcajadas de Axel y sus siervos retumbaron, haciendo que la ira abarcará todos sus sentidos. Intentó ponerse en pie y Melbek le propinó una violenta patada en la cabeza. La vara de madera acabó lejos de sus manos y cuando intentó defenderse algo se lo impedía. No era capaz de pegar a su maestra. Otro golpe se aproximaba a su cara y en un gesto rápido lo interceptó con el antebrazo. Con una ágil artimaña, Estrella consiguió agarrar con fuerza las manos de su maestra. Suplicaba que entrara en razón y luchara contra Axel en lo más profundo de su consciencia. Por un instante pareció que sus palabras habían llegado a la verdadera Melbek, que aflojó la tensión de los brazos. Con un gesto rápido, la maestra estrelló el cráneo contra la nariz de ella. Aquel cabezazo hizo que su tabique crujiera y la sangre le resbaló sin control por la cara, tuvo que soltarla.
El odio asoló el corazón de Estrella. La gravedad a su alrededor se desvaneció. Piedras y voluminosas rocas comenzaron a flotar, cogiendo altura, con intención de ser lanzadas contra sus enemigos.
—Es el momento —Avisó Axel.
Los siervos entonaron un cántico lúgubre, deshaciendo sus extremidades en nubes vaporosas que se dirigían al cielo.
“Seirim, madre de la magia arcana.
Madre del saber profano.
Hija encarnada del cosmos.
Acude a nuestra llamada.”
Un trueno rompió el silencio e iluminó las hojas plateadas de los árboles. Estrella lanzó las piedras en su dirección. Un rayo aterrizó sobre las copas de los árboles, fue la chispa que los hizo arder. Las llamas los consumieron a una velocidad desorbitada, llegando hasta los rehenes que, entre gritos agónicos, entonaron el canto de la muerte. Los lamentos se clavaron en los oídos y el pecho de Estrella. El dolor que sintió ante la masacre hizo que rompiera en un llanto desconsolado. Melbek pateó su rodilla izquierda con fuerza, arrojándola de nuevo al suelo. Se posicionó sobre ella y le golpeó repetidas veces la cara. Como pudo, Estrella le agarró el rostro para defenderse del brutal ataque y, la magia que filtró, le originó una quemadura que le obligó a soltarla.
Entre los arbustos alguien llegaba a gran velocidad. El esbelto y ágil cuerpo de la pantera negra saltó iracundo sobre Melbek. Sus colmillos se clavaron en la zona alta del brazo. El dolor sacó a la maestra del letargo, ajena a lo que acababa de suceder. El último recuerdo que tenía era su fatídica llegada en medio del santuario, donde Axel y los siervos la observaban triunfales.