Una piedra pequeña rebota en mi costado y me despierto. Tengo la boca reseca y mis ojos parecen estar recubiertos por una telilla que no me deja ver bien. Otra piedra rebota en mi cuerpo y otra… Cuando termino de despertar para razonar sobre lo que ocurre a mí alrededor, un grupo de cuatro, o quizás cinco, adolescentes no tienen otra cosa que hacer que molestarme.
—Dejadme en paz, malditos críos…
Intento ponerme en pie, pero mis rodillas se aflojan y vuelvo a estar sentada en el suelo, lo que provoca las carcajadas de mis atacantes. Una piedra vuela hacia mi cara y a centímetros de la frente consigo que frene de forma abrupta. Veo como el material liso y grisáceo refleja el brillo que desprenden mis ojos, para salir disparada hasta el entrecejo del niño malintencionado. Este cae de culo y, entre sollozos, se frota con intensidad la zona afectada.
—Ja, ja, ja… Te lo tienes bien merecido, pequeño bastardo.
Sus amiguitos no se conforman y se arman de más piedras con la intención de que caiga sobre mí una lluvia. Esta vez se les van a quitar las ganas de volver a divertirse con el sufrimiento del débil. Me preparo, estos gamberros van a pagar mis frustraciones.
—¿Qué está pasando? —Una voz femenina llama la atención de mis agresores—. Largo de aquí, golfos.
Una chica joven provoca la estampida de los niñatos para ¿salvarme? Más bien ellos han sido los salvados, porque estaba dispuesta a hacer nudos en sus falanges para que jamás vuelvan a abusar de quién crean que es débil.
La muchacha tiene un aspecto duro, quizás es porque su cabello negro cae largo hacia un lado y el otro lo lleva rapado. Sin embargo, sus ojos grandes y verdes me miran bondadosos mientras se acerca y me ofrece una mano para levantarme. Al incorporarme noto la extraña expresión de su cara al ver mi kasaya raída, creo que desentono bastante.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien —digo mientras me sacudo la arena de encima.
—Vaya… Veo que has salido mal parada de alguna trifulca.
—No… Esto es porque… —Pienso rápido—. ¿Me he caído por un barranco?
—Pues ese barranco tiene un buen derechazo —La joven suelta una carcajada que me acaba contagiando—. Me llamo Caelia y vivo en una casa no muy lejos de aquí, si te parece bien puedes venir. Te ayudaré con esas heridas y… —Hace una pequeña pausa y con un par de dedos apoyados en la barbilla me examina—. Quizás algo de ropa te vendría bien. Esa túnica es poco usual. ¿De dónde eres?
Me ha pillado, ahora ¿de dónde le digo? Al final, ni yo sé de dónde soy. ¿La Tierra? ¿Tresva?
—De ningún lugar en concreto —contesto, pero al ver sus cejas fruncidas me parece que no se conformará con la respuesta—. Perdí a mi familia hace mucho tiempo y, desde entonces, me considero nómada. Soy de muchos lugares, pero de ninguno en concreto.
—¡Una aventurera! Me gusta…
Cruzamos el puente y visualizo una pequeña casita en lo más alto de una colina de hierba azulada. Cuando Caelia dijo “No muy lejos de aquí”, pensé que en realidad estaba cerca, pero subir toda esta colina, con lo que me duele el cuerpo, está siendo todo un reto. Echo de menos mi vara…
Lo primero que veo nada más entrar es un sillón negro bastante deteriorado, pero para mí es un lujo en el que me dejo caer. No hay ningún ruido que delate si vive con alguien. Muy amable me tiende una copa llena de agua y en ese instante me percato que mi garganta parece una lija. Al beber, el líquido me chorrea por las comisuras de la boca. Mientras disfruto de la hidratación, Caelia ha traído un pequeño recipiente con más agua y un envase con un líquido verde que huele a pies. Cuando impregna una gasa en ambos líquidos y roza mis heridas noto mi cara arder en el infierno.
—Pero, ¿esto qué es? —Me retiro en un acto reflejo.
—Tranquila, confía en mí. Veras que rápido se te cura.
Mientras me embadurna la cara con ese ungüento apestoso, escucho una tos que proviene del piso de arriba. A penas me da tiempo a preguntar.
—Es mi hermano, pequeño. Tiene seis años y está muy enfermo —La cara se le ensombrece—. Vivo con él y mi padre.
—Y, ¿dónde está tu padre?
—Ha ido al palacio. Quiere pedir el favor de las guardianas para que le curen —La confesión me sorprende y un pellizco se aloja en mi pecho—. ¿Quieres conocerlo?
—Por supuesto.
—Bien, ahora enjuágate la cara y quítate los restos.
Paso mis manos mojadas por la cara y no lo puedo creer, no siento ningún dolor. Me seco con un trapo que me ha ofrecido y la sigo escaleras arriba.
—Ese ungüento es lo que uso para aliviar los dolores musculares de mi hermano —Con una mano termina de abrir la puerta de la habitación—. ¿Cómo está mi pequeñajo favorito? Vengo con una amiga que quiere conocerte. Estrella, este es Brais.
—Hola, Brais. Encantada de conocerte —Me acerco hasta la cama para sentarme a su lado—. ¿Cómo te encuentras?
—Hoy mejor, casi no me molestan las piernas, pero cuando toso me duele mucho aquí —Se pone una mano en el costado—. ¿Dónde está papá?
—Ha ido a hablar con las guardianas de Luz, llegará antes del anochecer. Además, ¡te he traído tu comida favorita! —contesta Caelia.