Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 23: LA HERMANDAD

Caelia se asoma a la ventana y confirma que es la hora. Sube las escaleras y con sumo cuidado abre la puerta de la habitación, emitiendo un leve chirrido. Padre e hijo descansan abrazados sobre la cama. Se toma unos minutos observándoles y se despide en silencio mientras las lágrimas empapan su cara. Su actitud ha cambiado, está seria y apenas me comenta un par de palabras. Salimos por el patio trasero de la casa, donde dos caballos dormitan en una humilde cuadra. Demuestra como domina la situación, delata que cada paso ha sido planeado con mucho tiempo de antelación. Al mirarla siento la necesidad de protegerla, necesito impedir que cometa esta locura.

—Espera —Caelia se para a mirarme. Me parece que se le ha olvidado que estoy aquí—. No puedo dejar que te unas a esa hermandad. Yo también he escuchado hablar de ellas y, te aseguro, que nada bueno sale de esas mujeres.

—No pienses que es un arrebato o un acto de rebeldía, es porque tengo que hacerlo...

—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto? —Intento confirmar mis sospechas.

—Lo único que te puedo decir es que, al contrario que mi padre, jamás confié en la idea de que las guardianas nos ayudaran.

Su respuesta es como un afilado cuchillo y la culpabilidad aflora en mí. En el corazón tengo a Frewin, mi pantera… Mi guardiana. Después de todo, soy hija de un guardián de Luz. No puedo dejar que entregue su vida para alimentar, lo que será en un futuro, el desastre.

Montada sobre el caballo, se para a mi lado.

—¿Vienes o te quedas?

—Yo iré por ti… —Decido en el acto y ella frunce el ceño—. Sí, yo lo haré en tu lugar. Me presentaré ante ellas y forjaré el pacto con mi sangre. Te prometo que Brais vivirá y tú estarás a su lado.

—No puedo dejar que hagas eso. Además, nadie haría eso… —contesta tajante.

—Yo lo haré, con un sacrificio es suficiente. Yo iré de todas maneras, ¿para qué vamos las dos? —Sonrío para intentar convencerla. Se toma unos segundos, lo está pensando. Creo que lo he conseguido…

—Hace unas horas no tenías ni idea de mis planes y tampoco creo tuvieras pensado nada sobre la hermandad… ¿Ahora irás de todas maneras? —Ella fija su mirada en mí. Sus ojos grandes y verdes resultan intimidantes—. Creo que tú sabes más de mí que yo de ti. No me has contado nada… Dime, ¿quién eres?

Su entereza me deja sin palabras y cruza los brazos impaciente. La verdad que no tenía pensado que saliera así… Creí que aceptaría, ¿quién no lo haría?

Me tomo unos segundos, tengo que pensar rápido. ¿Qué puedo contarle que sea verdad? Se está aburriendo de esperar una respuesta.

—Está bien, me voy —dice dándome la espalda.

La amenaza ha sido efectiva. Tengo que ir hasta “la hermandad” y no tengo mejor manera de hacerlo que contándole la verdad. Suprimo muchas cosas, como es normal. No puedo decir que soy… bueno, ¡lo que yo sea! Creo que resumirlo en que vengo del futuro queda bastante bien. Se lo comunico de la mejor manera posible, intentando que no suene una locura. Sin embargo, su rostro se va petrificando con cada palabra que digo. Ella se concede unos segundos para digerirlo y, de repente, suelta una carcajada que intenta reprimir por no despertar a su padre. Ahora la que se ha quedado con la cara de piedra soy yo.

—¿Una viajera del futuro? —pregunta con sarcasmo—. ¡Venga ya! Invéntate otra…

—¡Te lo juro! —Peleo por mi verdad.

La seriedad desaparece de su rostro y tanta risita empieza a molestarme, pero al final termina por contagiarme.

—Me caes bien. Aunque la historia no me la creo, me ha gustado. Ha sido muy original, pero hazme un favor… No seas tan bondadosa, si quieres puedes venir. No voy a consentir quedarme y que tú resuelvas mis problemas.

Me ofrece la mano para que suba. Lo he intentado, así que acepto su ayuda y me acomodo sobre la grupa del caballo.

—Viajera del futuro… —dice entre risas.

Salimos de la parcela y de nuevo el silencio reina. Es plena noche y disfruto con el trote del caballo. Miro el cielo y admiro el infinito manto astral que regala Namásium cada noche. El horizonte empieza a mostrar las frondosas copas plateadas de un bosque. Lo reconozco al momento y fugaces secuencias en mi cabeza muestran las llamas devorándolo, entre gritos de agonía. Los recuerdos me atormentan y los hombros me pesan.

Cabalgamos por la periferia del bosque alejándonos por unos caminos empedrados. Noto como Caelia aminora la marcha y eso me hace sospechar. Confiesa que se ha perdido. Sabe que hay que seguir el camino, pero este se pierde deteriorado hasta dejar de existir. Un paisaje árido con varias bifurcaciones forma sendas entre montañas de roca quebrada. No existe la posibilidad de volver atrás, así que ella decide cual seguir.

Cuanto más nos adentramos entre las estrechas paredes de roca, la atmosfera se torna húmeda. Miro hacia atrás y no consigo ver la salida del laberinto en el que nos hemos adentrado. Estiro los brazos y con cada mano toco los muros de roca que se alzan kilométricos, dejando ver solo una ancha hilera del cielo nocturno. Otras bifurcaciones aparecen, crispando los nervios de Caelia.

Me fijo en el destello de las estrellas, unas más grandes que otras, y me dispongo a meditar. Su voz, que no para de maldecir, se silencia en mis oídos. Sigo observando el cielo. Siento la conexión con el universo, su energía recorre mi cuerpo y me responde. Mi iris azul brilla mientras Caelia me mira boquiabierta. Sin interrumpir, observa el cielo conmigo y nos percatamos del inusual resplandor que comienzan a emitir las estrellas. Algunas desaparecen ante nuestros ojos y solo las que emiten un fulgor rojizo nos indican mediante intensos parpadeos el camino a seguir.




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