Un gran salón con altas columnas sostiene un techo que simula la creación. Quedo embelesada con el movimiento en espiral de centenares de estrellas que emiten una única luz que ilumina toda la estancia. Nuestros pasos producen eco sobre el lacado suelo negro, mientras el sonido de las corrientes de agua recorre el templo. El fuerte olor a podredumbre empieza a menguar, ya casi no lo percibo.
Seguimos cautelosas a la sacerdotisa. Traspasamos una puerta maciza de doble hoja, donde siete mujeres jóvenes, vestidas con elegantes y ceñidas túnicas rojas, permanecen de rodillas formando un semicírculo. Un fogaril conserva vivo un fuego que debería calentar el lugar; sin embargo, una fría brisa mantiene mis vellos de punta. Intento disimular el incontrolable temblor que agita mi cuerpo, los nervios me invaden. Percibo la pesada energía que desprenden e impregna el ambiente. La inseguridad me abarca y temo que sean capaces de delatar mis orígenes.
La sacerdotisa agarra mi mano y la de Caelia, posicionándonos en el centro. Intento captar lo que ocurre a mí alrededor y siete velas de llamas negras cierran el círculo en el que nos encontramos. La sacerdotisa, sin dar lugar a arrepentimientos, entona un suave cantico, mientras coge un libro grande y dorado que descansa sobre una mesa de piedra grisácea. Observo a las mujeres que continúan con los ojos cerrados, se agarran las manos y, con la melodiosa entonación del canto, sobre su piel se dibujan brillantes símbolos que recorren su cuerpo al completo.
Caelia me mira asustada, ya no hay vuelta atrás. Comienza el ritual, al unísono entonan la letanía.
“Somos tus hijas, herederas de la magia.
Conocemos tus secretos, los que habitan en las oscuras profundidades del cosmos.
Cada ser forma parte de tu integridad, pero nosotras hemos hallado el camino hacia la infinita sabiduría.”
Con delicadeza, la sacerdotisa remanga su túnica dejando ver una daga de cristal sostenida por una correa, oculta en el muslo. Con seguridad la empuña, extiende las manos de Caelia y rasga sus palmas. Emite un grito de dolor, mientras la sangre asoma de inmediato por el corte. Veo en los ojos de la sacerdotisa el ansia por probarla.
Una de las mujeres abandona el círculo y coge el cáliz que reposa sobre la gran mesa de piedra. Lo llena con un poco de agua que corre por los canales y se lo tiende, con la cabeza baja y en una reverencia. La sacerdotisa acaricia con suavidad las manos de Caelia hasta que, con un gesto violento, aprieta las heridas. La sangre cae en un espeso hilo rojo, mezclándose con el agua.
Ansiosa traga el líquido, se limpia el exceso que desborda por sus comisuras con el dedo índice y lo saborea, procurando no perder ni una gota. Todas corean al mismo tiempo.
“Consagras el alma a nuestra causa para que tus anhelos se cumplan.”
Una oscura bruma, que nace bajo la sacerdotisa, abarca lentamente el terreno. Trepa por las columnas y se pierde por las diminutas rendijas que dan al exterior. Miro a Caelia y está empapada en sudor. De pronto su cuerpo convulsiona y cae, sujetada por la sacerdotisa con sumo cuidado. Abre los ojos y se miran fijamente.
—Has hecho lo correcto. tu hermano, —Acaricia su rostro con dulzura—, sobrevivirá.
Dos mujeres deshacen el círculo cuando su ama les dedica un gesto. Sujetan a Caelia y, con paso torpe, se la llevan fuera de la sala. Ahora me mira a mí.
—¿Dónde se la llevan? —pregunto déspota. Las odio.
—Tu amiga necesita descansar —Me acaricia la trenza. Deseo retirarme de forma ofensiva, pero mi cuerpo no obedece y quedo inmóvil—. No te preocupes por ella, no le ocurrirá nada. Le he concedido el favor para el que venía, tras este ritual su hermano tendrá una larga vida. También obraré porque forme parte de nuestra humilde familia, pero ahora te toca a ti.
Me invita a tumbarme sobre la mesa de piedra, quiero salir corriendo, pero en vez de hacerlo mantengo en mi memoria a Frewin y Melbek. Tengo que erradicar esta mortífera magia y visualizarlas en mi mente detiene mi instinto de huir.
La frialdad de la superficie traspasa la fina tela de la ropa. Sobre mi pecho deja un colgante, es un pequeño relicario de plata y cristal. Me mantengo quieta, cierro los ojos. De nuevo entonan el canto y noto la afilada daga recorrer mi piel: comienza por las piernas, recorre mis brazos, sube por mi cuello, acaricia mi mejilla y para sobre la frente.
“Yo, Seirim; protectora del secreto y portadora de la magia invoco a las energías que nos engrandecen.
Escucha mis plegarias.
Una nueva hija nace para honrar este templo.
Su alma se consagra a nuestro cometido.
Hazla digna de tu gracia.”
La punta de la daga arde sobre mi piel, rasgándola. Mi sangre brota y empapa mi cara. El dolor es tan intenso que no puedo evitar llorar. Dibuja sobre mi frente una sangrienta estrella de ocho puntas, mientras noto como centenares de agujas invisibles se clavan en mi cuerpo. Los símbolos nacen de mi piel. Aprieto con fuerza los dientes aguantando el suplicio. Se iluminan y se apagan terminando de formarse. El dolor mengua, ya apenas siento nada. Parece que todo ha acabado.
Me coge de los brazos y con su ayuda me siento. De mi cuello pende el relicario y me pesa tanto que no consigo alzar la cara. Acaricia mis mejillas manchándose con la sangre que me embadurna. Nuestras miradas se encuentran y en sus ojos carmesís se refleja el fuego de la magia arcana. Estoy aturdida, pero poseo un extraño bienestar. Con sus manos inclina mi cara y besa sobre la sanguinolenta marca. Dispone del cáliz y, con paciencia, deja que el goteo llene un par de dedos el recipiente. Lo alza y el estruendo de una inminente tormenta sacude la selva en la que nos encontramos ocultas. Lo bebe con deseo. Juraría que le provoca un insólito y sádico placer. Acaba con la última gota y, eufórica, estrella el cáliz contra el fogaril. Observo el goce de su rostro, en el que los símbolos emiten un fulgor que me hipnotiza. Me deleito en su brillo y el aire abandona mis pulmones relajando los músculos.