Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 25: SEIRIM

Tiro de la anilla e intento no hacer ruido al abrir la puerta. Un extenso pasillo con varias puertas se abre a ambos lados. No sé qué dirección tomar, pero hago caso a mi instinto y opto por dirigirme a la izquierda. Me paro frente a la siguiente puerta y poso mis manos sobre la madera. Cierro los ojos, concentro la energía que fluye por mis venas y detecto una presencia dentro de la habitación. En mis pensamientos mantengo estática la imagen de Caelia, para saber si es ella la que está al otro lado. Su silueta se desmorona en mi mente como cenizas esparcidas por el viento. Pruebo suerte con la siguiente puerta, no está. ¡Tengo que encontrarla! Avanzo cautelosa por el pasillo y pierdo la esperanza con cada paso que doy.

Encuentro una escalera que desciende a un salón iluminado por la tenue luz de un candelabro. Me pego contra la pared con la intención de que la oscuridad oculte mi presencia. Veo dos sombras alargadas que caminan en silencio. Me asomo un poco más, es Seirim y alguien más. El relicario de la otra muchacha delata quién es. En su interior ondea un humo rojizo. De forma automática miro el mío, que aún es blanco. Llego a una rápida conclusión, ella ya ha entregado un alma y es discípulo y mano derecha de Seirim.

Se paran frente a un mural pintado con suma delicadeza, es una representación perfecta del cielo de Namásium. La agilidad que poseo es mi mayor ventaja y me deslizo tras una columna para escuchar.

—Tú lo has sentido igual que yo, Astra —dice Seirim con voz tranquila.

—Por ello temo, Seirim —contesta con bastante confianza.

La sacerdotisa posa una mano sobre el mural y entona, alto y claro, una oración: “Aperi mysteria nunc.” Un hilo de lava emerge desde arriba y, tras su paso, una grieta se forma sobre la pared, rompiendo el mural por la mitad. Se trata de una puerta secreta por la que ellas pasan. Sigilosa, corro detrás. Está a punto de cerrarse, pero consigo colarme en el último momento. Me oculto entre las sombras, aunque he debido hacer algún ruido. Astra mira en mi dirección unos largos segundos. Contengo la respiración y, mientras cierro los ojos con fuerza, suplico que no me haya visto. Suelto el aire despacio cuando retoman la conversación y miro hacia los lados para ubicar donde estoy.

Quedo boquiabierta ante la majestuosidad de la sala. La vegetación azulada crece por las paredes y entre las hojas brota el agua que recorre la sala mediante canales. Seirim y Astra están en el centro, frente a una pila de piedra grisácea. Su base me aterroriza, está tallada con decenas de rostros. Van a llevar a cabo un ritual, aprovecho para acercarme un poco más.

—Debimos cogerla a ella para esto. No me fío, Seirim.

—Esa muchacha posee tanta energía, que creo que ni ella sabe. Prefiero su potencial —contesta Seirim.

—Pero…

—Dime, Astra —Seirim corta su réplica, mientras su tono de voz se vuelve lúgubre—. ¿De qué tienes miedo? Quizá sea la posibilidad de que te supere y te destrone de tu puesto…

—¡Estoy contigo desde el principio y temo por el legado, que tanto trabajo nos ha costado, para estar a la altura de las guardianas de Luz!

El bello y jovial rostro de Seirim se transforma. Sus ojos se iluminan carmesís y agarra con violencia el brazo de Astra.

—¡Es mi legado! —le grita a la cara—. Y es mucho más grande que tus inseguridades. Jamás he visto un aura como el de esa muchacha y no pienso desperdiciarlo —Le suelta el brazo con brusquedad y Astra solo puede asentir a los deseos de la sacerdotisa.

¿Están hablando mí?

Seirim se remanga el vestido y muestra la daga oculta en el muslo, pero de la correa saca un pequeño frasco ¿rojo? Ha esta distancia no veo bien, ¿es sangre? Pierdo por completo la esperanza de volver a ver a Caelia, estoy segura que es de ella y hablaban de mí.

—El legado de esta magia es, incluso, más grande que yo… —Seirim calma su tono y alza el frasco sobre la pila—.Este alma aportará más protección y poder a la fuente y, aunque algún día desaparezcamos, nuestra magia seguirá viva, dispuesta a ser despertada.

Una electrizante esfera, compuesta de rayos verdosos y plateados, nace sobre la copa de la pila. Engrandece su tamaño sobre ellas. Seirim abre el tapón de cristal y su contenido sale del tarro flotando por el aire. Veo como la sangre rodea la esfera y se adhiere a ella. Seirim y Astra dedican sus oraciones.

Que la energía de las almas alimente y proteja nuestra magia.

Envíala allí, en su remoto nacimiento.”

Un fogonazo de luz me obliga a apartar la vista unos momentos. Mi corazón se para y las lágrimas me escuecen en los ojos. La radiante luz de un alma surge del frasco cuando la sangre termina de fusionarse con la esfera. La energía también se adhiere en ella, cubriéndola por completo. La base que sostiene la pila tiembla y, de la nada, crece un rostro más en ella. La esfera disminuye el tamaño hasta que es absorbida.

La calma regresa al salón. Exploto en un llanto mudo, por Caelia. Nunca debí dejar que viniera, esto ha ocurrido por mi culpa. Los pasos de Seirim y Astra suenan con eco acercándose a la salida. Sigo inmóvil en mi escondite. Me hierven las venas… La magia colisiona en mi interior y lucho por contener la ira que brota en mi corazón. “¿Por amor o por odio?” pienso en Frewin.

Al marcharse la grieta se regenera. Estoy sola. Me tiemblan las piernas mientras me acerco a la pila. Tengo miedo de confirmar mis suposiciones. Miro la copa de piedra pulida, por la que la esfera surgió y desapareció. “Tengo que ser valiente” pienso. Me arrodillo frente a los rostros y palpo las facciones de Caelia sobre la piedra. Mi frustración aumenta y sus ojos petrificados me llenan de culpa.




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