La primera luz del día se filtra por la vidriera reflejándose en mi rostro. Aún estoy en la misma postura: bocarriba y con la mirada fija en el techo. He tomado la decisión. Me levanto con rapidez y me visto con la túnica roja, escondo el relicario. Como buena aprendiz, cubro mi cabeza con la amplía capucha y oculto mi rostro tras las sombras. Al salir de la habitación y llegar al salón, me cruzo con varias de las mujeres que anhelan llegar a ser discípulos del culto. Prefiero no mirarlas y recorro los últimos metros hasta el portón de entrada con paso seguro. La brisa de la mañana me otorga cierta libertad y expulso el aire contenido en mis pulmones. Bajo con cierta prisa la escalinata para alejarme lo antes posible y, antes de adentrarme entre la vegetación, observo la puerta a mis espaldas: nadie me sigue. Sin embargo, tengo la sensación de que me observan muy de cerca.
Me adentro en la espesura de la selva e intento recordar la dirección que tomamos para llegar. Escucho el riachuelo alimentado por las cataratas y arroyos que salen del templo, pero un ruido llama mi atención. Me desvío unos metros y, tras apartar un matojo de ramas bajas, veo que el caballo de Caelia vaga por la orilla. Me acerco con cuidado para no ahuyentarlo. Se percata de mi presencia levantando las orejas y sacudiendo sus crines. Agarro las riendas y me dedica un relincho, mientras acaricio su hocico agradecida por que no huyera de mí. Con un salto ágil me acomodo en la montura y, aunque ya estaba convencida de que mi viaje sería a pie, doy gracias al cosmos por que el animal permaneciera en las inmediaciones, esperando a su dueña. Ese pensamiento me entristece, pues Caelia no iba a regresar.
Llego hasta las montañas de roca quebrada y me adentro en sus laberintos húmedos y pedregosos. La soledad aflora mi melancolía, pero no puedo ser débil. Sacudo de mi cabeza los recuerdos que me provocan un profundo dolor en el corazón y me concentro en mi principal objetivo. Cabalgo durante horas, hasta que el paisaje árido aparece ante mis ojos. Atravieso las faldas de la montaña y los primeros árboles de hojas plateadas, estoy muy cerca del bosque de las Almas. El sol está en su punto más alto y deduzco que debe ser medio día. Me apetece hacerle una visita al bosque y me adentro en su cobijo. Desmonto del caballo y confío en que no se alejará, le dejó pastar a sus anchas. Rememoro el primer instante en que pisé este lugar, cuando sentí las almas puras que se agitan entre las raíces e impregnan la atmosfera de energía y magia, conectándolo todo. En aquel instante percibí que Namásium me ayudaría y ahora lo necesito más que nunca.
Me quito la túnica y la dejo caer a un lado. Solo un fino camisón interior me cubre. Me parece un insulto estar en este lugar sagrado con los ropajes de la traición. Me acomodo frente a un ancho tronco y poso mis manos en su corteza. Cierro los ojos, los sonidos de la naturaleza enmudecen a mí alrededor, mientras en las palmas de mis manos noto el cosquilleo de la energía que fluye en el interior. No necesito hacer mi petición en voz alta, solo conecto con la magia del bosque. Siento su calidez y mis fosas nasales se impregnan de un intenso olor dulce y agradable. Abro los ojos un momento y puedo ver la energía manar del tronco con una luz blanca que envuelve mis manos. Poco a poco arropa mis brazos por completo y me fusiono con ella. Namásium está vivo, ahora puedo verlo. Cada rincón de este planeta está construido con resquicios de antiguas estrellas, que implosionaron en la creación, y la magia del firmamento vive en él.
Me concentro en mi objetivo y se lo hago saber. Necesito un alma que firme mi admisión y compromiso con la hermandad. Tengo que descubrir sus secretos y entregaré mi vida, si es necesario, para acabar con la magia arcana y corrupta que asolará este hermoso lugar en el futuro del que provengo. Visualizo mi último recuerdo en este bosque y muestro como las llamas lo devoran. Si no consigo pararlo, acabaran consumiendo cada lugar sagrado de este planeta.
Dejo mis pensamientos a un lado cuando una revelación acude a mí. La secuencia estalla en mi cabeza.
«El paisaje me es conocido, veo el puente que llevará, en un futuro, al templo de las Estrellas. Hay una pareja de ancianos sobre un carro tirado por un par de caballos. Una lona cubre lo que portan. Los animales frenan en seco cuando tres hombres corpulentos cortan su paso por sorpresa. Parecen preguntar por alguna dirección. El hombre, amable, les indica el camino, aunque a ellos les importa poco. Le asestan un golpe malintencionado dejándolo inconsciente y, por si acaso, le propinan una fuerte patada en la cabeza. La mujer grita y llora desconsolada. Uno de ellos se acerca, agarra sus ropas y la tira al suelo con violencia. Se arrastra hasta su marido y lo abraza, inerte.
Los tres hombres retiran la lona y celebran su botín: verduras y carnes en salazón. Suben al carro y, tras dedicar un esputo sobre sus víctimas, se alejan sonrientes.»
Salgo de la visión que me ha otorgado el bosque y todo vuelve a la normalidad. Reflexiono sobre ello. Necesito un alma y han contestado a mi petición. Aunque pertenezca a un bandido sin escrúpulos, esta me servirá. No esta corrupta por la magia arcana y tampoco nadie les echará de menos.
Vuelvo a vestir la túnica y monto sobre el caballo instándole a galopar. Recorro los caminos a toda prisa, pienso interceptarlos. Me distraigo unos segundos al pasar cerca de la casa de Caelia, pero paso de largo. Al atravesar el puente me encuentro con los dos ancianos y un pellizco se instala en mis entrañas. La mujer llora desconsolada ante su marido, que no reacciona.
—Ayúdanos, chiquilla —Suplica ante mi llegada.