Las miradas de las mujeres se posan en mí con curiosidad. La soga que amarra las manos del cautivo se extiende tensa, mientras sigue mis pasos exhausto, unos metros detrás. Su barbilla está cubierta de sangre reseca a causa de su lengua cercenada. Las súplicas y artimañas para conseguir que le libere acabaron siendo gemidos de agonía durante todo el camino. Al fin hemos llegado y creo que me acabo de convertir en la más popular de la hermandad. Sus expresiones están entre la sorpresa y el recelo, pero a mí me trae sin cuidado.
Voy a la sala de los rituales y me presento ante Seirim con mi nueva adquisición. Antes de llegar, un hombro choca con fuerza contra el mío. Astra me desafía y su cara, con parte de su labio superior ligeramente levantado, muestra su aversión hacia mí.
—Mira por dónde vas, ¿acaso eres la única que no me ha visto llegar? —digo ante su golpe amenazante.
—Sí, te he visto llegar y también marchar. Te observo desde que pusiste un pie en este lugar. No me fío de ti.
—Espera, voy a valorar lo que me importa tu opinión —Me tomo unos segundos, con sorna, mirando el techo—. Ya he terminado, ahora aparta de mi camino.
Le devuelvo el golpe con mi hombro, apartándola hacia un lado, e ignoro su reacción. Hierve de enfado y a mí me da la risa. Sigo hacia delante y cuando empujo la puerta para entrar, Seirim me mira. Al ver la ofrenda que arrastro tras la soga, me sonríe. Antes de poder hablar con ella, un ardor abrasa mi interior. Caigo de rodillas, duele muchísimo. Suelto la cuerda y el cautivo intenta escapar, pero el resto de mujeres frenan su huida. Rápido me percato del origen del dolor, Astra se ríe. La muy cobarde acaba de atacarme por la espalda lanzando un conjuro. Mi piel arde, pero me levanto firme mientras ella se acerca a mí. Miro a Seirim, testigo del ataque tras la mesa de piedra, y observo su reacción. Asiente con un leve gesto y doy por hecho que nos da su consentimiento para continuar. Cojo impulso para que mi puño se estrelle contra su cara con la mayor fuerza posible; pero, a pocos centímetros de llegar, una fuerza invisible lo retiene. Me asesta un guantazo que gira mi cara hacia un lado. Sus ojos brillan rojos a la par que su relicario. La rabia me invade. Concentro la energía y en mis pensamientos visualizo mi deseo, unas manos que aprietan su cuello. En su piel se reflejan unas marcas, creo que da resultado. Su rodilla golpea contra el suelo, la doblego ante mí. Sus manos se posan en el suelo y, bajo ellas, se forma una bruma grisácea que se cuela por mi garganta. Pierdo la concentración y Astra se levanta entre toses para recuperar el oxígeno. Ahora soy yo la que no puede respirar, el pánico me atenaza mientras Seirim y el resto de mujeres observan el espectáculo sin intervenir. Me ahogo. Mi visión se enturbia. Quiero rebatir el ataque, pero la agonía no me deja actuar. Las carcajadas de Astra retumban en mi cabeza y me advierte que debí respetarla. Coge impulso y me asesta un golpe bajo la barbilla. Pierdo el equilibrio y caigo sobre la mesa de piedra. Seirim ni se inmuta, solo me mira. Aguanto el poco aire que queda en mis pulmones, me doy la vuelta y, recuperando la compostura, me fijo en los ojos de Astra. Me sumerjo en sus secretos y, sin que pueda evitarlo, el conjuro que me ahoga se desvanece.
«El padre de Astra balancea a su madre que, impregnada en un charco de sangre, se le escapa la vida entre sus brazos. Ella acababa de nacer y, no solo había perdido a su madre tras el parto, su padre la culpaba de haberle arrebatado a la mujer que amaba. La visión cambia, ahora era una niña criada con la indiferencia de su progenitor, ni siquiera tiene un nombre. “Tú” es su apelativo. Trabaja duro, pues si quiere comer tendrá que ganárselo. Intenta aprender rápido las tareas; sin embargo, en ocasiones, a ojos de su padre no estaban bien hechas y con solo pensar en la reprimenda, tiembla aterrorizada. Primero la golpea, después la encierra en un armario. En la oscuridad se bebe sus lágrimas y no sabe cómo conseguir que su padre la quiera.
Me sumerjo aún más en las profundidades de su mente. Una adolescente que mira su torso amoratado. Ya no llora, tampoco le duele. Está acostumbrada a vivir en esa situación, nunca conoció nada diferente. Está pensativa y su cara refleja que está a punto de tomar una determinación. Cuando va al mercado o anda por la ciudad vaga como un fantasma, invisible para los demás. Tras el mutismo que siempre le acompaña, consigue captar conversaciones ajenas. Alguien, no recuerda el lugar, habla sobre la existencia de una hermandad. Aquello cala en lo más hondo de su ser, cualquier lugar será mejor.
Termina de hacer la cena, su padre se sienta sobre la mesa y, actuando como si no estuviera, traga los trozos de carne sin apenas saborearlos. Su cabeza emite un ruido seco al golpearse contra la mesa. Ella se acerca, aún respira, pero no despertará. Con ayuda de una manta lo arrastra hasta el carro. Idea una rampa con las maderas sueltas del cobertizo y, tras un largo esfuerzo, consigue cargarlo. Se queda unos segundos observándole y lo único que se remueve en sus entrañas es el odio generado por la agonía de los años pasados.
Llega a este templo con su carga. Seirim la recibe con los brazos abiertos. Él comienza a salir de su inconsciencia. Abre los ojos con cierta dificultad para después abrirlos por completo. Su hija alza un puñal que agarra con las dos manos. Sin dilación, se lo clava en el corazón.»
La visión se desvanece de forma abrupta. Astra ha visto lo mismo que yo, sabe que conozco su secreto. No le ha gustado nada lo que acabo de hacer. Espero paciente su reacción. Siento lástima y no puedo evitar empatizar con ella. Miro su relicario, en él palpita el alma de su padre. Astra se da cuenta y lo cubre con una mano. Vuelvo a mirarla y su expresión ha cambiado, pues soy testigo del odio con el que levantaba el puñal sobre el pecho de su padre. El mismo que refleja en sus dilatadas pupilas. Si no me tenía en estima, el haber entrado en su intimidad ha hecho que me aborrezca del todo. Me sorprendo cuando muestra que, bajo su túnica, esconde su propia daga. Con rapidez lo empuña y corre hacia mí. Me quiere matar. Solo yo siento el tiempo ralentizarse a mí alrededor. Las demás mujeres y Seirim, al otro lado de la mesa, continúan observando el desenlace. La punta de su daga se acerca amenazante para darme un final. Retrocedo hasta chocarme con la mesa de piedra. A mi espalda, mis manos se apoyan sobre ella. Mis dedos rozan una hoja fría y afilaba. Rápido me doy cuenta que es el puñal de Seirim. Ella no evita mis intenciones de defenderme. Lo agarro por la empuñadura. No quiero hacerlo, pero Astra está dispuesta a atravesar mi estómago. El tiempo vuelve a retomar su velocidad normal. Astra grita con furia y a pocos centímetros de mi cuerpo, freno sus intenciones. En el hueco de la clavícula izquierda le clavo el puñal de Seirim. Al hendir su corazón, la sangre le emana por la nariz y la boca. Cuando deja de latir, el relicario que descansa sobre su pecho se apaga con ella.