La debilidad es una de mis cualidades humanas que se tambalea cuando estoy ante la presencia de Seirim. El poder sobre la vida y el sortilegio de sangre son los suculentos cimientos de su fuerza. Una jugosa magia que me hace palpar la capacidad de mi potencial. Hay un abismo entre mi deber de controlarlo y el cómo llevarlo a cabo. Mientras descubro algunos de sus secretos, mi conciencia se traslada a una ilusoria realidad. Cuando me pierdo en su magia los remordimientos de mis actos dejan de existir. Con las manos apoyadas en un barreño de agua, me observo ante el espejo, sin parpadear, buscando en mi interior la paz que necesito. Un intenso calambre recorre mi frente y mi reflejo se desvanece para mostrarme el rostro de Astra. En mi mano vuelvo a sentir el puñal atravesando las capas de su piel, hasta llegar al corazón.
Trago con dificultad el terror que me engarrota los músculos, la culpabilidad me ahoga. Mis manos están cubiertas de sangre seca y las lágrimas aparecen sin remedio. Froto las manchas con intensidad, no consigo que desaparezcan. Me fijo en las ondas del agua, esta no se torna rojiza. Las vuelvo a sumergir y me doy cuenta de que esa sangre solo existe en mi cabeza. Mi piel la absorbe y desaparece de mi vista.
Dos golpes y el crujir de la puerta abriéndose me sacan de mis alucinaciones. El espejo, de nuevo, me devuelve mi reflejo. Sin pronunciar palabra, dos mujeres vienen a buscarme. Pregunto a dónde me llevan, pero parecen dos fantasmas incapaces de escuchar mi voz. Llegamos a un amplio jardín con altas columnas, ocultas entre rebosantes enredaderas, que se pierden rodeando un lago de aguas termales. El vapor que desprende impregna la atmosfera de una espesa neblina que me obliga a respirar con dificultad. El resto de mujeres están aquí, junto a Seirim, esperando mi llegada. Parecen estatuas en las que solo sus ojos se mueven siguiendo mis pasos. En ese instante soy consciente de que estoy frotando mis manos de forma compulsiva, intento liberar mi nerviosismo.
Sin previo aviso, mis escoltas tiran de las mangas de mi túnica. Reacciono a la defensiva, pero sin prestarme una mínima atención continúan con su propósito. Intento cubrir mi desnudez con las manos, solo mi nueva daga se mantiene pegada al muslo con una correa. Estoy en medio del círculo y las mujeres agachan sus cabezas, pero Seirim escruta mi cuerpo con el brillo rojizo arraigado en sus pupilas. Recuerdo sus palabras: “Esta noche renacerás”. Intuyo para que me han traído hasta aquí. Tengo que demostrar seguridad, ser una chiquilla asustada no me ayudará en mis propósitos. Dejo de luchar por taparme y enseño mi cuerpo sin pudor, mientras le sostengo la mirada sin titubear. Respiro por la nariz y suelto el aire por la boca. Quiero controlar los latidos desbocados de mi corazón. Les doy la espalda y camino despacio hasta llegar a la orilla del lago. La alta temperatura estalla contra mi piel fría. Con paso seguro me sumerjo y, ahí donde el agua me toca, filas de símbolos luminosos nacen en mi carne. Empiezan por los tobillos y acaban en mis mejillas, ahora que estoy sumergida. El contrato arcano que está escrito sobre mi piel me hace creer que me encuentro un paso más cerca de mi cometido. Mis pulmones no aguantan más, salgo a la superficie cogiendo una bocanada de aire. Tengo una extraña sensación. Percibo un vínculo con la materia: el agua, la arena, las piedras bajo mis pies y el vapor que ondula por todo el jardín. Incluso con la vegetación que arropa este lugar. Soy una extensión del universo y, ahora, también de la tierra.
Salgo de las aguas termales y se apresuran en cubrirme con la túnica. Formando un ovillo tembloroso, veo a mi prisionero. Casi me había olvidado de él. Me acerco hasta su posición, a los pies de Seirim. Ella sigue muda, atenta a mis movimientos. Le dedico una reverencia de respeto, inclinándome con la rodilla en el suelo.
—Bebe de su sangre. —Escucho su suave e imponente voz. Levanto la cara y me sorprendo al descubrir que sus labios no se mueven al hablar—. Dame su corazón.
Su voz se electrifica por todas las conexiones de mi cerebro. Se intensifica y el eco no deja de oírse en mi cabeza. Me toco el muslo y agarro el puño de mi daga. Mi prisionero se agita y gime desesperado por su vida. No puede hablar, ya me he cobrado su lengua, pero el balbuceo que emite deja claro que me ruega. No siento pena, ni remordimiento…
Alzo una mano y le niego la gravedad. Pierde la voluntad del movimiento y flota frente a mí, con los brazos y las piernas estiradas. Me deleito al clavar, muy despacio, la punta de mi daga en su antebrazo. Con calma, rasgo hasta llegar a su muñeca. Realizo la misma acción en el otro. La sangre emana en un ancho río que gotea. Paso la lengua por mis labios sedientos. Una de las mujeres me aproxima un cáliz. Doy inicio al ritual.
Lo lleno casi a rebosar con la sangre de mi víctima, cuando Seirim me recuerda que hace falta un ingrediente más. Lo recordé en el acto, el agua es el elemento que mueve las energías. Cierro los ojos y concentro el poder de mi magia. Lo acumulo en un punto céntrico de mi mente y mi cuerpo reacciona con un intenso escalofrío. El vapor de las aguas se unifica sobre nuestras cabezas, como si un viento inexistente lo desplazara con velocidad. Moldeo una espesa nube, vuelvo abrir los ojos y el brillo blanco de mi iris azul conecta con ella, ocasionando una tormenta. Ahora la lluvia se precipita sobre nosotras. Seirim asiente y sonríe orgullosa de lo que acabo de hacer.
Titubeo al mirar el espeso líquido del cáliz, pero no me lo pienso. Me lo acerco a los labios y el primer sorbo cae denso por mi gaznate. Reprimo una arcada y continúo tragando. Cuanto más bebo, más me gusta. El sabor a hierro se torna dulce. Millones de chispas recorren mis venas. Una explosión interna origina un vínculo entre mis entrañas y el líquido que termino de tragar. Retiro el cáliz y suelto un suspiro placentero. La lluvia se detiene y el vapor se dispersa de nuevo por la atmosfera del jardín. Observo a mi víctima, a punto de perder el conocimiento. Con total seguridad, cojo mi daga y, acompañado con un grito de rebeldía, la clavo sobre su pecho. Su cuerpo cae inerte al suelo, mis pensamientos se bloquean. Sesgo con fuerza una profunda abertura, introduzco mis manos dentro de su cuerpo, aún caliente. Siento su corazón emitir unos últimos latidos antes de desprenderlo de su cavidad.