Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 29: LA HORDA

Desde la ventana veo como se acercan al templo hordas de mujeres, que atraviesan la espesura de la selva. Tengo un vacío arraigado en el pecho, pues no consigo recordar lo ocurrido. Cuando volví a ser consciente, continuaba entre estas cuatro paredes. Me siento utilizada y aunque parezca contradictorio, no tengo los remordimientos que mi razón sabe que deberían existir. Miro mis manos, la euforia recorre mis venas y me gusta.

Me reúno con la hermandad en el salón, mientras decenas de mujeres son bien recibidas, con las puertas abiertas de par en par. A mi izquierda está Seirim, que sonríe satisfecha. Al verla, el orgullo hace presencia aporreando mi pecho.

—Hoy serás la maestra de ceremonias.

La repentina confesión me deja paralizada por unos segundos. Seirim se posiciona en la mesa de piedra y, abriendo el libro, entona una letanía. Una mujer tras otra, se posicionan en una fila frente a mí. Con la daga en mis manos, derramo su sangre y la deposito en el cáliz. El espesor del brebaje pasa por mi garganta y, con cada mujer que sella el pacto, mis sentidos se entumecen y la energía explota en mi cerebro. La electricidad me eleva y los poros de mí piel segregan la fuerza del infinito. Tras pasar las quince primeras mujeres, pierdo el control y, embriagada de poder, no puedo parar.

Seirim detiene la ceremonia, yo ya he perdido la cuenta de cuantas mujeres han pasado por mis manos. Las que quedan las reserva para otro ritual. Me retira con un gesto y toma las riendas. Una por una e hipnotizadas, no hacen nada por evitar su funesto destino. Los gritos agónicos desgarran mis oídos, mientras Seirim arranca sus almas. Un sudor frío empapa mi frente y todo da vueltas a mí alrededor. Lucho por mantenerme en pie. Cuando termina los sacrificios, una colección de pequeños tarros de cristal contiene la sangre de las víctimas. Se las llevan, algunas aún semiinconsciente, hasta quedarnos las dos asolas en la enorme sala.

Seirim me observa en silencio. Como siempre, su cara no refleja ningún atisbo de emoción. Solo me analiza. Mi expresión delata que el estómago revuelto me está devolviendo el sabor a hierro, creo que voy a vomitar. Inspiro, espiro…, ya no hay vuelta atrás. La euforia se convierte en una serpiente roja que sale de mí a borbotones.

—Tranquila, es normal que sientas nauseas —Se acerca y me ayuda a incorporarme—. Pronto pasará. Acompáñame, querida.

Intento recuperar la compostura. Me agarra de la mano para guiarme por el templo hasta el mural que representa el cielo de Namásium. Un chispazo surca mi cerebro, reactivándose. Mi consciencia se despierta de la letanía en la que siempre estoy inmersa desde que llegué. Se hacen presentes los recuerdos de mi pasado, que en realidad es el futuro. Momentos de juego con Frewin, Melbek y yo entrenando con nuestras varas, Elas y el instante que dejé aquella realidad, incluso vivencias con mis padres que había olvidado hacía mucho tiempo. Recordé las palabras de Tiana: “deberás combatir la soledad y no sucumbir a ella, porque aunque no nos veas a tu alrededor, siempre estaremos contigo.” Todos se hicieron presentes de forma simultánea, no solo en mi cabeza, también en mi corazón. ¿Estoy perdiendo el control?

El mural abrió sus puertas ante nosotras. Supe cuál era su finalidad y no me equivocaba. A la derecha de Seirim, observo con templanza como el orbe, eléctrico y verdoso, engulle las almas de aquellas mujeres mientras aumenta de tamaño con cada chorro de sangre que le ofrece. Noto el riego sanguíneo palpitar por mis venas. Vuelvo a sentir el poder y, a punto de sucumbir al abismo, dejo de mirar el orbe para fijar la vista en el rostro petrificado de Caelia, en la base de la pila. Me concentro en él, busco el norte de mi consciencia con el fin de no volverla a perder. Me cuesta mantenerme, pero mi objetivo se hace claro ante mis ojos: tengo que encontrar la fuente dónde habitan estas almas. Aunque me aferro a ese pensamiento, no consigo evitar terminar embriagada de poder. Cierro los ojos y sucumbo a la magia arcana. El tiempo se detiene, todo transcurre a cámara lenta. Siento la savia que recorre cada enredadera del frondoso jardín, el agua brotando entre sus ramas llenando los canales, incluso la gravedad se convierte en materia y floto sin esfuerzo. Parece que estoy en un sueño, el cual puedo controlar. De repente, hago memoria y veo cómo llegó aquella horda de mujeres hasta el templo. Mi intuición, una vez más, no ha fallado. Ahora lo recuerdo a la perfección: las manos frías de Seirim estaban posadas sobre mi cráneo, mientras yo adormecía la voluntad de todas ellas, atrayéndolas hasta las puertas.

Una fuerte sacudida me saca de mis cavilaciones. El suelo tiembla, se ondula y forma rostros petrificados a nuestro alrededor. Asustada me echo hacia atrás, mientras decenas de caras se agolpan en los pocos huecos libres sobre la base de la pila. Cuando no caben más, continúan apareciendo en el suelo, en una circunferencia perfecta que rodea el lugar. Incapaz de formular una sola palabra, otra vez las náuseas aparecen sabiendo que, bajo mis pies, aquellas mujeres estaban vivas hacia tan solo unas horas.

Los remordimientos, que parecían haber dejado de existir en mí, acuden de golpe. La ansiedad hace que me duela el pecho, intento respirar…, no puedo. Caigo de rodillas y palpo los rostros. La congoja explota en lágrimas que me ahogan. Tengo mucho miedo, su sangre mancha mis manos y siento que me he equivocado de camino. Fui una estúpida al pensar que podía engañar a Seirim. Ella es la deidad, la madre de la magia arcana y su reino sobrevivirá al tiempo. Me convenzo de que no puedo hacer nada. Entre llantos pido perdón a mis padres, a Frewin, a Melbek…, al universo. Sin embargo, Seirim piensa que se lo estoy pidiendo a ella por haber perdido la compostura. Con paso firme se acerca a mí, creo que me brindará un gesto de apoyo, pero me golpea con fuerza en la cara. Me desestabiliza y caigo aturdida hacia un lado. Tengo la visión nublada en lágrimas y, de nuevo, se acerca. Me tira del pelo, obligándome a ponerme en pie.




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