“No sé si estoy haciendo lo correcto. ¿Soy una intrusa en esta tierra? Al mirar el cielo, examino los trazos de la enorme nebulosa púrpura, que lo cruza de norte a sur, y la cálida luz de las lunas arropadas entre estrellas. No pertenezco a esta tierra, pero provengo del celestial manto que la recubre. Si Namásium fue, tiempo atrás, elegido para albergar magia, yo soy magia… y me albergará.”
Oigo a Seirim en mi cabeza: “Reúnete conmigo…”, el eco de la voz rebota en mis oídos. Proviene de la sala de los “rostros”. Acudo a su llamada a toda prisa, intuyo que esta noche todo va cambiar. En la soledad de mi habitación he vuelto a conectar con el cosmos y la presión en el pecho se ha desvanecido. Reboso de esperanza.
El templo está vacío y el mural está abierto de par en par, espera mi llegada. Me sorprende no ver a Seirim por ninguna parte. Algo ha cambiado en la sala. Me doy cuenta, hacía mucho tiempo que no detectaba la pestilencia de la magia arcana. Es tan intenso el olor que me obliga a taparme la nariz. Al fondo, las enredaderas que cubrían la pared han desaparecido. Me acerco con cautela y acaricio el suave mármol. Detecto un hueco vertical por el que introduzco los dedos, parece un picaporte. Sin apenas esfuerzo tiro hacia mí y, acompañado del rugir de la piedra, la puerta muestra una espesa niebla. El desagradable olor es cada vez más intenso, pero estoy segura de que Seirim está al otro lado, cruzo el umbral sin titubear. Sé que es un portal, he atravesado un par de ellos… Entro con pasos lentos y la niebla se disipa. El brillo de miles de estrellas forma líneas luminosas, por la alta velocidad con la que se mueven a mí alrededor. Un paso, dos, tres…, la ilusión se desvanece y cruzo una inmensa puerta de piedra lisa. Seirim me sonríe frente a ella.
—Estaba impaciente por tu llegada, sabía que me encontrarías.
Observo mí alrededor. Estoy en un pasillo circular repleto de puertas y unas anchas escaleras de caracol, que conecta todas las plantas. Miro arriba, apenas puedo atisbar dónde termina. Seirim me ofrece su mano, sacándome de mi curiosidad. Se la agarro y ella me aprieta fuerte.
—Querida, este es tu regalo.
Recorremos el pasillo y descendemos por las escaleras, hasta llegar a una enorme sala diáfana, donde decenas de columnas sujetan un techo, que simula el universo, e ilumina toda la estancia. Estoy maravillada con el lugar. Me he quedado sin palabras. Todo está inundado de magia.
Reconozco a las mujeres que, obedientes, mantienen su posición e inclinan sus cabezas con nuestra llegada. El estómago se me revuelve al recordar el sabor a hierro de su sangre. Me fijo en los relicarios que penden de su cuello y estos no son blancos. Rezuman de un brillo rojizo, me parece que Seirim no me lo ha contado todo.
Los ojos rojos y curiosos de una de ellas levanta con disimulo la mirada. Cuando nuestras pupilas se encuentran, una revelación acude a mí en una fracción de segundo. “No están aquí para mí, están por mí.” De repente, me siento vigilada. Desconfío de todas ellas, sobre todo de la mujer que agarra mi mano con fuerza, guiándome hasta la salida. Un gigantesco portón ornamentado con planetas, estrellas y galaxias en movimiento se abre con un gesto de su mano. El aire fresco del exterior se cuela por la rendija, hasta dejar pasar una bocanada de aire al terminar de abrirse.
—Este es mi regalo, el segundo de muchos templos que se levantaran en nuestro nombre. Donde crecerá nuestra magia.
Este lugar está rodeado de una arboleda, que me resulta familiar… En la lejanía hay un puente natural que cruza el río. “No puede ser…”, me doy la vuelta con lentitud mientras suplico que no sea lo que estoy imaginando. Creo que se me van a salir los ojos de las cuencas. Una gigantesca silueta semidesnuda de una mujer con los brazos alzados, corona el templo. La escultura me abruma, reconozco mis facciones talladas en la piedra.
—Soy… ¿Yo? —titubeo con un hilo de voz.
—Bienvenida a tu templo, bienvenida a tu nuevo hogar: El templo de las Estrellas.
Mi boca se seca de golpe, una chispa eléctrica recorre mis neuronas e indago en mis recuerdos. El instante en el que estoy con Frewin, en la inmensa pila de escombros, donde Axel y mi padre tuvieron su último encuentro. El templo que sucumbió sobre ellos tuvo un comienzo y su origen soy yo.
Sin palabras me observo en la escultura.
—¿Qué te parece mi regalo?
— Es abrumador…—Acierto a decir—. Seré digna de tu regalo —Parece contenta con mi respuesta.
—Más te vale, querida…
Mantengo la compostura y acompaño a Seirim hasta la puerta que conecta los dos templos. Ella apoya su mano en mi hombro y, sin mediar palabra, se despide con una sonrisa amenazante en la que distingo un “Te estoy vigilando”. Al desaparecer entre la bruma y cerrarse las puertas, pierdo las fuerzas. “El templo de las Estrellas en realidad ¿soy yo?, ¿el destino se está burlando de mí?, ¿si no hubiera regresado al pasado, nunca se hubiera levantado el templo?”
Cientos de dudas sin respuesta me arañan los sesos y encienden mi ira.
—Si el destino está escrito y el templo es mío, responderás a mis preguntas —grito con rabia. Mientras, las paredes me devuelven el eco de mi exigencia.
—¿Va todo bien, mi sacerdotisa? —La voz de una de las mujeres, al principio del pasillo, me alerta.