Me tiemblan las manos. Desde que comenzó esta locura, mi vida se ha convertido en un rompecabezas, aunque siempre lo fue... El universo siempre me ha provisto de lo necesario, aunque no me haya dado cuenta hasta ahora. Empiezo a ver con claridad. Los Rissal son más culpables de la oscuridad que azota este hermoso planeta, que de lo bueno que ha podido otorgar el regalo divino, que es la piedra Cósmica. Se ha convertido en una maldición que nos divide. Por un lado, mi padre, como heredero rindió cuentas con la piedra. Por el otro, Axel entrega su alma a la magia arcana, sin siquiera saber que la deidad, a la que tanto venera, es su ancestro.
Empiezo a comprender quien soy y el significado de ser la última descendiente de los Rissal. Hija del hombre al que el cosmos otorgó su favor, renaciendo como guardián de Luz y, a la vez, sacerdotisa. Soy parte del universo, pero ahora también conozco los secretos de la magia arcana. Siempre he estado entre dos mundos: el terrenal y el celestial. Al fin conozco mi identidad: soy la heredera de las dos magias y, con mi derecho, cerraré la grieta que jamás debió formarse.
Camino con paso firme, me aproximo a las escaleras y, antes de bajar, una extraña melodía, que solo mis oídos captan, se entona tras una puerta sellada frente a mí. Acerco la mano y, antes de acariciar la madera esculpida, unas chispas plateadas me conectan con un portal. “atravesando este umbral encontraré mi camino.” Sin embargo, antes debo escapar del grupo de mujeres que me espera.
Bajo la escalera con decisión. Como autómatas giran sus caras con brusquedad, y decenas de ojos rojos se clavan sobre mí. No siento sus almas, su interior esta hueco, solo son una pieza más en los planes de Seirim. Aunque parezca que están aquí por mí, sé que no es así. Me vigilan.
Recuerdo las palabras de la sacerdotisa: “Tienes que ser decidida, implacable y respetada. Hay varias formas de conseguirlo, pero la más efectiva es el miedo.”
He aprendido la lección y ahora la pondré en práctica, porque si hay algo que la maldad teme, es al bien.
—Mis leales hermanas. —Me sitúo al alcance de sus vistas—. Seirim me ha hablado. Tenemos un grave problema, las guardianas de Luz se dirigen a nuestros templos. —Con movimientos nerviosos comienzan a mirarse unas a otras, sopesando mis palabras—.Los Rissal y las guardianas han descubierto la existencia de nuestra hermandad. Saben de la grandeza de nuestra magia, tienen miedo y están dispuestos a erradicarla. —El silencio se rompe en murmullos de preocupación.
—Si eso es cierto, mi sacerdotisa; vendrán y acabaran con nosotras. —Una joven muchacha de pelo platino habla con voz temblorosa. Siento lástima al ver su rostro angelical, tan joven… tan niña. Le muestro mi afecto pasando un brazo sobre sus hombros.
—No sufras por ello, ni ninguna de vosotras. Somos la magia que Seirim nos ha regalado. Con nuestro poder desapareceremos de sus vistas, creerán que hemos huido sin más, pero eso jamás ocurrirá. Nos sumiremos en un profundo sueño y en el futuro volveremos a despertar. —Consigo tenerlas a mi merced. Infundo el temor a las consecuencias que nos esperarían a manos de las guardianas. El miedo a morir.
—Y ahora, ¿qué hacemos?
—Seirim me ha hablado —intento trasmitirles confianza y, de una en una, cojo sus manos. Las posiciono con la espalda en la pared, colocadas entre las columnas—. Lo siento, hermanas.
Un pellizco de culpabilidad me atraviesa el vientre. Intento convencerme de que hago lo correcto. Es más, sé que es lo correcto; sin embargo, no puedo evitar sentir el peso de la traición. Mi alma, al igual que las de ellas, también firmó la sentencia y, aunque todo lo hago por evitar un mal superior, la deslealtad me está quemando por dentro.
Reprimo con toda mis fuerzas el sentimiento y, con la cabeza fría, canalizo la energía que hierve en mis venas. La concentro en un pequeño punto de mi mente, mientras mi corazón me aporrea el pecho. Con cada latido, la magia palpita en mi interior, a punto de estallar. Abro los ojos y de mis pupilas se escapan dos haces resplandecientes, que iluminan la sala. Uno blanco y cálido; Otro rojo como el fuego. El tiempo se pausa para mí, la brisa deja de correr y los sonidos de la vida se enmudecen, el agua que surca el sistema de canales se detiene y mis hermanas quedan congeladas.
Estoy preparada.
Poso las manos en la piedra pulida del suelo, conecto con la materia. La dureza de la roca se doblega ante mí y es maleable a mis deseos. Los símbolos de mi cuerpo se iluminan bajo la epidermis. Noto el peso de las mujeres sobre la piedra adherida a sus pies. El granito grisáceo las engulle lentamente y, siguiendo mi visión, las arropa por completo. Convertidas en perfectas esculturas que siempre acompañaran a este templo. Mi templo.
Tras acabar el ritual, el tiempo vuelve a transcurrir con normalidad. Las mujeres descansan petrificadas y forman parte de la decoración de la sala. Vuelvo a estar a solas. Dedico unos minutos a observar sus rostros y en mi interior suplico un perdón que, quizás, no debería de necesitar. El dolor de la traición quiere que sucumba, ellas también eran inocentes, pero la razón debe sobreponerse al sentimiento.
El recuerdo de Frewin y Melbek regresa con velocidad a mi memoria. Parecen formar parte de un sueño, pero en realidad yo soy la que está dentro de una ilusión. “No soy una guardiana, tampoco una sacerdotisa, no pertenezco a esta era… solo soy la enviada del universo y cumpliré con mi misión.” Pienso y me repito, una y otra vez, como un mantra.