Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 32: MI LEGADO

Amenazar a alguien rebosante de odio, no es una buena opción. Mis palabras son el detonante para que su miedo se manifieste. ¿Qué puede temer más Seirim? Su cara expresa asombro ante mi seguridad, a pesar de querer controlar la situación en todo momento.

Intento recobrar la compostura a pesar de las magulladuras.

—Sé dónde está la fuente —digo convencida y, como si fuera la mejor broma inventada, Seirim ríe de manera exagerada ante mi amenaza.

—Estas muy confundida si pretendes robármela, querida. La fuente siempre será mía, soy su creadora y la tengo a buen recaudo.

—Creo que tú estás más confundida que yo. —No me hará titubear, sé a lo que he venido.

—¿Qué dices, niñata estúpida?

—No quiero poseer tu sucia magia, alimentada por la sangre y las almas de inocentes. —Seirim inclina el gesto y su ceja izquierda se curva hacia arriba—. Solo buscaré la fuente y, cuando sea vulnerable en mis manos, la destruiré.

Sus manos emanan una neblina negra que crece envolviendo la sala. Me volverá a atacar. La expresión de su cara da miedo, pero no titubearé. Recuerdo las palabras de Tiana: “el hilo de tu destino es el que rodea toda la telaraña. De ti dependerá la salvación, pero también la destrucción. No descuides tu mitad humana, pues puede ser incluso más peligrosa.” He llegado hasta aquí con un único objetivo, estoy preparada para afrontar lo que está escrito. Para bien o para mal…

—Nunca podrás destruirla por dos sencillas razones. —La voz ultratumba de Seirim me asusta—. La primera es que nunca encontraras la fuente, la segunda es que no puedes destruir aquello que te mantiene con vida. —Su confesión me pone nerviosa. Sé que se me nota, pues de sus labios se escapa una leve y maligna sonrisa—. ¿Recuerdas a esa amiguita tuya con la que viniste a mis puertas? —Que mencione a Caelia me enfurece. Los huesos de mi mandíbula se tensan y la ira se escapa por mis pupilas en destellos—. Su alma alimenta la magia arcana, la tuya también. La fuente nunca será de tu propiedad, pero tú siempre le pertenecerás.

Intento tragar el nudo que se ha formado en mi garganta, al comprender que tiene razón. Yo he firmado con mi sangre y con mi alma para ser una sacerdotisa. Las lágrimas se agolpan en mis ojos, mientras un temblor incontrolable se apodera de mí. El miedo me hace dudar e incluso me empuja a cambiar de planes. Mi instinto de supervivencia me dice que renuncie. Seirim siente mi debilidad y su semblante cambia a uno más calmado.

—Perdonaré tu osadía. Olvidaré lo que ha ocurrido aquí, esta noche. Únete a mí. Las dos juntas conseguiremos la gloria y se nos reconocerá en todo el universo como diosas.

En este instante, mi parte humana resurge a punto de sucumbir ante su proposición. Ella se acerca y apoya sus manos con suavidad en mis hombros. El tacto y su aroma adormecen mi razón. Su calor es como el de una madre, hace que parezca que nada malo puede pasar. Nos miramos a los ojos, voy a caer en la inconsciencia…, estaré a su merced. Me pierdo en el escarlata de sus ojos y sus pupilas me hipnotizan. Detecto el fuego que refulge tras ellos y una repentina visión me da un choque de realidad. El bosque de las almas ardía con el misma llama de sus ojos, mientras los agónicos gritos de los Drilas y los Maroalis se ahogaban entre las brasas.

No pienso dejar que me posea. Agarro sus hombros con las manos y Seirim piensa que corresponderé a su abrazo. Me Impulso con fuerza hacia delante y estrello mi cabeza con fuerza en su nariz. Me divierte la cara de improvisto que ha puesto, mientras se sujeta el tabique y derrama sangre ennegrecida.

—¡Destruiré la fuente! —Alzo la voz con seguridad—. Aunque entregue mi vida por ello.

El rostro de Seirim se torna perverso, es el mismo demonio.

Lanza contra mí una bocanada de energía, pero consigo esquivarla arrojándome al suelo y alejándome de ella. Intento anteponerme a sus movimientos y eso la enfurece aún más. Concentro la energía, conecto con los elementos y una sacudida nace desde el interior del volcán. Sus tripas rugen y es cuestión de tiempo que se desemboque una erupción. Seirim se agarra a las paredes para no caer por el temblor, mientras pequeñas grietas desquebrajan el suelo emanando el sofocante calor del magma.

Intento jugar sus mismas cartas y empujo hacia ella una onda expansiva para lanzarla por los aires. Sin embargo, ella la aparta de su camino sin apenas esfuerzo. Se palpa el muslo y, con una velocidad que a mi visión le cuesta seguir, saca la daga oculta en el muslo. La vertiginosa velocidad de sus movimientos hace que me dé cuenta de un detalle. Mi vista se desvía unos instantes al lugar en el que reposan las piedras Aventurina. Seirim también estuvo en un punto del pasado, esa es la característica que nos une y nos otorga la capacidad de burlar las leyes del tiempo.

Con una puntería perfecta, el puñal vuela hacia mí, si aterriza será mortal. Mientras recorre la poca distancia hasta mi pecho, se instala en mi memoria una visión: el momento en que la daga de Axel atravesó el corazón de mi padre. Sin embargo, mis manos no están atadas, como le sucedió a él, y no lo permitiré.

Hago uso de mis habilidades, pues no todo lo que hay en mi es magia. Cojo impulso y, con un salto, propino una certera patada lateral esquivando la daga y arrojándola varios metros. Melbek me enseñó muy bien a canalizar mis energías y controlar los movimientos de mi cuerpo. Por un instante, creo que la balanza se inclina a mi favor, pero sus dedos se estiran en serpientes negras que ondean hasta mí. Me arrojo a un lado, pero me atrapan sin remedio. Me aprisionan el cuerpo, como arenas movedizas que te agarran para no soltarte. No soy capaz de moverme. Mis extremidades cada vez están más apretadas. Me engulle y se abraza a mi cuello. Me tapa la cara con lentitud.




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