Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 33: LA FUENTE

Los símbolos se iluminan en mi piel, escuece y me pesan las extremidades. Estoy tan agotada que caminar se me antoja todo un reto. El leve brillo de las piedras Aventurina se cuela por el rabillo de mi ojo, acaparando mi atención. Me emociono al pensar que, por fin, volveré. Están a pocos metros de mi alcance. Intento caminar, pero la presión que ejerce la atmosfera sobre mí lo está poniendo difícil. Cuanto más me acerco, el fulgor pardea con mayor velocidad y me es muy difícil mantenerme en pie. Después de tanto tiempo en el pasado, mi cuerpo empieza a sufrir las consecuencias. Su pesadez recae sobre mis hombros.

Acaricio la suave y lisa superficie de una de las piedras. Todas responden reverberando su luz. Están demasiado incrustadas en la pared y con la escasa fuerza de mis manos no consigo despegarlas. Miro en busca de una solución, cuando siento la fría hoja de mi daga sobre la piel del muslo. Me remango la túnica y, al desatar la correa que la sujeta, observo el moratón bajo el cuero. La empuño con fuerza, lanzando el cinturón lejos. Con la afilada punta escarbo el perímetro del mineral y, haciendo palanca, consigo liberarla. Su superficie negra repleta de puntos blancos me recuerda a las noches despejadas en la Tierra, con su cielo lleno de estrellas plateadas. La acaricio y la magia me da respuestas. Mi energía se fusiona con el elemento, trasmitiéndome prosperidad, señal de que conseguiré mis metas. Mi esperanza se recarga otorgándole fuerza a mi cuerpo. Despego el resto de las piedras y, al chocar unas con otras, emiten su particular melodía. Su sonido me recuerda que estoy a punto de regresar.

Abro la mano liberándolas y los cinco minerales burlan la gravedad. La luz atraviesa su superficie y estas la absorben emitiendo su brillo interior. Toman velocidad girando a mí alrededor, hasta ver de ellas un luminoso aro dorado. Un agujero de gusano de grandes dimensiones me atrapa con su fuerza. Floto en “la nada”. Siento el brusco tirón de un frenazo y soy consciente de que me hayo en mitad “del todo”. Namásium y sus lunas bailan juntas bajo mis pies, en un lienzo de estrellas y nebulosas. El imaginario suelo que me sostiene desaparece y el planeta me absorbe a gran velocidad, hasta devolverme a tierra firme. Esta es la segunda vez que viajo en el tiempo y, aunque mi estómago se ha revuelto, reconozco que me estoy acostumbrando.

He aparecido rodeada de vegetación. En mitad de una ¿selva?

Guardo las piedras a buen recaudo, mientras el viento me trae el ruido de los animales y una corriente de agua. Empuño mi daga, atravieso con dificultad los árboles y la maleza, hasta llegar al lugar del que proviene el sonido. Un lago rodeando una extensa porción de tierra se revela ante mis ojos. De inmediato reconozco el paisaje con una gran diferencia: El templo de Seirim no existe, es una pequeña selva la que custodia el lugar. Voy acercándome con cautela. Busco algún camino por el que pasar, pero, si quiero llegar hasta allí, el plan requiere darse un chapuzón. Por suerte, si es que la puedo llamar así, no tengo que recurrir a mis dotes nadadoras. Con mucho esfuerzo y el agua hasta las caderas consigo llegar hasta la otra orilla. Me siento en el suelo, empapada, recobrando las fuerzas que me he dejado por el camino. Un lejano ruido me dice que no es buena idea descansar tanto, pensar en la posibilidad de ser el almuerzo sorpresa de algún animal salvaje me alienta a continuar. Al perderme entre los árboles comienza a llover. ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? Con este chaparrón apenas puedo ver por dónde voy.

Noto presencias a mí alrededor y, aunque estoy sola, siento estar rodeada. Este lugar está repleto de energía. Las almas custodian este lugar. Como un sabueso sigo el rastro de la magia. Ya no tengo ninguna duda de que la fuente está aquí, en un pasado remoto, antes de todos los tiempos.

A mis oídos llega el murmullo de unas voces. A toda prisa, aparto con mis manos la vegetación que me oculta el camino. La tierra se mezcla con el agua y atravieso los caminos enfangados. A punto de maldecir por las inclemencias, quedo paralizada al encontrar lo más preciado: la fuente de la magia arcana.

La luz del sol se refleja sobre la piedra caliza de una pirámide, no más alta que yo. En su superficie parpadean los símbolos de las sacerdotisas y, al mirar la piel de mis brazos, observo que los míos se iluminan respondiendo a la llamada. Hasta ahora nunca fui capaz de discernir su significado, pero al pasar mi mano por la construcción accedo a la verdad oculta y en voz alta descifro el secreto.

Hogar de las almas que alimentan la magia terrenal.

Las que impulsan el latido de los corazones de todas las vidas consagradas a ella.

El que otorga la magia a todo aquel que firma la sentencia, estando a su merced.

Mi profecía, mi vida, mi muerte.”

Un mal presagio se cierne sobre mí, estoy segura de ello al descubrir el significado del contrato bajo mi piel. Cada vez estoy más agotada y lucho con una fuerza sobrehumana para llegar al final.

Un temblor sacude la zona. Me asusto al pensar que ese mal está por llegar, más pronto que tarde. Una grieta atraviesa la pirámide en dos y en el interior guarda tanta energía que parece que va a explotar. Mis pies resbalan con el fango cuando intento alejarme. La sacudida se torna más intensa, incapaz de ponerme en pie gateo para tomar más distancia. La pirámide colapsa frente a mí, mientras los restos se esparcen a gran velocidad. Reacciono ocultando mi cara con un brazo, mientras el otro lo estiro con la esperanza de que mi mano haga de barrera entre los escombros y yo. El terremoto termina con mi gesto de protección y nada colisiona contra mí. En un acto de valentía, aunque con mucha cautela, decido observar lo ocurrido. Los restos de la pirámide han frenado su trayectoria levitando ante mis ojos. Cuando valoro que no hay peligro, bajo mi mano y estos, imitándome, se desvanecen en el suelo.




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