PARTE 3
El corazón de Elas se congeló cuando una vorágine de nubes negras cargadas de electricidad cubrió el cielo de Namásium. Los rayos se conectaban entre sí, formando una telaraña de energía que iluminaba el cielo. Atemorizado, observó a Estrella. Las piedras Aventurina habían alcanzado tanta velocidad que desaparecieron de su vista, provocando un remolino de niebla y polvo. Los pedruscos de la zona se despegaron del suelo burlando la gravedad. Sintió que la misión había fracasado, maldijo mientras intentaba acercarse a ella. Temió por su vida y corrió hacia el tornado polvoriento para sacarla de allí.
Algo se enredó en su tobillo, desplomándose contra el suelo. Unos metros más alejado, Yumi había materializado una liana entre sus manos, cuyo extremo atrapó los tobillos de Elas, impidiendo que se acercara.
—¿Qué haces? —gritó a Yumi desesperado—. ¡Ahí dentro morirá! Tengo que ayudarla.
A penas terminó la frase el mundo se silenció. Un vacío provocado por los nubarrones abarcó la atmosfera. Parecía que el planeta había dejado de rotar por unos instantes y solo escuchaba los latidos desbocados de su corazón.
Vio como Yumi se tapaba los oídos con ambas manos, acto que le extrañó; sin embargo, decidió imitarlo. La electricidad descargó toda su ira y un trueno ensordecedor se expandió por el aire. Elas se tiró al suelo agarrándose la cabeza y un intenso pitido se instaló en sus tímpanos. La inestable tormenta se apaciguó. Sin querer perder de vista a Estrella, Elas quedó cegado por un fulminante brillo. Tras miles de puntos blancos, que se habían instalado en su retina tapándole parte de la visión, observó como el polvo suspendido desaparecía. Las piedras Aventurina habían menguado la velocidad, mientras ella se mantenía en el centro, estática y con los ojos cerrados. Frenaron la rotación con brusquedad, cayeron y, tras ellas, Estrella se desmayó.
Frustrado, se apresuró para llegar hasta ella. Solo pedía al cosmos que no estuviera muerta. Se golpeó las rodillas por lanzarse a cogerla y gritó por qué al cielo. “Tanto sacrificio ¿no ha servido de nada?”. El recuerdo de Nimán acudió a su memoria. Muerto por unas estúpidas piedras, alimentadas por una leyenda que, al final, solo había sido eso, un cuento para niños. Un arma mortal por el que Estrella ahora estaba malherida.
Elas la mecía entre los brazos, las lágrimas le empapaban la cara. Rogaba que despertara. No pudo evitar volver a fijarse en aquel diminuto lunar sobre sus labios entreabiertos, mientras se acercaba para sentir su frágil aliento. Observó que su atuendo había cambiado, vestía una túnica larga y roja. Un uniforme que le era muy familiar, representando aquello contra lo que luchaban, y su amoratado rostro delataba haber estado involucrada en un enfrentamiento. Alguien tiró de la manga de su camisa, sacándole de sus pensamientos. Yumi sostenía entre sus pequeñas manos una esfera tan negra y profunda que daba la sensación de guardar el infinito. Al caer Estrella, la esfera había rodado por el suelo, pasando desapercibida para Elas. Con precaución, la cogió y la sostuvo sin apartarse de la muchacha. Sus pupilas se dilataron al intentar discernir lo que ocultaba en el interior. En ese instante fue consciente de que, lo que para él había ocurrido en minutos, ella había regresado de un largo viaje.
Cuando consiguió despegar su atención de la esfera y volver a mirar a Estrella, ella estaba observándole en silencio, sonreía reconfortada por haber regresado. Elas se perdió en sus ojos dispares, mientras el rojo del iris le preocupó.
—Perdóname, Estrella. Nunca quise poner tu vida en peligro. No debimos…
Ella colocó el dedo índice sobre los labios de Elas, silenciando las palabras atropelladas que surgían de su boca sin control. Después se lo puso sobre la frente. Bajo él, un destello carmesí se iluminó. Una secuencia de imágenes se solapó en la mente de Elas, mostrándole la realidad. Se quedó sin aire al descubrir lo ocurrido y entendió que ella había cambiado.
—¿Eres…? Quiero decir, ¿Seirim es tu…?
—Sí. Durante toda mi vida he estado desorientada, perdida entre dos mundos. Nunca me he ubicado, ni entre los humanos, ni tampoco entre los guardianes de Luz. Siempre me sentí como un macabro experimento, nacida para ser sacrificada por una causa que ni siquiera conocía. Ahora lo tengo claro. Nunca he estado entre lo terrenal y lo celestial. Soy la encarnación de los dos, de la magia universal y la arcana, es mi legado. Es mi deber asumirla, para bien o para mal. —Elas fue incapaz de pronunciar palabra. Miró la enigmática esfera negra y, con intención de devolvérsela, la puso entre las manos de ella—. Esta es la fuente y también mi corazón.
—¿Tú corazón? —preguntó el muchacho, a penas con un hilo de voz.
—El mío y el de todo aquel que haya firmado con su sangre. Es el que alimenta la magia arcana.
—Axel… —susurró, mientras miraba el iris carmesí de Estrella—. Si la destruimos ellos morirán, pero tú…
—Sí, yo también —dijo devolviéndosela—. Yo me encargaré de que los traidores paguen por sus pecados, tú deberás protegerla.
Estrella se puso en pie, con paso firme se acercó a Yumi. Elas estaba perplejo, intentando digerir aquella información mientras la seguía con la mirada. El reflejo de inocencia, que antes trasmitía, había cambiado a un rostro maltratado por la cruda realidad. Cada golpe amoratado era una lección que cualquiera hubiera abandonado; sin embargo, ella seguía adelante con su propósito. La dulzura y la esencia mágica que antes desprendía su aura, se había tornado en una naturaleza de incomprensible poder. “Parece ella, pero no lo es. Siento miedo, a la vez que admiración. Su divinidad acapara todo cuanto la rodea. Es… una diosa.” Pensó Elas.