Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 35: RETOMAR EL CAMINO

Aparecieron a un lado del río. El chisporroteo de las llamas amortiguaba el sonido del agua fluyendo por su caudal. El calor ardía en los rostros de Elas y Estrella, sobrepasados por la infernal situación. Rodeados de un laberinto de humo, el muchacho se agarró al antebrazo de ella y su expresión le dijo que estar allí no era buena idea.

—Desde que llegué mis actos nunca han parecido buenas ideas, Elas —contestó leyendo los pensamiento del muchacho.

Yumi se alejó de ellos y Estrella, con suma rapidez, le siguió adentrándose en el bosque en llamas. No había tiempo que perder. Elas los persiguió para no quedarse atrás, pero una lengua de fuego le cortó el paso. Tuvo que protegerse con los brazos para evitar que su cara terminara derretida. La humareda y la ceniza complicaron la situación. Ahogado por un intenso dolor que le fulminaba con cada tos. Un prominente mareo aseguraba que pronto se desvanecería. Alejándose del foco con mucha dificultad, echó la mirada atrás en un vano intento de no perder a Estrella de vista; sin embargo, el fuego parecía habérsela tragado.

Los ojos le escocían y la visión se volvió turbia, a punto de perder la conciencia cayó de rodillas. Empleó un último esfuerzo por salir de allí gateando, cuando el eco de una voz familiar llegó hasta sus oídos. Alguien alto y corpulento atravesaba la humareda, mientras gritaba su nombre. “¿Será la falta de oxígeno la que me está provocando alucinaciones?” pensó. A un instante de desmayarse, sintió como aquel fornido hombre le levantaba en volandas sobre el hombro, después todo se oscureció.

Constantes palmadas en la mejilla y una insistente súplica, consiguieron que reuniera las fuerzas suficientes para abrir los pesados párpados.

—Despierta, Elas. ¡Despierta! —Apreció un rostro familiar tras su vista nublada.

—¿Roy? —Una fuerte palpitación le golpeó—. ¿Eres tú, amigo?

—Sí, mi capitán. No sabes cuánto me alegro de encontrarte con vida.

—¿Cómo me has encontrado? —Elas se abrazó a su compañero. Le creía muerto y volver a verle de nuevo le supuso una inyección de adrenalina que le devolvió el aliento.

—El humo del incendio se ve a kilómetros, amigo. ¿Dónde ibas a estar, si no es en medio de la llamas? —Roy sacó una sonrisa a Elas.

—Ya echaba de menos tu sentido del humor. —dijo Elas entre toses, intentado reponerse—. ¿Dónde está Keyla?

La cara de Roy se oscureció con la sombra de la culpabilidad. Su voz quebrada intentó explicar lo sucedido, esforzándose por no llorar. La tempestad había conseguido destrozar y hundir el barco, hogar de ambos. Elas tragó sus lágrimas, de forma literal, con la confesión. Apretó los puños, impotente. Lo habían perdido todo.

—Traté de salvar a Keyla —confesó—. Al quebrarse la embarcación, su pierna quedo atrapada. La saqué del agujero, pero al apoyarla gritó, era incapaz de moverla, estaba rota. Nos hundimos con el barco y con la última bocanada de aire en mis pulmones, te juro por mi vida, que luché por sacarla. —Roy atropellaba sus palabras, incapaz de mirar a Elas a la cara—. El recuerdo de soltar su mano bajo el agua y sus ojos angustiados mirándome, mientras ella se ahogaba y yo salía a flote…

Elas agarró la mano de su amigo. Compartían la congoja en sus corazones.

—Casi no me quedaban fuerzas para seguir nadando, cuando encontré un trozo de madera flotando a la deriva —continuó—. En él, mientras llegaba a la orilla, vi el humo alzándose en el horizonte. Supe que aquí te encontraría. ¿Dónde está Estrella?, ¿qué ha pasado?

—Ha entrado… —Elas señaló donde el incendio estaba más vivo.

—Vamos, espabila —Roy apremió a su amigo, ayudándole a levantarse—. Tenemos que ayudarla.

Entre las ondulaciones del calor vieron como el fuego formó un pasillo perfecto, apartado del camino de Estrella y formando un círculo a su alrededor. Comprendieron que su presencia bastaba para hacer de cortafuegos. Los árboles continuaban ardiendo y, entre las llamas, podía discernirse los cuerpos carbonizados de los Drilas y Maroalis que Axel había atado a ellos. Un paisaje atroz de muerte y cenizas al que Roy no daba crédito.

En el centro de aquel caos, Estrella permanecía agachada, llorando y en silencio. Elas quiso acercarse a ella, pero Roy le retuvo a su lado. Sin pestañear y boquiabiertos, fueron testigos de la escena: Ella se levantó, dejando ver que, aquello por lo que lloraba, era el cuerpo de Frewin. La pantera permanecía inmóvil. El humo que contaminaba la atmosfera se disipó a su alrededor. A medida que subía sus brazos, entonó una plegaria.

“Que el origen de estas llamas sucumban a mi voluntad.

Agua, emisor por el que fluye la mágica energía del universo.

Que mis lágrimas sean el manantial que extinga la ira.”

Estrella desprendió un aura roja, que iluminó con intensidad el claro en el que se encontraban. Un trueno rompió el cielo y unas pocas gotas de agua cayeron durante unos segundos, para transformarse en una lluvia torrencial que se precipitaba sobre Namásium. El fuego se doblegó, apagándose poco a poco, dejando tras su paso un bosque ceniciento.

Roy, perplejo, miró a su amigo sin comprender lo que acababa de ver. Esa mujer no era la Estrella que conocía. Si antes aquella niña desprendía magia, ahora difundía una fuerza sobrenatural capaz de manejar los elementos a su antojo.




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