Frente a Estrella, el paisaje de las llanuras de Mikas aguardaba su llegada. A lo mejor era de día o quizá de noche, pues no lo sabía con exactitud. El cielo encapotado de nubes negras precipitaba una intensa lluvia, que ella misma había originado y no permitía discernir en que momento del día se encontraba. Sin perder de vista el objetivo caminó hasta que, a pocos centímetros de su cara, se percató de algo inusual: una fina película transparente ondulaba el perímetro de la ciudad.
Acarició la cortina y una leve corriente se filtró por los dedos. Dudó en traspasar la frontera. De nuevo, la incertidumbre se apoderaba de la razón. “Soy una egoísta con sed de venganza y miedo a la muerte. Sí hubiera destruido la fuente, todo habría terminado.” Pensó. Si Axel creía que un simple conjuro iba a frenar las intenciones de Estrella, estaba muy equivocado. Ella inspiró con fuerza y, con el aire retenido en los pulmones, pasó al otro lado.
La lluvia cesó de inmediato y las nubes se disiparon en una niebla que caía sobre las llanuras. Detectó lo que hacía mucho tiempo no percibía, por el hecho de formar parte de él, de nuevo, volvía a llenar las fosas nasales con el típico aroma a putrefacción. Obligándose a retener la respiración, reconoció el olor a muerte, la pestilencia de la magia arcana. Recordó su visita a las llanuras tras el viaje en el tiempo. La magia que brotaba en las calles llenas de vida y del bullicio despreocupado de los habitantes, ya no estaba. El lugar era irreconocible. Se despojó de la capucha para tener mejor visión. La apariencia de la ciudad se había trasformado en un panorama oscuro, tenebroso, pestilente y sin más ruido que el del viento. Las marismas se habían secado y los barrizales inundaban el terreno. La soledad se palpaba y solo iba acompañada del eco de sus pisadas. La vegetación se había secado y lo que antes eran casas acogedoras, parecían abandonadas, a medio derrumbar y cubiertas de moho.
Los símbolos de su cuerpo ardieron bajo la piel unos instantes. Entendió que eran como un radar, Axel estaba cerca, muy cerca. Anduvo por las calles desérticas; sin embargo, sentía como cientos de miradas se clavaban en ella. De repente la temperatura, que ya de por sí era baja, descendió de forma desmesurada. Su respiración se escapaba en una nube vaporosa y percibió con más fuerza la existencia de presencias espectrales. No pudo evitar que el miedo la acechara, erizándole el vello. Emprendió la carrera dirección al palacio para escapar de aquella sensación. Las sombras se movían y alargaban tras sus pisadas. Se levantaron creando siluetas. Ella corría a más velocidad, pero el frío y la pérdida de energía, con todo lo acontecido, no le permitieron continuar. “No hay nada, ni nadie con más poder que yo.” Pensó para despertar la valentía.
La niebla se desvaneció, mostrándole lo que había un poco más adelante. Un gigantesco árbol, que en mejores tiempos seguro fue majestuoso y colorido, alzaba los secos ramajes como dedos puntiagudos. El rechinar de unas cuerdas sostenía un columpio, que se balanceaba con un leve vaivén. Sobre él, una mujer con una larga melena pelirroja se mecía dándole la espalda. Estrella detuvo los pasos y tragó con dificultad al reconocerse en aquel paisaje moribundo. “¿Estoy alucinando?” Pensó. El espanto la retenía inmóvil, observándose a sí misma. Con mucho esfuerzo se obligó a acercarse hasta aquella silueta. Cuanto más se aproximaba, más convencida estaba que era producto de su imaginación. Rodeó a la mujer para posicionarse frente a ella. Sus extremidades se aflojaron, cayendo sobre las rodillas de aquel espectro, que no dejó en ningún momento de balancearse sobre el columpio. A pesar del tiempo, de los pocos recuerdos que tenía y que ni siquiera sabía si eran reales o inventados; reconoció al instante las dulces facciones del rostro de su madre.
—Mamá, siento tanto lo ocurrido. La culpabilidad pesa sobre mis hombros. —Estrella lloró en el regazo de Imara, buscaba algún consuelo. El balanceo se detuvo, mientras la fría mano de su progenitora le acarició el pelo. —Dime algo, mamá. Por favor…
No escuchó palabra alguna, pero al mirarla se percató de que sus labios estaban unidos con una fina y traslucida hebra, que sellaba su boca cosida. Aquello la sobrecogió y asustada se derrumbó sobre el barrizal. Miró los ojos azul cielo de Imara. En sus pupilas reconoció el reflejo de la casa-árbol envuelta en llamas y, a su vez, los símbolos volvieron a arderle bajo la piel. Gritó desesperada, sintió en sus propias carnes la agonía de su muerte. Todo el cuerpo se quemaba bajo unas llamas inexistentes y, de repente, aquel fuego se apagó. Arrastrándose por el suelo, pero sin quitar ojo de aquel espectro, vio como le señaló hacia una dirección concreta. Su mano apuntaba el palacio y, sin más, cerró sus ojos y continuó con el balanceo en el columpio, que rompía el silencio con un espeluznante chirrido.
Se alejó de allí a toda prisa. Aquella no podía ser su madre o, al menos, de ello quería convencerse. Sin embargo, también fue una víctima de Axel y con pesar descubrió que su alma también permanecía cautiva en la fuente. El odio volvió a mezclarse con la sangre, mientras recorría las venas le llenaba el corazón de rencor. Su mandíbula se tensó y la maldad empañó su rostro, iluminando su ojo carmesí. “Te quitaré lo que más amas, me lo pagaras con mucho dolor.” Amenazó a Axel en sus pensamientos.
Aun notaba la presencia fantasmal de los habitantes de las llanuras, pero el miedo se volatilizó al experimentar en su propio cuerpo el dolor de su madre. El coraje hizo desaparecer cualquier sentimiento de angustia y, con paso firme, fue dirección al palacio. Cuanto más cerca estaba, la niebla se despejaba mostrando el paisaje con más claridad. La piedra caliza y blanca, que antes brillaba mágica bajo el sol de Namásium, se había tornado negra, envuelta en musgo y desprendía pequeños peñascos que amenazaban con derrumbarse. Un lago de sangre espesa rodeaba el perímetro. La ira acrecentaba cuanto más se acercaba a la orilla, percatándose de que no eran rocas lo que rodeaba el sangriento lago. Se inclinó para comprobar si era cierto lo que pensaba y, en efecto, levantó del lecho uno de tantos cráneos que yacían en el borde. Al mirar las cuencas vacías dio un brincó, escuchó la inesperada risa de un niño. Del susto soltó la calavera, que se despeñó entre el resto hasta hundirse en el lago.