Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 37: LAS PUERTAS DEL ABISMO

Estrella traspasó el umbral. Desapareció tras ella, pero no le dio ninguna importancia, estaba demasiado concentrada en seguir adelante. Los inmensos jardines del palacio, que otrora debieron lucir coloridos, llenos de vida, flora y fauna, se habían convertido en una auténtica jungla de mustios ramajes y flores secas meciéndose al son del viento. La niebla era una cortina de humo blanquecino, que la sumergía en una desagradable pesadilla, y ocultaba a la visión lo que había más allá. Cada vez estaba más convencida de que nada de su alrededor era real. “¿Pretendes engañarme con tu magia? Yo soy la magia.” Pensó.

Anduvo lenta y firme, cerciorándose de que allí donde pusiera el pie fuera seguro. Entre la maraña de naturaleza muerta, un muro de enredaderas con pinchos puntiagudos bloqueaban el paso. Buscó algún hueco, sin encontrar cómo poder traspasarlo fácilmente. El aroma a putrefacción inundó sus fosas nasales. Olía demasiado mal, así que solo debería seguir ese rastro como un sabueso para encontrar lo que tanto anhelaba, la venganza. Aquel contratiempo no iba a detenerla. Agarró las ramas frente a ella y, mientras sus manos se iluminaban dotándola de una fuerza sobrehumana, las arrancó sin que de su boca saliera una sola queja, mientras las puntiagudas púas le rasgaban la ropa y la piel. Tras la maleza la niebla se volvió más espesa. Estaba perdida en el interior de una nube en la que, mirara donde mirara, la nada abarcaba todo.

Estrella cerró los ojos. El pánico no era una opción. La sangre del lago había revitalizado sus fuerzas y la posibilidad de invocar la magia, de modo que respiró lenta y profundamente por la nariz. Soltó el aire por la boca y, tras su paso, la niebla se disolvió. Imaginó que así conseguiría ver hacia dónde dirigirse, pero nada más lejos de la realidad. Descubrió que se encontraba frente a un largo pasillo, cuyas paredes, techo y suelo eran tan negros como la fría profundidad de un cielo sin estrellas. Intimidada por el sombrío lugar, miró atrás hallando la misma negrura.

Acompañada por el sonido de sus pisadas, un leve destello a la derecha llamó su atención. Buscó en aquella oscuridad y, acercándose lo suficiente, el reflejo de sus ojos dispares le devolvió la mirada. Un espejo en el que se veía a ella misma y que apenas podía reconocerse en él. Se atrevió a tocarlo con la punta de su dedo índice y este emitió unas ondas, que borraron el reflejo. Sin darle importancia estuvo a punto de seguir adelante; sin embargo, una revelación se proyectó a lo largo del inmenso pasillo, sumergiéndola en la visión.

«Las manos estaban cubiertas por la misma sangre que goteaba por la comisura de sus labios. Sabía que el sabor a hierro debería provocarle repulsión, pero no era así. Era agradable sentir el espesor bajando por la garganta, mientras un eufórico estallido de energía nacía en su interior.

—¡Despierta, Estrella! —se decía a sí misma advirtiéndose de que aquello no era real.

No podía parar, debía obligarse. Cuando fue capaz de ignorar la sensación, su conciencia reparó en que estaba sobre una alfombra de cuerpos desnudos.

En ese instante sintió que aquel masacre era su obra y con él se alimentaba, mientras su aspecto bello y joven ocultaba un interior corrupto y podrido.»

Gritó tan fuerte que consiguió salir de la visión. Corrió asustada por el infinito y oscuro pasillo, que le devolvía su reflejo por los laterales. Agotada de huir sin llegar a ninguna parte, una fuerte quemazón, producida por su angustiado corazón y un nudo en la garganta que no lo permitía respirar, le obligó a parar. Se hizo un ovillo en el suelo, se abrazó las piernas e intentó esconderse de aquello que le acechaba. Que ingenua había sido al pensar que podría encontrar a Axel. Él haría todo lo posible por deshacerse de sus enemigos y lo estaba consiguiendo. Estaba atrapada en una cárcel construida solo para ella, estaba perdida en su propia locura. Todo el autocontrol que Melbek le intentó enseñar durante tantos años no estaba sirviendo de nada. ¿Cuántas veces escuchó, que su parte humana era la más peligrosa, y su mente tenía el poder de resurgir o caer en las peores de las desdichas? En ese instante, cualquiera se hubiera rendido, resignándose a quedar atrapado en aquel laberinto de olvido.

El tiempo no existía en aquel lugar y jamás podría saber cuánto había transcurrido allí. De repente, la soledad se esfumó y abrió sus ojos de par en par.

—¿Quién eres? —preguntó con voz temblorosa.

Alguien se acercaba, Estrella se incorporó. Era una mujer, de eso estaba segura por la curvatura de su cuerpo. Los labios cosidos revelaron que era otra víctima de la magia arcana. Tenía la visión algo turbia, pero su alma se llenó de dicha al reconocer de quién se trataba: una melena larga caía hacia un lado de su cabeza, mientras el otro estaba rapado, dándole un aspecto peligroso.

—Caelia, ¿eres tú?

Reconoció en aquel ente a una amiga. La muchacha que la guio por su destino en el pasado. La miraba con cariño, mientras le transmitían agradecimiento por la nota escrita, que le dejó a su familia. Un simple detalle que podía parecer sin importancia, pero que gracias a Estrella alivió los corazones de un padre y un hermano. Fue a abrazarla, mientras suplicaba su perdón. Nunca quiso abandonarla y si hubiera sabido lo que Seirim le tenía deparado, jamás lo hubiera permitido. Traspasó la presencia incorpórea de Caelia, cuando escuchó su voz salir de aquellos labios sellados.

—No te sientas culpable. Ese fue mi destino. Nadie hubiera podido evitarlo, ni siquiera tú, que venías de otro tiempo, pues aquello ya estaba escrito. Ahora es el momento de reparar lo que está roto y liberar nuestras almas. Quiero estar junto a mi padre y mi hermano, allí…, en el universo.




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