Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 38: EL FIN

La realidad se mostró ante Estrella como piezas de un puzle. La intensidad de la lluvia había menguado la fuerza y refrescaba los jardines del palacio, que lucían frondosos. Recorrió escasos metros el santuario, donde podía discernir a la perfección el círculo formado por Axel y sus siervos. Lo que antaño era un lugar sagrado, se había convertido en el principal templo de la magia arcana. En silencio y sin expresión en el rostro miraban como se aproximaba, mientras una media sonrisa malévola se dibujaba en el rostro del líder. No les inquietaba la presencia de Estrella.

Ardió en ira al ser testigo de aquella escena, que le desgarró el alma. A un lado, a un par de metros de altura y con las extremidades atadas a cuatro postes estaba Melbek. La maestra sintió la presencia de Estrella y en su rostro se reflejó dolor. Reconoció la inconfundible melena pelirroja que ondulaba con el viento sobre su tez pálida. En su rostro veía a Zeta y también a Imara, pero la energía que emanaba había cambiado, revelando que la inocente niña que crio y protegió había desaparecido. Sintió el fracaso al ver en ella una sacerdotisa, no pudo conseguir mantenerla a salvo.

—Hice lo correcto al no subestimarte —dijo Axel, deshaciendo el círculo—. Hace muchos años cometí el error de hacerlo con tu padre, pero a ti te estaba esperando.

—Solo te diré algo: ¡pagaras por el dolor, por cada muerte…! La traición es un arma de doble filo y su afilada daga pende sobre tu vida.

Las manos de Estrella se iluminaron. No quería escuchar nada en absoluto de lo que Axel tuviera que decir y, mucho menos, mantener ningún tipo de conversación con él. Su mirada pasó fugaz por el rostro de Melbek y detectó como este le suplicaba que huyera.

Un leve temblor se inició mientras elevaba las manos. Antes de que pudiera hacer más, reconoció sobre las muñecas la fuerza de unos aros dorados queriendo apresarla. Sus brazos cayeron, era incapaz de levantarlos, como si pesaran un quintal. Estrella intentó romper el conjuro, pero sus fuerzas estaban llegando al límite. Cada batalla librada para llegar a este preciso instante, recaían sobre ella. La trayectoria había sido como subir una pendiente. Se encontraba en el final y, justo donde la cuesta era más inclinada, ella caía en el declive de su poder.

Axel se aproximó, poniendo la cara a un palmo de la de ella. Un escalofrió recorrió el cuerpo de Estrella al notar el aliento chocar contra sus mejillas. Él aspiró su aroma, pasó por el mentón y bajó por el cuello hasta llegar a las clavículas.

—No te acerques a mí —dijo Estrella con la mandíbula apretada—. Conseguirás que vomite en tu cara.

Axel se alejó lo suficiente para mirarla a los ojos. Entendió por qué las sacerdotisas, que él mismo revivió, sintieron la presencia de Seirim. Sin embargo, no lo permitiría, pues él era el único heredero.

—Estrella, no te pongas así —replicó Axel con sorna—. Somos familia.

—Yo no soy nada tuyo…

—Te equivocas, pequeña. Te pareces más a mí de lo crees. Somos los únicos supervivientes de la dinastía Rissal. Juntos…

—Somos los únicos por tu culpa y la de tu padre. Te pareces mucho a él: envidioso, traidor, asesino…

—Tú no te pareces mucho al tuyo, ¿sabes?— Axel rio, lejos de sentirse ofendido—. Tú no conociste al mío, pero yo si tuve el placer de conocer al tuyo: estúpido, engreído y un ladrón que pretendía robar mi herencia. Quiso destruirme y, creyendo ser el poderoso sabelotodo, erró.

—Maldito… —Los iris se iluminaban con los destellos del odio.

—No te ofendas, todo lo contrario… —Axel le acarició uno de los mechones rebeldes que caían sobre su cara—. Tú eres muy inteligente, cariño. Has conseguido llegar hasta mí y sabemos que el destino es sabio, él nos ha unido. ¡Tenemos tantas cosas en común! —Estrella apartó la cara con brusquedad para que sus sucios dedos dejaran de tocarla. Axel sonrió— Eres fuerte, pero demasiado ingenua, aún.

Axel dijo algo a los súbditos, todos vestidos con túnicas rojas. Estrella observó el parecido de su indumentaria, encajaba a la perfección en aquel sádico grupo. Él susurró una orden al oído de una mujer que, con la cabeza agachada, asintió sin rechistar. La muchacha descubrió que se dirigía hacia Melbek, mientras Axel volvía a ponerse a su lado.

—Verás, tendrás que tomar una decisión —le dijo con voz calmada—, pero te lo voy a poner muy fácil.

La mujer deshizo las manos en niebla negra, que ondeo por el aire hasta llegar a Melbek. Las ataduras se desvanecieron y, con suavidad, la hizo descender hasta el suelo. Tenía las extremidades entumecidas y no pudo mantenerse en pie, quedó tendida en el suelo. El dolor de ver a su maestra en esas condiciones provocó que lágrimas mudas y descontroladas le empaparan la cara. A saber cuánto tiempo llevaba atada…

La mujer desenfundo la daga, que mantenía oculta entre los pliegues de su túnica.

—Tu y yo, unidos, seremos los dioses de este y otros mundos. Iremos hasta los confines del universo, donde nos reconocerán como deidades. Estarán a merced de nuestra benevolencia, seremos inmortales, conquistaremos cada rincón donde la vida sea posible —Axel ya había tomado la decisión—. Nosotros somos diferentes…

—No… —Lloraba Estrella.

Tras un gesto de Axel asintiendo, la mujer agarró a Melbek del pelo y tiró hacia atrás dejándole el cuello al descubierto. Colocó la daga y apretó, a la espera de la siguiente orden.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.