Inconsciente de sus actos, lo último que recordaba era el ansia por evitar que Axel acabara con la vida de Melbek. En ese instante, el reloj de arena que representaba el tiempo mortal se había pausado y su cuerpo no pudo contener la inmensa energía que dormitaba en su interior. Ocurrió, aquello que tanto le adoctrinó su maestra en el templo Shaolin: controla tu mente, tu cuerpo, tu alma... No lo consiguió.
Quiso mirarse las manos, pero no había nada. Incorpórea, ella ascendía mientras veía a sus amigos lamentarse frente a una estatua. Cuanto más se elevaba, más disminuían las dimensiones, hasta que el paisaje desolador de Namásium la angustió por completo. Una calma extraña resurgía en el planeta, a la vez que gigantescas grietas lo surcaban en todas direcciones. Cuando comprendió la realidad, entendió que eran las cicatrices de las heridas que ella había causado.
Continuaba el ascenso. Namásium y sus lunas ya se perdían en el firmamento. Parecía un viaje sin fin, en el que la más gigantesca de las galaxias se convertía en un punto estelar más del infinito lienzo. Llegaba a los límites de un incomprensible “más allá” hasta traspasar la fina línea, que sostenía el todo como una frágil burbuja, separándola del mundo material. Tuvo una extraña sensación, el viaje astral que estaba viviendo era parecido a los sueños que había experimentado en otras ocasiones, pero este era muy distinto. El lugar al que estaba llegando era mucho más real, la vida mortal era el verdadero sueño del que comenzaba a despertar.
Reconoció al instante el paraje donde se encontraba. A su espalda había una perfecta y bella esfera cósmica de grandes dimensiones; su universo, del cual había salido. Frente a ella, el templo Shaolin en el que se había criado se mantenía intacto, como si el paso de los siglos no hubiera hecho mella en sus muros. Supo que aquel era su templo y a la vez no lo era… Entró en él, parecía que todo estaba tal y como lo recordaba, los estanques de aguas cristalinas, la vegetación que vestía los muros repletos de flores…, pero con una clara diferencia: estaba impoluto, en silencio y ni el típico canto de los pájaros, ni el sonido de la montaña resurgían en el lugar.
Dio un corto paseo por el templo, cuando comenzó a ser consciente. Se observó a sí misma cubierta por un fino camisón de seda con el estampado de un cielo nocturno lleno de vida. No era ella en cuerpo, si no en alma. Era pura energía. La calidez traspasó sus incorpóreos pies desnudos. Fue una sensación diferente a la que el sol podía otorgar. Una percepción nueva y placentera, más similar al calor de un abrazo.
—¿Estoy muerta? —se preguntó a sí misma en un susurro.
—No exactamente…
La inesperada contestación la asustó. Giró y sus ojos dispares rebosaron en lágrimas. Corrió en busca de protección y lo abrazó. Esta vez sí pudo tocarlo.
—Papá… —Zeta la estrechó con fuerza. Cuando Axel le arrebató la vida, tenía la misma edad que Estrella y, por la misma apariencia jovial, costaba creer que se trataba de padre e hija—. Perdóname, he fracasado. Perdí el control, no sé qué me ha pasado —dijo Estrella de forma atropellada—. ¿Dónde estoy?
—Este templo, mi pequeña, es solo un reflejo del último lugar mortal en el que fuiste feliz. Un reflejo para que te sientas acogida y en calma —Estrella sollozaba buscando confort en Zeta.
Él la agarró con firmeza de los hombros para separarla de su regazo. No estaban solos. Estrella observó su alrededor. Verxi y Syki, las guardianas de Luz, estaban a su lado. Además, centenares de personas les rodeaban. Aturdida se quedó sin palabras, mientras buscaba en los ojos de su padre una respuesta.
—No has fracasado, mi pequeña Estrella. La magia arcana ha podido ser erradicada. Tú descubriste los secretos y su paradero. Eres la salvadora de todas estas almas que la alimentaban. Gracias a ti, están en el lugar que les pertenece…
Estrella miró cada rostro. En ellos se dibujaba una afectuosa sonrisa de agradecimiento. Su vista reconoció a Riux, el cual asintió confirmando las palabras de Zeta. Un poco más allá vio a Caelia junto a su familia, y eso la lleno de dicha. Estaban Tiana, los Drilas, los Maroalis… Incluso un muchacho, tan parecido a Elas, que descubrió al instante que se trataba de su hermano. Sin embargo, un alma desprendía un brillo más cálido e intenso que el resto. Una corriente eléctrica la traspasó cuando reconoció a su madre, que la sonreía y la miraba llena de amor. Quiso correr hacia ella, pero los pies no respondieron a su voluntad.
—No puedes acercarte e involucrarte. Al menos…, no todavía —La estricta voz de Verxi, la mayor de las guardianas, la hizo desistir del intento.
—¿Porqué? —replicó.
—Porque aún no estas muerta —Ella no entendía nada. Si estaba allí significaba que su vida había terminado, o eso pensó—. El cosmos te brinda su favor, al igual que una vez lo hizo con tu padre, pero eso es una decisión que deberás tomar.
—Has marcado el comienzo de una nueva era, Estrella —intervino Syki—. Tus actos harán que los mortales te veneren como a una diosa. Serás la protagonista de los escritos, te venerarán como madre y salvadora, encomendaran su alma ante ti. Si te quedas, así será. La única y verdadera muerte es el olvido, pero tú serás recordada por milenios, serás inmortal en el mundo terrenal.
Estrella había alcanzado la cumbre. Las palabras de Syki habrían llenado de plenitud a cualquiera, pero de aceptar, ella no estaría completa y su cara expresó malestar.