El sol se ocultaba por el oeste mientras teñía de rojizos el cielo de las llanuras de Mikas. Por el este, titilaban las primeras estrellas del firmamento, dando paso a la noche de Namásium. El tiempo estaba curando las cicatrices de un turbulento pasado.
En el muro de un amplio balcón, Estrella estaba sentada y mecía sus piernas con la mirada perdida en el infinito. Parecía mantener una conversación privada con el universo, mientras una sutil sonrisa reflejaba la felicidad que experimentaba. Ya no había odio en su interior, ni rencor, ni dudas, ni temores. Por sus venas solo corría sangre, pues la magia había desaparecido de ellas. Esa sensación aun le era extraña, pero por fin el orden prevalecía sobre el caos. Se miró las manos, por las que ya no fluía energía, y comprendió que siempre había sido más humana de lo que pensó. Estaba orgullosa, porque sobre la espalda cargó con el peso de un gran poder y consiguió no sucumbir a él y su avaricia. Tuvo la valentía de continuar, pues en manos equivocadas… No quiso imaginar hasta dónde hubiera podido llegar. Vulnerable y peligrosa, decidida e insegura, noble y a la vez vengativa; donde todo al mismo tiempo mantenía una guerra silenciosa en su interior. Sangró, lloró, amó, odió… Llenó los pulmones del aire fresco que arrastraba la noche y saboreó una esencia que nunca había existido para ella, era el verdadero significado de la paz.
Elas, unos metros más atrás, disfrutaba de la visión sin querer interrumpirla. Le miraba la melena pelirroja que se mecía con la brisa, mientras un gato blanco y otro negro se mantenían erguidos y sentados a cada lado. Se acercó en silencio y le acarició el hombro, dándole un sincero beso en la coronilla. Ella era fuerte y el ser más maravilloso que había conocido, él necesitaba cuidarla y protegerla.
—¿Todo bien? —preguntó Elas.
—Mejor que nunca. —Estrella correspondió tocándole la mano con una sonrisa.
—Aquí hay alguien que no puede dormir sin escuchar una de tus historias.
Unos ojitos profundos, negros y juguetones la miraban tras uno de los pilares. Tenía tez blanca y cara traviesa, con el pelo oscuro un poco largo y revuelto. Estrella bajó de un salto el muro en el que estaba sentada y se agachó con los brazos abiertos. El pequeño de seis años corrió hasta los brazos de su madre y, mientras llegaba le susurró al gato blanco: “Es tu viva imagen, papá”
—Nimán, ¿Qué ibas a pedirle a mamá? —dijo Elas con un tono cariñoso.
—Mami, ¿me cuentas una de tus historias?
Estrella le cogió en brazos y regresó a sentarse donde estaba.
—Te voy contar la historia de un niño muy valiente. Esta es la aventura de un niño que creció en un orfanato…
FIN