Las velas que alumbraban las habitaciones, donde descansaban todos los niños, ya estaban apagadas. Faltaban pocos minutos para que el enorme reloj del recibidor anunciara la media noche con su característico “tictac”.
La señora Mayers, así la nombraban de manera respetuosa todo el que la conocía, era fundadora y directora del orfanato. La vida le dio la responsabilidad de atender y criar a sus pequeños hermanos gemelos, cuando solo era una adolescente. Su padre contrajo una enfermedad tras la pérdida de su madre y solo año y medio después se reunió con ella, dejando a Helen al cuidado de los pequeños. Eran una familia bien avenida. Se trasladaron a la antigua mansión de su abuelo materno. Sus hermanos pequeños crecieron e hicieron sus vidas y, de nuevo, le tocó hacerse responsable del cuidado de su anciano abuelo. Las circunstancias le habían otorgado una gran capacidad para asistir y cuidar a los demás. Tras fallecer el anciano, Helen Mayers quedó sola en aquella inmensa mansión. Nunca llegó a casarse, a pesar de que no le faltaron pretendientes el destino no le dio hijos. Aquella vivienda era demasiado grande y heredó el suficiente dinero, como para no compartir. Por ello, comenzó a acoger a todos los niños sin hogar de la ciudad, además de algunos adultos desempleados que necesitaban de un lugar donde vivir, a cambio de trabajar para el orfanato. Aunque a estas alturas, también se mantenían gracias al espíritu altruista de los ciudadanos, pues el dinero no era eterno.
Helen daba un último paseo por los pasillos y estancias del orfanato, como hacía cada noche, para comprobar que todo estaba en orden. Era una mujer delgada y larguirucha que siempre llevaba su canoso pelo recogido con un moño, haciendo juego con el chal grisáceo que siempre llevaba sobre sus huesudos hombros. Tenía un aspecto más estricto de lo que, en realidad, era.
Por las heladas ventanas se podía observar como la luz de la luna iluminaba las copas nevadas de los árboles del bosque, que rodeaba el lejano pueblo de Tresva, y en el cielo despejado brillaban miles de estrellas dejando a la vista un hermoso paisaje.
El silencio reinaba excepto por el crujido de la madera, haciendo eco en los altos techos, que dejaba la señora Mayers con sus pisadas. Dejó atrás el ala sur donde se encontraban las habitaciones de los niños. Se dirigía al ala norte, en la segunda planta del orfanato. Allí se encontraban todas las habitaciones donde se hospedaban los empleados, incluida ella, que ayudaban en el mantenimiento y a sacar adelante a todos aquellos niños, que por alguna causa desafortunada de la vida se quedaron solos de la noche a la mañana. La señora Mayers ofrecía un hogar a todos ellos.
Bajando las anchas escaleras estaba el resto de las estancias: comedores con una enorme cocina donde preparaban los menús del día; la biblioteca, era la sala mejor cuidada del orfanato, que, a pesar de ser muy vieja, lucía unos techos altos y paredes forradas con la madera de los árboles que una vez ocuparon el claro del bosque, donde ahora se encontraba el orfanato. Tenía decenas de estanterías que llegaban casi al techo con cientos de libros y unos cómodos sillones para pasar el rato leyendo a la luz de las velas; por último, un enorme recibidor, con varias puertas, llevaba a las aulas donde los huérfanos recibían clases hasta los quince años, que era la edad de aprender algún oficio durante los dos años restantes que les quedaba de estancia, antes de salir a ganarse la vida por su cuenta. Toda la casona estaba rodeada por un amplio patio. En la parte trasera se encontraban los establos y corrales, rodeados por los hermosos jardines que el señor Wink cuidaba con tanto esmero. Era un artista en la topiaria y la maraña de plantas, que crecían sin control, las había convertido en preciosas esculturas de animales, convirtiendo el jardín en un auténtico zoológico vegetal.
Al terminar la ronda, la señora Mayers ya se iba a descansar tras un largo y duro día de trabajo. Del bolsillo de su vestido sacó una decena de llaves amarradas en un arete, buscando la adecuada para abrir su habitación. Un haz de luz blanca, procedente del bosque, entró por las ventanas iluminando por completo todo el pasillo. La primera impresión que tuvo fue que un rayo había caído, por la manera en que se había iluminado todo, pero no escuchó el estruendo del trueno que suele acompañarlo; el cielo seguía despejado y no amenazaba con tormenta. Aquello la dejó confusa. Se asomó para observar qué pudo haber sido aquello, cuando percibió la presencia de una persona que corría exhausta dirigiéndose al orfanato. Alarmada, bajó las escaleras lo más rápido que pudo mientras la campana de la puerta comenzó a tintinear. Atravesó el recibidor y abrió, la pesada y ornamentada, puerta principal esperando encontrar a la persona que corría hacia allí. No había nadie, a excepción de un cesto de mimbre envuelto en una manta en la que unas piernecitas revoloteaban. Un precioso bebé de piel clara y pelo negro se ocultaba bajo ella.
No se explicaba qué desesperada situación podía haber llevado a esa persona a dejar a un bebé en la puerta. Volvió a su habitación con él, lo sacó del cesto protegiéndole del frio frente a la chimenea. Colgando de su pequeña muñeca llevaba una fina cadena de oro, de la que colgaba un anillo del mismo material. Al tacto percibió que tenía un grabado, afinó su cansada visión y consiguió leer lo que ponía: Zenón.
—Así que, ¿este es tu nombre, verdad pequeñín? —habló con voz dulce al pequeño, el cual respondió con una tierna sonrisa.
Con una mano agarró la manta que lo envolvía dejando caer al suelo un saquito verde y aterciopelado. De nuevo acomodó al niño en su cestita. Cogió el saco percatándose de que en él, había grabado un símbolo: una estrella de ocho puntas que rodeaba otra de cuatro y una fina media luna en el centro. En su interior había un artilugio bastante extraño. Una cajita de madera con la forma de la estrella de ocho puntas, como la del símbolo; en su superficie tenia tallada pequeñas estrellas. Con un giro de muñeca, la tapadera de la cajita se abrió y en su interior escondía un trozo de pergamino escrito. Las instrucciones tenían una bonita y peculiar caligrafía la cual decía: