Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 2: UN REGALO EXTRAÑO

Ya había amanecido. La campana que anunciaba la hora del desayuno pronto empezaría a repicar. Zeta llevaba un par de horas despierto. Por cada día que pasaba, y más se aproximaba su diecisiete cumpleaños, menos energía tenía para afrontar el día. Ya se había vestido con la misma ropa de siempre, donada al orfanato por algún alma caritativa. Llevaba unos pantalones grises muy gastados y parcheados, allí donde se habían rajado antes, y una camisa que en sus mejores tiempos era de color burdeos, ahora el color hacia juego con el gastado de los pantalones, aun así, resaltaba sobre su piel. Siempre llevaba su pelo despeinado un poco largo y la oscuridad de su cabello remarcaban sus profundos ojos negros sobre la piel blanquecina.

Por los pasillos se escuchaba el griterío de los demás corriendo de aquí para allá. Agarró la manta cubriéndose la cabeza cuando aporrearon su puerta.

—¡Buenos días, Zeta! —con un enérgico empujón abrieron—. Ya es hora de levantarse, como sigas haciéndote el remolón no te dará tiempo a desayunar antes de ir a los establos.

Imara jaló la manta destapando a Zeta. Él, en silencio, posó una mano sobre la suave y blanca piel de ella mientras miraba sus ojos azul cielo. No pudo evitar recordar el día en que se conocieron.

Él tenía doce años, ella once, aunque solo se diferenciaban en pocos meses. Fue una tarde soleada de verano. Zeta aún no se encargaba de las cuadras, pero siempre le encantó estar rodeado de los caballos. Se dirigía a los establos con un libro bajo el brazo para pasar un buen rato bajo la sombra de algún árbol, mientras observaba a los caballos pastar. En la lejanía vio a una muchacha sentada, con un leve balanceo, en uno de los columpios que colgaba de la rama de un gran árbol, junto al jardín del señor Wink. Llevaba el pelo, muy largo y pelirrojo, recogido en una trenza que brillaba con el sol. Zeta, al percatarse que era una nueva inquilina en el orfanato, decidió acercarse para hablar con ella. Cuando se puso a su lado vio como la cara de la joven estaba empapada en lágrimas. Sus ojos azules aún se veían más claro por el llanto. Zeta apoyó la mano sobre el hombro de Imara para mostrarle que no estaba sola. Hablaron durante horas, las cuales pasaron volando y solo fue consciente del tiempo transcurrido cuando la noche comenzó a abrirse paso.

Imara le contó todo lo que había pasado en su corta vida. Sus padres murieron cuando solo tenía tres años y apenas tenía recuerdos de ellos. Cuando aquello ocurrió, su abuela la acogió en su hogar. Por esos años, la mujer ya era bastante mayor. Gracias a ella, Imara era una mujer de provecho, y muy capacitada para valerse por sí misma. Vivían en una granja donde aprendió todo lo que había que saber sobre el oficio: cuidaba los animales, plantaba, cosechaba en el huerto y aprendió a cocinar con mucha habilidad. En definitiva, había madurado mucho para lo joven que era.

Una mañana, su abuela amaneció enferma y con mucha fiebre. Ella la cuidó hasta el día que, por desgracia, falleció. Todo su mundo se hizo añicos y, a pesar de valerse por sí misma para sobrevivir en la granja, por su corta edad fue obligada a abandonar su hogar y hospedarse en el orfanato.

Imara abrió su corazón y se desahogó con Zeta entre lágrimas. Aunque acababan de conocerse, en ese instante forjaron un estrecho vínculo. Él respondió a su historia agarrando sus manos con fuerza, prometiendo que siempre estaría con ella, pues él también sintió el vínculo. Desde entonces no se han vuelto a separar.

—No te preocupes Zeta —Imara le dedicó una sonrisa. Sin necesidad de hablar ya sabía lo que le ocurría—, faltan pocos días para tu cumpleaños y los dos sabemos que te tendrás que marchar, pero yo estaré bien. En un par de meses también cumpliré los diecisiete y volveremos a estar juntos.

Zeta besó su frente. Ella tenía razón, pero no podía evitar que su pecho ardiera cada vez que pensaba en ello.

Un par de golpes en la puerta le sacaron de sus pensamientos. Era la señora Mayers que, al abrir y ver a Imara allí sentada, le dedicó una mirada desaprobatoria que hizo a la joven levantarse ipso facto, pues una de las normas del orfanato era que los chicos no podían estar en las habitaciones de las chicas, y viceversa.

—En un rato nos vemos, Zeta. ¡Buenos días, señora Mayers! —Imara se despidió con su tono de voz alegre, intentando quitarle importancia, mientras salía de la habitación bajo la atenta mirada de la señora.

—Zeta, si no te importa ¿Podrías acompañarme a mi despacho?

—Por supuesto, señora —pensó que le caería una buena reprimenda por haber pillado a Imara en su habitación.

Al llegar al despacho, encontró sobre la mesa un gran desayuno: dos tazas humeantes de chocolate caliente, una bandeja grande con un surtido de dulces y otra repleta de pastas. Todo dispuesto frente al calor de la chimenea.

—Siéntate por favor, espero que no te importe, pero hoy me apetecía que desayunáramos juntos, pequeño Zeta —dijo la señora Mayers con una sonrisa entrañable.

—Muchísimas gracias, señora —contestó Zeta mientras tomaba asiento—, ¿a qué se debe esta invitación? —preguntó mientras cogía uno de los croissant de la bandeja de los dulces, bajo la cariñosa mirada de la señora.

—Tengo algo para ti —dijo mientras daba vueltas a su chocolate con la cucharilla—. En pocos días tendrás que marchar y creo que es el momento de contarte como llegaste aquí. Nunca hemos hablado de ello y no quiero que te marches sin saberlo.




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