Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 3: ESCAPADA

La última noche había llegado. Todos disfrutaban de un sueño placentero, pero Zeta no conseguía pegar ojo. Se sentó en el antepecho de su ventana para observar el paisaje que tantos años le acompañó. El cielo nocturno y estrellado iluminaba Tresva a los pies de las montañas, tras el espeso bosque que los separaba del bullicio de la ciudad. Zeta vio, sobre el muro, los ojos iluminados de aquel gato negro que no apartaba la vista de su ventana. El sonido del viento meciendo las ramas le ayudaba a relajarse, mientras daba vueltas al artilugio intentando averiguar qué era aquello. El chirrío de su puerta abriéndose le sacó de sus pensamientos y el rostro de Imara se asomó pidiendo permiso para pasar.

—¿Qué haces aquí? Nos podemos meter en un buen lío —advirtió Zeta preocupado, pero feliz de pasar un rato en su compañía.

—¿Qué es eso? —Imara, sin dar importancia a sus palabras, se sentó junto a él.

—Me lo ha dado la señora Mayers. La persona que me abandonó aquí me dejó con esto, no sé qué es.

—Vaya… interesante… —masculló Imara

—Pensé que podrías ayudarme a averiguarlo.

—Pues... no sé si lo será o no, pero parece una especie de... ¿Brújula? —dijo Imara mientras le daba vueltas—. Aunque no tiene todos los puntos cardinales, sólo esta N que imagino que representará el norte, y tampoco tiene la aguja... No sé, pero la verdad es lo que me parece —contestó mientras se lo devolvía.

—No lo había pensado, pero tienes razón, es lo que parece. No sé si tiene algún significado, pero desde luego, es la única pista que tengo de mi familia, o eso creo. Esta mañana estuve buscando alguna información sobre el símbolo —señaló la estrella de ocho puntas del pergamino—, pero no encontré nada, ni siquiera algo que se le pareciera.

—No te preocupes, si de verdad significa algo, acabaras averiguándolo.

Imara le sonreía, pero un sentimiento de tristeza se reflejó en su cara. Zeta la conocía demasiado bien, agarró sus manos y solo con la mirada ya le trasmitía que no tenía de qué preocuparse.

—Te voy a echar tanto de menos... —Imara se abrazó al cuello de Zeta con fuerza—. Después de tantos años aguantándote, no pensé que me fuera a costar tanto trabajo separarme de ti —dijo en tono bromista intentado despejar la tristeza del momento.

A Zeta le hizo mucha gracia aquel comentario.

—¡Tengo una idea!

Con sigilo salieron de la habitación. Los nervios y la adrenalina que sentían, por estar incumpliendo las normas, les hacía romper en mudas carcajadas y llorar de la risa. Intentaban hacer el menor ruido posible, pues sabía que la señora Mayers era de sueño ligero y cualquier ruido la haría salir de su habitación a inspeccionar. Todo estaba oscuro, excepto por la tenue luz de unas velas apunto de consumirse. Llegaron hasta las escaleras, pero la penumbra no dejó ver a Zeta donde comenzaba el primer escalón. Confiado de que aún quedaba un poco más para llegar, resbaló bajando de culo los seis primeros escalones. Imara creía morir de la risa, tapándose la boca a dos manos para evitar dejar escapar algún ruido más fuerte de la cuenta. Consiguieron llegar a la parte trasera del jardín sin ser descubiertos y se acomodaron sobre la hierba.

—¡Qué bonito! —Imara tenía la mirada clavada en el cielo.

Estrellas fugaces surcaban el cielo y sólo el canto de los grillos rompía el silencio de la noche.

—¿Crees que habrá más planetas como el nuestro ahí afuera? —preguntó meditativa.

—Estoy seguro que sí, algo me dice que más allá hay lugares asombrosos.

—Ojalá algún día pudiéramos volar para descubrir esos lugares maravillosos —soñaba Imara en voz alta.

—Yo ya estoy volando en un lugar maravilloso, tumbado sobre la hierba, a tu lado —confesó Zeta.

Imara se ruborizó, sus mejillas se encendieron haciendo juego con el tono pelirrojo de su pelo.

—Quiero que sepas, que eres la persona más importante de mi vida —reconoció Imara mirando las estrellas apoyada sobre su brazo.

—Y yo quiero que sepas, que eres la persona de mi vida —declaró Zeta abriendo su corazón.

Se quitó la cadena que colgaba de su cuello y sacó el anillo ofreciéndoselo a Imara.

—Yo me quedaré con la cadena y tú con el anillo —declaró mientras lo deslizaba por su dedo.

—¡Pero Zeta, jamás te has separado de él! —dijo a punto de soltar las lágrimas.

—Tampoco me he separado nunca de ti —contestó acariciando su largo pelo trenzado—. Pronto volveré para buscaros a los dos.

Selló sus palabras con un primer beso de amor.




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