El viento gélido entraba por las rendijas de las ventanas del orfanato, mezclado con los primeros rayos de sol que se colaban entre las espesas nubes prometiendo, en breve, llover.
Zeta posó los pies y un escalofrío recorrió su espalda haciendo que todo el vello se erizara. Pudo haber sido por la baja temperatura del suelo de madera, pero la razón fue que, hoy, era el último día en su hogar.
La idea de marcharse no le gustaba nada, pero lo que más le atormentaba era no ver a Imara durante un tiempo. Quería despejar esa idea pensando que ella estaría bien y pronto se reunirían, pero un pellizco en su corazón le decía lo contrario. Desde pequeño Zeta había sentido, un par de veces, lo que Imara llamaba sentimientos premonitorios y pocas veces, esas premoniciones, eran fallidas. Recordó la última vez que la alerta invadió su cuerpo. Sin saber por qué, sintió la necesidad de ir a la biblioteca. Estaba con Imara pasando la tarde cuando, sin explicación, salió corriendo hacia allí. Imara extrañada corrió tras él, preguntando exaltada que ocurría. Al doblar la esquina vio reflejado en la pared, frente a la puerta, una llamarada. Uno de los chicos llevaba una lámpara de aceite encendida, dispuesto a leer uno de los libros, cuando por accidente resbaló con tan mala suerte que la lámpara cayó sobre una de las estanterías. Gracias a ese sentimiento llegó a tiempo para dar la alerta y que no pasaran males mayores.
Mientras recogía por última vez su dormitorio y guardaba sus pocas pertenencias en una bolsa de cuero, intentaba ignorar ese presentimiento, pues no había nada que hacer, excepto seguir su destino.
Tenía el estómago cerrado. Fue al comedor, donde los demás ya estaban desayunando, a coger alguna pieza de fruta. Le hubiera gustado pasar desapercibido, pero al percatarse de su presencia la mayoría se dirigieron hacia él. Se despidieron entre abrazos mientras le deseaban suerte. Zeta mantenía una postura calmada y sonriente, como siempre, pero de lo que tenía ganas era de echarse a llorar.
Fue a los establos para preparar uno de los caballos para el viaje. La señora Mayers no se lo pudo negar, pues él siempre cuidó de ellos durante los últimos años. Eran sus caballos. Acarició y abrazó a cada uno, ellos le respondían con relinches empujando el hocico contra su cara, parecían saber que se marchaba. Eligió una yegua de color negro azabache con largas y sedosas crines onduladas a la que, tiempo atrás, bautizó con el nombre de Sombra. Cualquiera podía pensar que el nombre le iba genial por su color, pero la realidad era otra. Cuando los demás caballos se alejaban mientras pastaban, aquella yegua siempre se mantenía cerca de Zeta, fue su sombra desde que llegó siendo un potrillo. Le colocó la montura y agarrando las riendas salió a pie de los establos.
En el columpio del árbol vio a Imara de espaldas, con un leve balanceo, como el día en que se conocieron. Fue a despedirse de ella. Por un instante no hablaron con palabras, sus ojos se decían mucho más.
—Ayer preparamos el almuerzo para hoy, he podido coger algo de comida para ti, es un trozo de empanada de la que te gusta, y he preparado este pastelito por tu cumpleaños —Imara rompió el silencio con la voz temblorosa.
Zeta apoyó una rodilla en el suelo y agarró sus manos sin apartarle la mirada. Imara sacó el pequeño pastelito, le colocó una vela y la encendió con unos cerillos que sustrajo de la cocina. Él sonrió ante el detalle de que, a pesar de lo que suponía este cumpleaños, ella aún quería celebrarlo. Sopló la vela, cogió con un dedo la crema que lo recubría y manchó la nariz de Imara. Ella se echó a reír.
—Así quiero que estés, sonriendo. Pronto vendré a buscarte —volvió a entrelazar sus manos con las de ella.
—Te voy a echar mucho de menos.
—Yo más —contestó Zeta con una sonrisa—. Estos meses pasarán volando, ya lo verás —de nuevo, su corazón quiso decirle algo.
Ya sonaba el repique de las campanas que anunciaba el comienzo de las tareas mañaneras.
—Ahora tengo que irme…
—Por favor, ten mucho cuidado —dijo mientras le daba la bolsa con la empanada.
Zeta le dio un largo beso en los labios y, con el corazón encogido, se fue apresurando el paso mientras un nudo se instalaba en su garganta.
Se abrigó con su capa negra, que era tan vieja que ya empezaba a ser gris, para protegerse del frío. Rodeó la periferia del edificio en dirección a la puerta principal, antes de doblar la esquina miró el columpio del árbol y allí seguía Imara, observando cómo se iba. No sabía cuándo la volvería a ver.
La señora Mayers le esperaba en la puerta. Se despidió de él con un fuerte abrazo y un beso en la mejilla. Sacó un papel con una dirección escrita en él.
—Zeta, esta dirección te llevará a una pequeña panadería en Tresva donde suelo comprar. Di quién eres y que vas de mi parte, seguro que podrá darte algo de trabajo.
—Muchas gracias, señora, siempre cuidándome —agarró el papel y lo guardó.
—Toma, unos ahorrillos que guardé para esta ocasión —sacó una pequeña bolsa de monedas—, con esto te llegará para el viaje o lo que necesites.
—¡No pienso cogerlo!
—Por favor, te hará falta y yo me quedo más tranquila —insistía.
—Siempre agradeceré todo lo que ha hecho, es como una madre para mí —respondió Zeta con un abrazo.
—No tienes nada que agradecer, mi pequeño Zeta —contestó con una sonrisa triste.