Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 5: SAGOR

El fuerte olor a incienso le despertó. Zeta estaba mareado y la cabeza le daba vueltas.

—¿Ha sido un sueño? —susurró, con los ojos aún cerrados.

—¡Ja, ja, ja! De eso nada chavalín, te has llevado un buen golpe —dijo un hombre muy mayor, con una larga barba blanca a juego con un puñado de pelos peinados, en modo cortinilla, intentando disimular la calvicie.

Intentó incorporarse rápido, por el sobresalto de no saber dónde estaba, pero el dolor no le dejó, haciéndole recostarse de nuevo sobre la cama. Puso su mano en la parte de atrás de la cabeza donde se había llevado el golpe. Unas vendas empapadas con alguna clase de ungüento le cubrían la zona.

—¿Dónde estoy? —preguntó con la voz aún entrecortada.

—¡Estás a salvo chavalín! Mi nombre es Sagor —contestó Mientras cacharreaba con sus artilugios.

Zeta, con la visión turbia, inspeccionaba su alrededor. Tenía la sensación de estar en una cueva, por el techo abovedado del que colgaban varias clases de amuletos, aunque bastante iluminada y amplia para serlo. En las paredes había incontables estanterías, llenas de frascos con toda clase de líquidos extraños. Debajo, una larga mesa con artilugios funcionando y en el centro un caldero hirviendo sobre las llamas de una fogata.

—¿Cómo he llegado hasta aquí? —preguntó aún un poco aturdido.

—¡Te has llevado un buen golpe! Bébete esto, te sentirás mejor.

Era una taza grande con un líquido pastoso, de un fuerte color verde, que a la vista era muy poco apetecible.

—¡De un trago! —dijo empujándole el vaso hacia la boca.

El sabor era malo y el olor aún peor, pero tenía razón, el dolor de cabeza desapareció por completo. Empezaba a encontrarse como si nada le hubiera pasado. Estaba sentado sobre una cama fabricada con las centenarias raíces del propio árbol y las paredes estaban cubiertas de frondosas ramas de hojas verdes. Sobre la mesa había frascos con líquidos, de colores muy brillantes, que burbujeaban sobre pequeños fuegos flotantes. Para Zeta nada tenía sentido, nunca había visto nada parecido.

—¿Dónde estoy?

—¡En casa de Sagor, por supuesto! —contestó entusiasmado.

—¿Y el gato parlante que me trajo hasta aquí? —preguntó pensando que aquello fue una secuela del golpe.

—¡Ja, ja, ja! ¡Es una gata, y que no te oiga Frewin que la llamas así! Ha salido a vigilar el perímetro, no tardará en volver.

—Pero ¡cómo es posible! ¿Gatos que hablan?, ¿fuegos flotando? —exclamó incrédulo y señalando la mesa.

—¡Ja, ja, ja! Chavalín, ¡es magia! —alzó los brazos y contestó con su habitual tono entusiasta.

—¿Magia? La magia no existe…

—Que tú nunca hayas visto algo, no significa que no esté ahí —contestó con expresión seria—. Acompáñame afuera.

Sagor era muy bajito, así que pasó por la puerta sin problema. Zeta tuvo que agacharse para no golpearse de nuevo en la cabeza. Al salir se percató de que no estaba en una cueva, sino en el interior del tronco de un árbol, que destacaba en altura del resto. De sus grandes ramas colgaban otras más finas con abundantes hojas, que caían formando una cortina a su alrededor. A pesar del mal tiempo y el frío, en aquel claro del bosque parecía ser primavera. En el suelo no había ni un charco que diera indicios de la lluvia que había caído hace unas horas, solo flores de diversos colores rodeaban el milenario árbol.

—Este lugar es precioso, ¿cómo…? —preguntó Zeta señalando la puerta de la casa árbol de Sagor—. Por fuera es un árbol muy grande, sí, y por dentro es una casa, ¿cómo es posible?

Zeta aún alucinaba con lo que veía, pensando que todo podía ser producto del golpe en la cabeza. Sagor le pidió que alzara la vista. Era de noche y las nubes no permitían ver nada. El anciano levantó su mano y, con un gesto como si pudiera acariciarlas, hizo que se despejara mostrando un paisaje espectacular. Más allá de lo que acostumbraba a ver, una gran nebulosa con tonalidades púrpuras y cientos de estrellas blancas, amarillas y azules impregnaron el cielo nocturno.

—Si te convences de que algo no existe, para ti no existirá, pero si abres tu mente, conocerás toda la verdad —le dijo mientras Zeta seguía boquiabierto, era lo más bonito que jamás había visto.

—Esto que ves es donde nace la magia y a nosotros nos obsequiaron con el don que nos permite invocarla.

—¿El don? —preguntó aun mirando el cielo fascinado.

—Sí, Zenón, el don.

En ese momento cayó en la cuenta de que nunca le había dicho su nombre, aunque con lo que había visto hasta ahora, ya no le extrañaba nada.

—¿Cómo sabes mi nombre?— le preguntó de todas maneras.

—¡Llevas el nombre de tu padre y también el de tu abuelo! —volvió a su típico tono entusiasta—. Además, esos ojos negros son inconfundibles.

Un escalofrío recorrió su espalda al recibir toda aquella información. Jamás supo de sus raíces. Zeta sintió la necesidad de hacer un millón de preguntas, pero no fue capaz de formular ninguna. La confesión repentina de Sagor le dejó sin palabras.

Zeta sacó del bolsillo la nota enseñándole el símbolo.

—¿Sabes qué significa?

Sagor miró de reojo lo que le estaba enseñando y, sin darle importancia, siguió hablando sin responder, de forma directa, a su pregunta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.