Un suave ronroneo llamó la atención de Zeta, alzando la mirada a las ramas del árbol. Allí sentada y elegante estaba Frewin, la gata negra que siempre le acompañó en la lejanía, observando como Sagor explicaba la existencia de la magia. Le resultaba bastante divertido ver como Zeta, incrédulo ante lo que veían sus ojos, ponía caras de asombro. De un salto bajó de las alturas colocándose a su lado.
—¿Qué tal llevas el golpe en la cabeza? —preguntó interesada.
—Aún no puedo creer que esté hablando con una gata —añadió antes de responder a su pregunta, mientras se llevaba la mano al vendaje—. Ya no me duele nada, el potingue que me dio a beber Sagor sabía a rayos, pero es muy efectivo.
—Sí, la verdad es que tenemos suerte de que el destino lo pusiera en nuestro camino.
—No es para tanto, mujer —contestó Sagor ruborizándose por el halago.
—No lo puedo creer, es mi primer día fuera del orfanato y la percepción de la realidad ha cambiado por completo —dijo Zeta.
—¡Dos cositas chavalín! —informó Sagor divertido—. Uno: todavía no sabes nada, y dos: llevas aquí una semana, el golpe fue bastante fuerte. El ataque que te lanzó el Oscuro iba a matar.
El asombro y el desconcierto de Zeta iban en aumento, pues hubiera jurado que acaba de llegar. La noche estaba avanzada, eran las primeras horas de la madrugada y Zeta no tenía ni pizca de sueño, por lo visto había estado durmiendo unos cuantos de días.
—Me encanta vuestra compañía, pero siento decir que este viejo se va a la cama. Ahí os quedáis los dos hablando de vuestras cosas —se despidió Sagor, dirigiéndose a la casa a paso lento.
Aquella noche Zeta se encontró con la verdad de su existencia. Hablaron hasta altas horas de la madrugada, mientras Frewin le mostraba todo lo que debía saber sobre sus raíces.
—Como ya te ha comentado Sagor, nosotros provenimos de las tierras de Namásium, en una galaxia a millones de años luz de aquí. Mis dos hermanas y yo somos hijas del Cosmos, conocedoras de la verdadera magia ancestral que reside en las energías del universo. Eones atrás, nos hospedamos en Namásium, un maravilloso planeta que brilla con luz propia. Sus árboles lucen de colores variados y muy vivos, los océanos son de aguas cristalinas y las luciérnagas de mar brillan en las orillas, ofreciendo un espectáculo con cada ola que rompe, como si su espuma fuera puros diamantes. El planeta no es muy grande, pero los seres que lo habitan son fascinantes. Los Áureos son la raza predominante, aunque existen otras con las que conviven…
Zeta escuchaba a Frewin, con atención, intrigado por las maravillas de su pueblo natal. La gata seguía su relato.
—A vosotros, los Áureos, el universo os regaló dones.
—Sí, eso me ha dicho Sagor, que cada Áureo tiene dones de nacimiento, pero no sé qué don puedo tener yo… —replicó Zeta.
—Seguro que alguna vez has notado algo diferente en ti, a lo que no hayas podido darle explicación —aseguró Frewin.
—Bueno, en alguna ocasión he podido tener una especie de sentimiento premonitorio, como si alguien me avisara en el oído de que algo va ocurrir, y solo yo puedo oírlo… Como el día en que nos conocimos, vi a ese tipejo al que llamáis Oscuro. No sabía el porqué, pero sentí que tenía que huir de allí.
—Cómo no, ese es tu don —afirmó Frewin con una leve risa gatuna—. Es el don de la intuición, el mismo que poseía tu padre. Este os permite tener un conocimiento intuitivo de la realidad sobre algo que está ocurriendo o a punto de ocurrir.
Zeta, al oírla decir tu padre, le supuso un concepto extraño. No sabía qué era tener un padre, pero le resultó muy confortable.
—Sagor por ejemplo, tiene el don de la creación —prosiguió Frewin—. Por ello, tiene esa capacidad para la alquimia, es capaz de crear ungüentos y pociones para casi cualquier cosa. De ahí viene mi aspecto —dijo dando una vuelta sobre si misma.
—¡Te veo genial! —Halagó Zeta—. Siempre me has parecido un gato muy bonito y misterioso, cuando te veía subida en el muro. Pero siendo hija del Cosmos, ¿por qué convertirte en un gato?
—Ahora lo entenderás… acompáñame adentro.
Zeta y Frewin se dirigieron a la casa haciendo el menor ruido posible, pues no querían despertar al viejo Sagor que ronqueaba, sobre su cama, balbuceando algo inentendible mientras soñaba. En una esquina había una pila de mármol blanco llena de agua. Frewin le instó a que se asomara y agarrara un puñado de polvo arcano, otra de las creaciones de Sagor, y lo arrojara en el agua entonando un ritual: Guardián del Tiempo, uniforme e imperturbable, escucha mi petición y manifiesta mi pasado.
Las imágenes comenzaron algo turbias, por las ondas que se formaron al echar aquel polvo, pero pronto se dejaron ver bien definidas.
En el agua aparecieron Zenón y Samay Rissal, los padres de Zeta. Él se veía un hombre grande y fuerte, de rasgos muy marcados, piel morena y con el pelo y los ojos negros. Su madre, en cambio, era una mujer fina, de piel blanca, pelo rubio platino que daba la sensación de ser blanco y ojos verde aceituna. Zeta se encontraba mucho parecido a su madre, por los rasgos finos y la piel blanca, pero el pelo y los ojos negros sin duda los había sacado de su padre. Eran los soberanos de Namásium, cuyo principal deber, al igual que sus antepasados, era proteger la Piedra Cósmica. El dodecaedro era blanco, brillante y desprendía un fulgor hipnótico, manteniéndose flotante sobre el aparador donde la guardaban. La reliquia concedía la magia a todos lo Áureos, obsequio de las Guardianas de luz, miles de años atrás.