El sol brillaba con fuerza y el cántico de los pájaros resonaba por todo el bosque. Sagor no estaba en casa, había salido al mercado de la ciudad, como acostumbraba, en busca de alguna especia o hierba nueva para alguno de sus experimentos.
Zeta estaba demasiado inquieto, daba paseos por el perímetro del círculo que estaba decorado a la perfección por Sagor, aquello era un paraíso, pero necesitaba salir de allí y despejarse. Rebuscando por la casa encontró una vieja caña de pescar que Sagor tenía guardada, junto a otros trastos a los que apenas les daba uso. Necesitaba dar un paseo para terminar de asimilar el fatal destino que sufrió su familia. “Cómo su propio hermano fue capaz de llegar hacer algo así” Buscaba respuesta a una cuestión que no llegaba a comprender.
Agarró la caña de pescar y se dispuso a salir del círculo. Sombra pastaba feliz por la zona, pero él prefería ir a pie. Frewin intentó evadirle de sus intenciones sabiendo que los Oscuros podrían no andar muy lejos. Zeta le dejó claro que saldría a dar una vuelta, con ella o sin ella, así que Frewin, por supuesto, salió tras él.
Llegó hasta el agitado río bajo la mirada protectora de la gata, que caminaba detrás. Preparó la caña de pescar colocándole un gusano como cebo, descalzó sus pies y se remangó los pantalones a la altura de la rodilla para sentir el agua fresca correr por sus piernas. Era una sensación agradable, mientras tiraba la caña. La pesca no era una de sus pasiones, pero necesitaba una excusa para salir y aclararse de toda la información recibida en tan poco tiempo. Necesitaba asimilarlo. Después de un tiempo en silencio, enganchó la caña entre dos rocas que harían de sujeción y se acomodó en una de las piedras de la orilla, con Frewin a su lado.
La imagen de Imara se posó en su cabeza. Cómo se encontraba y qué estaría haciendo eran algunas de las dudas que tenía. La echaba mucho de menos. Ella le transmitía seguridad y fuerza, aunque fuera sólo con su presencia.
—Frewin... —interrumpió Zeta el aseo gatuno, aunque en su interior seguía siendo una Guardiana de Luz el instinto felino, después de casi dos décadas siendo un gato, era un impulso que no podía evitar—, ¿existe alguna pócima, polvo o fórmula mágica para ver a otra persona en tiempo real?
—La magia está en todo —contestó—, y se pueden hacer infinidad de cosas con ella, el problema es que no es un don que se consiga chasqueando los dedos, debes aprender a invocarla. Sagor te enseñará y en tu propia capacidad estará el nivel en que dará sus frutos. No todos los Áureos tienen el mismo talento para dominarla. Tu padre tenía una capacidad excelente, seguro que tú también aprenderás rápido. Aun así, seguro que Sagor tiene alguna fórmula para lo que pides.
Zeta no replicó nada a las palabras de Frewin, seguía absorto en sus pensamientos. Su corazón se dividía en dos mitades: una la ocupaba Imara, por supuesto, ya que desde el día en que la conoció conectaron y se complementaron el uno al otro, hasta aprender el verdadero significado de querer a alguien más que a su propia vida, pues era su alma gemela y su debilidad; la otra mitad estaba siendo ocupada por el dolor y el nefasto fin de su familia. Ahora tenía un dilema, se sentía entre la espada y la pared, perdido entre dos mundos.
La caña comenzó a vibrar y a arquearse, parecía que se iba a desquebrajar por la mitad en cualquier momento. Zeta la agarró con fuerza y tiró de ella. La pesca sólo fue una excusa para salir del círculo protector de Sagor y, al final, llegarían a casa con el almuerzo. Una enorme trucha había picado el anzuelo y a Frewin se le hacía la boca agua, de manera literal, se le caía la baba entre ronroneos.
Regresaron a la casa árbol y Zeta preparó una fogata con restos de leña que fue recogiendo por el camino, mientras Frewin le seguía contenta, cola arriba, por el suculento banquete que le esperaba, pues hacía mucho tiempo que no se comía un buen trozo de pescado y ya estaba cansada de la caza menor de algún ratoncillo, o andar detrás de los pájaros hasta que alguno rezagado caía en sus garras.
Ensartó la enorme trucha y la puso al fuego a asar. Sagor atravesó la línea protectora del círculo entonando ¡Chicos ya estoy en casa! con su particular tono entusiasta.
—Esto huele que alimenta —se sentó junto a Zeta muy despacio, mientras le crujían algunos huesos—. He conseguido unas flores increíbles de las montañas del norte, con ellas crearé infusiones para este reuma que me está matando.
Zeta despiezó la trucha en tres trozos y los repartió para cada uno, disfrutando de una rica comida junto a la candela.
—Sagor, ¿existe alguna poción o polvos mágicos para poder ver a alguien? Es decir, de la misma manera que pude contemplar mi pasado, pero en tiempo real —se explicó Zeta.
—¡Ja, ja! Pues claro chavalín, en las estanterías tengo remedios para casi todo —contestó Sagor divertido, chupándose los dedos por la grasa de la trucha—. Pero ¿no te gustaría más conseguirlo con tus propias manos?
Zeta se emocionó con la idea de aprender un poco de magia. Después de haber comido se levantaron de la fogata y los tres se dirigieron a una pequeña laguna que se encontraba dentro del círculo protector, en la zona trasera de la casa árbol. Era un bonito paisaje rodeado de hierba, árboles frutales y pequeñas casitas para pájaros creadas por Sagor, dando un bonito toque al lugar.
Zeta y el anciano se acercaron hasta la orilla, Frewin prefirió subirse a uno de los árboles, un poco más lejos del agua, no fuera a llegarle alguna salpicadura.