Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 9: PREMONICIÓN

Habían pasado varios meses desde su partida. La vida por el orfanato seguía igual que siempre. Algunos niños y niñas llegaban a su nuevo hogar, otros terminaban su estancia y marchaban en busca de una vida nueva.

Imara ya no era la misma desde que Zeta se marchó, pasaba las horas libres refugiada en su soledad y apenas se relacionaba con el resto de personas, incluso se trasladó a la que antes era la habitación de Zeta, no podía evitar echarle de menos. A veces, se acercaba a los establos a visitar a los caballos y, presa del recuerdo, acariciaba sus crines; ellos también le echaban de menos. Con el paso del tiempo fue recuperando la ilusión. El día de su diecisiete cumpleaños se iba acercando y tenía la esperanza de reencontrarse con él.

La señora Mayers acudió en busca de Imara, que se encontraba en las cocinas haciendo sus tareas.

—Hola bonita —se acercó cariñosa poniendo la mano sobre su hombro—. Quería preguntarte, si por casualidad, te apetece acompañarnos al señor Wink y a mí, mañana a la ciudad, necesito hacer unos recados y quizás tengamos suerte de encontrarnos con Zeta en la panadería que le recomendé.

En la cara de Imara se dibujó una expresión de absoluta felicidad.

—¡Por supuesto! —brincó con fuerza sobre ella, dándole un fuerte abrazo de agradecimiento, que le hizo soltar un leve quejido.

—Me alegra que vengas cariño, pero ¡abrázame con menos fuerza que mis brazos están viejos y doloridos!

Le dio un beso en la mejilla y salió corriendo, dejando su puesto de trabajo, embriagada por la emoción. Su ánimo cambió por completo, convirtiéndose de nuevo en la chica alegre y sarcástica, que siempre gastaba bromas.

Al llegar la noche se fue a su habitación, mucho antes de la hora. Deseando que terminara el día se metió en la cama temprano, pues cuanto antes se durmiera más rápido saldría el sol. Así fue, madrugó más que nadie, incluso más que la señora Mayers, ordenó su habitación, se aseó y vistió. Ya estaba preparada para el viaje y apenas había amanecido.

Fuera estaba el carromato preparado con un par de caballos, dispuestos a tirar de él. El señor Wink las acompañaba haciéndose cargo de las riendas. El viaje era de unas cuatro horas hasta llegar a Tresva, pues debían de cruzar el bosque. El camino era largo y para Imara el tiempo pasaba más lento de lo normal, por la impaciencia de encontrase con Zeta y poder darle una sorpresa con aquella visita inesperada. Estaba feliz y pasó el tiempo charlando y bromeando con Wink.

Llegando a Tresva el camino se abría en varias bifurcaciones, para entrar por el que más conviniera. Las casitas eran bajas, pegadas unas a otras en estrechas calles abarrotadas de gente que iban y venían llevando a cabo sus quehaceres. El río rodeaba parte de la periferia de la ciudad. Estaba muy escondida por el amplio bosque y las montañas que coronaban el horizonte. Era una bonita ciudad rodeada de naturaleza.

Cruzaron una de las callejuelas que llevaba hasta una, céntrica y amplia, plaza donde había decenas de puestos ambulantes. Vendían gran variedad de artilugios, alimentos, especias, incluso prendas de vestir. Cada vendedor pregonaba sus productos para atraer la atención de los clientes. Sus gentes iban y venían por los puestos y los niños correteaban juguetones de un lado a otro.

Pasaron por varios puestos, donde la señora Mayers compró algunas provisiones; incluso pararon en una vieja taberna a almorzar. Imara ya estaba impaciente por llegar al lugar. Antes de coger el camino de vuelta, pasaron por la panadería que la señora recomendó a Zeta. Imara estaba nerviosa. Entraron las dos en el establecimiento, ella miraba en todas direcciones, pero no había rastro de Zeta. Aún no había perdido la esperanza, quizás estuviera en la trastienda.

—¡Bienvenida Señora Mayers!, ¿qué tal va todo?, cuánto tiempo sin verla a usted por aquí —saludó el tendero sorprendido por la visita.

—La verdad es que sí, siempre viene Wink solo a hacer estos recados, pero hoy me apetecía venir.

—Pues me alegra verla. Dime, ¿qué necesita?

—Aquí tienes —la señora Mayers le dio una pequeña lista con lo que necesitaba.

Mientras el tendero preparaba su pedido, añadió un par de botellas de jugo de uvas de su bodega personal, además de varios sacos de harina extra y mucho más pan del que había apuntado. Conocía muy bien la labor que llevaba a cabo en el orfanato de la ciudad y siempre le regalaba alguna cosa más o le hacía descuentos en sus compras.

Mientras la despachaba, aprovechó para preguntar por Zeta, pero el vendedor respondió de forma negativa, allí jamás había estado ningún muchacho trabajando con ese nombre.

La expresión de emoción de Imara se tornó triste y la decepción se reflejó en su cara. La señora Mayers se entristeció por ella. A la vez, estaba muy confusa y preocupada, preguntándose dónde se habría metido y si estaría bien.

El camino de vuelta fue en silencio. Imara quedó desilusionada. La señora Mayers intentaba animarla y convencerla de que, seguro que estaría bien y que la estaría esperando en la puerta el día de su cumpleaños, pero ella ya no sabía qué pensar.

La luz del sol ya se perdía en el horizonte. Prendieron las velas de los candiles que llevaban en el carromato, para poder ver un poco mejor el camino pedregoso. Aún quedaban un par de kilómetros para llegar al orfanato, cuando se cruzaron con un extraño hombre que cubría su rostro con el gorro de su capa. No les generaba ninguna confianza. Estaba apoyado en uno de los árboles, a un lado del camino, como si estuviera acechando. Al pasar por su lado, intentaron no dar sensación de inseguridad. Wink y la señora Mayers pasaron, con la vista al frente, deseando buenas noches de manera educada, intentando pasar lo más desapercibido posible bajo la vigilancia de aquel hombre. Imara, curiosa, no pudo evitar alzar la cara cruzando la mirada con él. Su aspecto daba miedo: era muy alto, musculoso y bajo el gorro de la capa, se dejaba ver unos ojos violetas con una cicatriz que le cruzaba la cara desde la frente hasta el mentón. El instante en que sus ojos se posaron en los de él, Imara sintió como el anillo de Zeta comenzaba a subir de temperatura, hasta quemar. Le hizo soltar un quejido de dolor, mientras en la piel de su dedo quedaba marcada. Aquello fue muy extraño. Imara se quedó desconcertada. El tipo se irguió de forma repentina, parecía que detendría el carromato, pero al final desistió en sus intenciones dejándoles pasar. Wink y la señora Mayers relajaron la tensión de los hombros y coincidieron en la opinión de que lo mejor sería llegar cuanto antes. Con disimulo, aligeraron el paso para dejarle atrás lo antes posible. Imara seguía mirando el anillo y la quemadura en su dedo.
Cuando llegaron al orfanato, ella se bajó en la puerta. La señora Mayers y Wink se dirigieron a la parte trasera con el carromato para descargar todo lo que habían adquirido en la ciudad. La noche se abrió paso y las luces de las velas se reflejaban por las ventanas del orfanato.




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