La oscuridad envolvía a Imara.
Despertó aturdida. Por mucho que abriera los ojos no conseguía ver nada, todo era negro, ni un pequeño ápice de claridad por ninguna parte. Sentía estar inmersa en la nada. El suelo estaba frío. Avanzaba gateando entre la negrura, intentando llegar hasta una pared que le marcara el fin de la sala, pero nunca llegaba, era infinita. Estaba muy confusa y el temor engarrotaba sus músculos. Hacía un instante, caminaba a la puerta principal para entrar en el orfanato. Intentaba hacer memoria de lo que había podido pasar, pero la situación en la que se encontraba no la dejaba pensar.
En la lejanía sus oídos comenzaron a captar una conversación, que a duras penas podía entender.
—Lo siento Azor, pensé que ella… —una voz grave y sumisa se disculpaba.
—¿Pero no lo ves maldito?, ¡es una mujer! Pensé que lo tenías claro cuando os dije buscar a mi sobrino, ¡sobrino! Creo que los términos están bien claros — reprendía otra voz mucho más fuerte, estaba claro que era el jefe.
—Lo sé, mi soberano. Incluso le encontré y perseguí por el bosque, pero desapareció. Hasta que buscando sentí la magia del anillo, ¡y ella lleva el anillo! —se excusaba la voz sumisa.
—¡Me da igual el anillo, lo quiero a él! —ordenó.
El pecho de Imara se encogió, tenía mucho miedo, le costaba trabajo respirar y su corazón latía desbocado. Estaban hablando de Zeta. Las voces se disiparon y volvió a quedarse a ciegas y en silencio, bajo aquella oscuridad.
La tensión hacía que sus sienes palpitaran con fuerza. Sin demora emprendieron el camino de vuelta a casa de Sagor. Esta vez Frewin también iba montada a lomos de Sombra agarrándose con las uñas a la montura, luchando por no caer a causa de la velocidad. En esos instantes el miedo que sentía Zeta, por el bienestar de Imara, no le dejaba pensar en otra cosa.
“¿Por qué a ella?, ¿cómo habrían descubierto los Oscuros que ella es mi única debilidad?, ¡todo ha sido por mi culpa y ahora está en peligro!”
Estos pensamientos martilleaban la cabeza y las palpitantes sienes de Zeta.
Cuando llegaron, Sagor sorprendido y confuso intentaba calmar a Zeta para que pudiera explicarle más tranquilo lo que había sucedido.
—¡Tengo que ir a buscarla! —repetía Zeta, una y otra vez.
—¡Chavalín! —gritó Sagor para intentar llamar la atención del alterado Zeta—. Cálmate un segundo y sopesemos lo que ha ocurrido.
Zeta explicó lo que había sucedido con ayuda de Frewin, aún seguía demasiado nervioso dando pequeños paseos de un lado para otro con la voz temblorosa.
—Esto no ha pasado por casualidad —meditaba Sagor—. Pensemos… ¿Cómo han descubierto vuestra relación? Ella no es un peligro para ellos, algo tuvo que delatarla.
—¡El anillo! — en ese instante, Zeta cayó en la cuenta.
—Eso deja claro que eres el único Áureo con una mínima posibilidad de pararle los pies a Azor. A pesar de que, las fronteras de Namásium están selladas para que nadie pueda entrar o salir, prefiere verte muerto por si acaso —Sagor exponía su certera conclusión sobre los hechos.
—No se conformará con que estés lejos de Namásium, quiere matarte Zeta —añadió Frewin— Tienes que mantener la cabeza fría, en esta tesitura no debes dejarte llevar por los sentimientos.
—¡Me da igual! No pienso dejar que le ponga una mano encima, además, que me quiere matar ya lo dejó bien claro cuando aquel Oscuro me atacó —dijo Zeta con rabia en la voz.
—Es cierto —afirmó Sagor—, él no sabe de la existencia de tu brújula y, por lo tanto, es una manera de entrar al planeta. Aun así, no te será nada fácil llegar hasta a él, lo más probable es que haga todo lo posible por que no llegues a poner un solo pie en las llanuras de Mikas.
—¿Las llanuras de Mikas? —preguntó Zeta.
—Es el lugar sagrado. La capital donde se encuentra el palacio que le arrebató a tu padre, y donde se encuentra la Piedra Cósmica—explicó Frewin.
—Sea como sea, voy a ir. Aunque muera en el intento —concluyó Zeta.
—Y yo voy a ir contigo —añadió Frewin, no pensaba dejarle solo.
Era cierto, que Frewin quería que Zeta desempeñara su deber con Namásium, por sus padres y por todos los habitantes del planeta. Aunque también comprendía la decisión que tomó, hacía solo unas pocas horas, de no emprender el viaje para quedarse con Imara. Ahora los acontecimientos llevaron a Zeta hasta esa situación y a su decisión imparable de ir hacia Namásium, pues el destino así lo había dispuesto.
A pesar de que empezaba a controlar mucho mejor el uso de magia, Frewin hubiera preferido que estuviera más preparado. Al lugar donde iba y con quien se enfrentaba ya no era un simple entrenamiento con espantapájaros.
Sagor entró en la casa y cogió algunos frascos con pequeñas dosis de algunas pociones, bien etiquetadas, por si en alguna situación le podía servir de ayuda. Unas servían para sanar heridas, otras para producirlas.
—Quizás esto te pueda ayudar en alguna ocasión —Sagor se los entregó.
—Zeta, antes de marcharnos —interrumpió Frewin—, lo mejor sería que nadie sepa que soy una Guardiana de Luz. Pese a que ahora soy un felino y no tenga manera alguna de llevar a cabo la magia, por precaución, será nuestro secreto.