El viaje le revolvió el estómago. Se sentía bastante mareado y la vista se le tornó un poco borrosa. Viajar miles de millones de kilómetros en cuestión de minutos, no era algo a lo que el cuerpo se acostumbrara rápido.
—¡Pues bien empezamos! —se quejaba Frewin unos metros más alejada. Había ido aterrizar sobre un charco.
Dentro de su preocupación, consiguió arrancarle unas risas a Zeta al ver a la gata empapada.
Poco a poco, empezaban a mitigar los efectos del trayecto y a percatarse de lo que tenía alrededor. Aparecieron en una arboleda, cuyo suelo estaba cubierto por arena blanca. Los árboles tenían el tronco blanquecino y sus ramas lucían distintas, en cada uno de ellos: algunos eran verdes, otros tenían las hojas azules, amarillas, rojas o moradas. En el horizonte, se contemplaba una gigantesca luna de colores azulados, lo que dejó a Zeta boquiabierto, y más aumentó su sorpresa cuando observó dos lunas más: una rojiza, que también se apreciaba bastante grande y otra mucho más lejana brillaba blanca. Las tres estaban lo bastante cerca como para verlas a la luz del día.
—¡Mira esto Frewin! —dijo Zeta embobado mirando el cielo—. Es precioso.
—Pues espera a que llegue la noche… —apostilló la gata, mientras se relamía todo el cuerpo intentando quitarse el exceso de agua.
—¿Dónde estamos?
—Salgamos de esta arboleda, a ver dónde hemos aterrizado —Frewin estaba desorientada.
Anduvieron unos cuantos metros, mientras Frewin intentaba ubicarse. Habían pasado muchos años desde que marchó de allí. El clima era cálido, pero se compensaba por una suave y fresca brisa. Iban acompañados de los particulares cánticos de las aves. La belleza del lugar era indiscutible.
Tras media hora de caminata, les surgió el primer contratiempo. Un reptil parecido a una serpiente, pero de fuertes colores verdes y amarillos, con escamas y de unos ocho metros de largo, comenzó a rodearles. Cuando se dieron cuenta ya era tarde. El reptil lucía en su cabeza una cresta de huesos puntiagudos, que no generaba ninguna confianza. Se encaró hacia ellos, con gestos que advertían estar hambrienta.
—Zeta cuidado, procura no hacer movimientos bruscos o se cabreará —advirtió Frewin en susurros, con el lomo y la cola erizada después de dar un bufido del susto.
—¿Qué hacemos? —preguntó inseguro y con la voz temblorosa.
—Yo poco puedo hacer Zeta. Prueba con magia. Podrías intentar lanzarla por los aires, como hiciste en el entrenamiento —sugirió Frewin.
No había otra opción, Zeta debía intentarlo, y así hizo. Se concentró, todo lo que el miedo pudo dejarle, canalizando la energía para que el universo respondiera. Alzó sus manos y un fulgor cegador las iluminó. Cuando el exceso de luz se atenuó después del ataque, las esperanzas de salir de allí enteros se desvanecieron. No consiguió hacer desaparecer al reptil, ni tampoco lanzarlo por los aires, todo lo contrario, estaba mucho más enfurecido que antes. Alzó la cabeza mostrando dos hileras de dientes repletos de babas. Con un rápido ataque, mostró sus intenciones de alimentarse. Zeta cayó al suelo impotente, pensó que este era el fin. “Aún no estoy preparado para esto”
Era en la tranquilidad de la casa de Sagor, durante los entrenamientos, y muchas veces fallaba invocando la magia, ahora con un enorme reptil mirándolos estaba convencido que sería imposible.
La primera lección para invocar las energías era la seguridad en uno mismo y en su propia capacidad, pero en esa situación de peligro era muy difícil que el conjuro saliera bien. Tan solo llevaba unos meses practicando.
El reptil lanzó un segundo ataque que iba directo a tragárselo de un solo bocado, cuando una afilada espada, con la hoja ancha y curvada, le desprendió la cabeza del cuerpo, desplomándose inerte en el suelo.
Eso sí que no se lo esperaba ni el asustado Zeta, ni la erizada Frewin.
Un hombre alto y corpulento, de pelo largo y barba corta de color castaño, con los ojos rasgados y tres líneas puntiagudas tatuadas en su frente, permanecía delante de ellos limpiando la sangre de su arma.
—Mi nombre es Riux —se presentó con semblante serio—. Te estaba esperando…
Aún no se habían repuesto del susto y Frewin olfateaba, a una distancia de seguridad, al misterioso hombre.
—¿Que me estabas esperando? —Interrogaba Zeta muy desconfiado—. Perdona, ¿quién se supone que eres?
—Ya te dije. Mi nombre es Riux. Pertenezco al clan de los iluminados. Te vi llegar en mis sueños.
Frewin, al oír sus palabras, explicó quiénes eran los iluminados. Se trataba del clan de la isla iluminium. Dedujo que se encontraban en dicha isla, la cual quedaba lejos de las llanuras de Mikas. Estaban al otro lado del planeta.
—¡Estupendo! Pero… ¿Por qué me estas esperando? —siguió preguntando desconfiado.
—¿Ese bicho ha hablado? —exclamó Riux confuso al ver a Frewin hablar—. ¿Y cómo sabe tanto sobre mi pueblo?
—¡Ah, nada!, es solo un poco de magia para ayudarme, como una enciclopedia parlante —contestó Zeta sonriente, intentando convencerle, para que no indagara mucho más en el asunto.
—Miau…. —añadió Frewin, intentando evadir las sospechas del hombre y mirando a Zeta de reojo.
Estaban de acuerdo en que debían ocultar su verdadera identidad, pero esa definición no le gustó nada. Riux quedó un poco extrañado, pero al final, aceptó la escusa y contestó su duda.