Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 12: LA ISLA ILUMINIUM

Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad. Sentía estar suspendida en el tiempo. No sabía si habían pasado horas o días.

Una voz se oía en la lejanía. Imara debía afinar el oído para captar algo. Después de un rato de murmullos casi inentendibles, lo único que pudo entender fue:

—Ha conseguido entrar en el planeta, no podemos permitir que llegue…

Las declaraciones la dejaron atónita. “¿Entrar al planeta? ¿Zeta? ¿Pero dónde estoy?”



La luna iba eclipsando el sol. La luz iba decayendo cuando llegaron al poblado. Este se encontraba a los pies de unas cordilleras rodeadas por el mar. Una selva de árboles enormes, con hojas rojas, ocultaban las cabañas de madera acopladas a los troncos, cubiertas de enormes raíces. Sus habitantes, al igual que Riux, vestían de manera muy particular: los tejidos imitaban el color blanquecino de los troncos, para camuflarse entre toda aquella vegetación; de los cuellos de las mujeres colgaban alhajas fabricadas con corales y todos llevaban en sus caras el mismo tatuaje que Riux: tres líneas puntiagudas simbolizando al clan al que pertenecían.

Al llegar, una docena de niños curiosos correteaban alrededor dando la bienvenida a Riux, pues era uno de sus guerreros más queridos. Observaban con ojos curiosos a los dos forasteros que le acompañaban, sobre todo a Frewin, nunca habían visto un animal como él, por ello tuvo que soportar muchos tocamientos y algún que otro tirón en su cola.

—Venga, no molestéis más —Riux reprendió a los niños que seguían curioseando, bajo la desconfiada mirada de los adultos—. Primero iremos a ver a Yica, es la jefa del clan la que debe dar el visto bueno para poder quedaros aquí.

Se dirigieron hasta una cabaña que no se diferenciaba mucho de las demás, excepto por un telón negro con bordados plateados cubriendo la puerta. Riux, amable, lo echó a un lado invitándoles a entrar. La primera percepción fue el olor intenso a flores que salía, en forma de humo, de incensarios que colgaban del techo de la cabaña, y una alfombra que cubría todo el suelo, con el mismo diseño que el telón.

Zeta imaginaba a Yica, la jefa del clan, como una guerrera igual que Riux, pero en el fondo de la cabaña, sentada en el suelo con las piernas cruzadas meditando frente a una pequeña hoguera, se encontraba una anciana con el pelo largo y canoso recogido en cientos de finas trenzas.

Sin mediar palabra, escrutó con la mirada a los visitantes. Con un gesto de su mano les invitó a acercarse. Agarró a Zeta obligándole a agacharse para ponerlo a su altura y observarle mejor. El gesto tensó a Zeta, y más rígido se puso cuando la anciana posó las manos sobre su cabeza, intentando inspeccionar las ideas que pululaban por su cabeza. Las frías manos de la anciana traspasaban sus sienes. Zeta intentaba dejar la mente en blanco, pues sentía que aquella mujer quería entrometerse en sus pensamientos, mientras la miraba sin parpadear, como hacía muecas extrañas con los ojos cerrados. De repente, una revelación hizo que la anciana quitara las manos y con los ojos abiertos como platos miraba a Zeta y a Frewin. Agachó su cabeza haciendo una reverencia.

—Soy Yica, jefa del clan —se presentó la anciana, que a pesar de aparentar cien años, su voz sonaba muy fuerte y segura—. El don que poseo me ha dejado ver tus verdaderas intenciones.

Hizo una pequeña pausa mientras arrojaba al fuego unos polvos que sacó de una de las decenas de vasijas que tenía a su alrededor. Las llamas pasaron a ser de color azul y se agitaban como si el fuego estuviera conversando con la anciana.

—Gran Zenón de las tierras de Namásium. Legítimo heredero de la Piedra Cósmica. Tus pensamientos dicen una cosa y tu corazón llama a otra. Canaliza ambas con tu alma y las energías del universo guiarán tu camino. Sois bienvenidos.

Zeta no sabía muy bien qué significaba aquello, pero él sí tenía claras sus intenciones. Salvar a Imara como fuera de las garras de ese miserable traidor. Lo que le hizo a sus padres y a toda Namásium no podía cambiarlo, pero aún estaba a tiempo de salvarla. Estaba convencido de que ella sí estaba en esa situación por su culpa.

La anciana cogió un puñado de piedras con diferentes formas y tamaños. Arrimándoselas a la boca, inició un cántico en un idioma extraño y las arrojó a la vera de Zeta.

—El camino será largo y habrá dificultades. Tras tus huellas, el caos se ceñirá por donde pases —advirtió la anciana, tras leer lo que solo ella veía en esas piedras—. Pero una cosa está clara, el destino está escrito.

Zeta miró a Riux lleno de dudas. Este le explicó que, tras la imposibilidad de hacer magia, la anciana hacía uso de otras artes para leer el destino. Algunas deducciones podrían ser incorrectas, pero la gran mayoría siempre iban bien encaminadas.

Al salir de la cabaña, la noche cubría el cielo. Las inmensas lunas, que se veían maravillosas a la luz del día, ahora eran todo un espectáculo junto a un número infinito de estrellas blancas, azules y amarillas. Una nebulosa cruzaba el cielo hasta perderse y galaxias lejanas se dejaban ver en aquel oscuro lienzo. Poder observar la nocturnidad de ese cielo era un privilegio. De nuevo, a Zeta le llegó el recuerdo de aquella noche, mirando las estrellas, junto a ella.

El clan les invitó a compartir la cena con ellos. Sobre una amplia mesa de madera se reunían todos y cada uno de los integrantes. Daban una sensación acogedora y familiar. Había mucha variedad de frutas que Zeta jamás había visto, y en el centro humeaba una bandeja con carne que parecía cordero, pero por si acaso no quiso preguntar. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que dio un primer bocado y los sabores explotaron en sus papilas. Estaba exquisito y empezó a engullir como si hiciera un siglo que no comiera. En cambio, Frewin no dejaba de ser un animal, así que no cayeron en hacerle un hueco en la mesa, más bien se dedicó a dar pequeños jalones en la ropa de Zeta para que dejara caer algún que otro trozo de carne.




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