Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 13: LAS MONTAÑAS HELADAS

Tras la explosión, la concentración de Zeta en su hechizo desapareció por completo. El Fénix se deshizo en cientos de motas de polvo brillante volviendo a su estado original.

Estaban cerca de la costa, con la suerte de seguir aún sobre agua, cayendo en picado. El resto de la travesía tuvieron que hacerlo a nado.

Frewin se aferró con las uñas a la espalda de Zeta, sin poder evitar soltar maullidos agudos por la agonía de estar en el agua, provocándole varios arañazos en la espalda.

Llegaron exhaustos, dejándose caer sobre la arena. Riux lloraba desconsolado mirando la enorme columna de humo al otro lado del mar. Gritaba y propinaba puñetazos contra el suelo. Zeta se acercó para intentar consolarle, pero él no quería escuchar nada, solo deseaba estar solo. Comenzó a andar sacando una distancia considerable de sus compañeros.

—Todo esto ha sido por mi culpa… —se lamentaba Zeta.

—No pienses eso, todo esto tiene un culpable, y ese es el traidor —reprendía Frewin.

—Sí, pero… Si yo no hubiera ido a ese pueblo, no les hubiera pasado nada —continuaba culpabilizándose.

—Mira Zeta, aunque no lo creas, la vida son elecciones, y aun así, el destino está escrito. Tarde o temprano, por muchos caminos que se abran a tu paso, lo que tenga que suceder, sucederá.

Zeta caminaba detrás de Riux, observándolo tras aquel duro acontecimiento. Comprendía lo que sentía al perder a sus seres queridos. Aunque él, aún tenía la oportunidad de salvarla y no pensaba echarse atrás por nada.

Terminaron de subir la colina de arena blanca que separaba la costa del resto del camino. Ahora, las montañas nevadas ocupaban el horizonte. Debían dirigirse hasta ellas y cruzarlas. Sería un trabajo duro.

Cuanto más se acercaban, el frío se dejaba notar en sus rostros. Al llegar a la base, las montañas se alzaban sobre ellos imponentes. La escarcha se adhería en sus cabellos. Zeta cogió a Frewin en brazos, intentado calentar su pequeño cuerpo, arropándola con su capa, pues un gato no estaba hecho para soportar esa temperatura, que poco a poco iba bajando contra más ascendían y se adentraban entre la niebla helada.

Después de varias horas de caminata, la noche comenzaba a cubrir el cielo, con lo que decidieron guarecerse en una cueva que encontraron. Riux seguía muy callado, lo ocurrido se reflejaba en su depresiva cara. Zeta le comentaba de vez en cuando alguna cosa, aunque fuera sobre el frío, pero este nunca le daba respuesta. Decidió dejarle tiempo y espacio para que terminara de asimilarlo.

Desde aquella altura, el paisaje nocturno era muchísimo más impresionante que desde abajo. Parecía que, con solo alzar una mano, sería capaz de acariciar la luna azulada que cubría gran parte del cielo.

Se resguardaron en la cueva y, tras varios intentos, Zeta consiguió crear un fuego flotante en el suelo congelado, para que pudieran entrar en calor.

Riux se acomodó con la espalda apoyada en la pared con Zeta y Frewin justo enfrente de él. Los párpados se le cerraban como si pesaran veinte kilos cada uno y, sin darse cuenta, los tres se habían quedado dormidos.

Un zarandeo despertó a Zeta de su profundo sueño.

— Zeta… ¡Zeta despierta! —susurraba Riux con la espada en la mano—. He oído ruidos en el interior de la cueva.

—¿Ruidos? —se incorporaba alarmado intentando afinar el oído—. Yo no escucho nada —respondió después de unos segundos en silencio.

—Te puedo asegurar que hay algo ahí dentro, lo he oído —seguía defendiendo Riux.

Decidieron entrar un poco más en las profundidades de la cueva, ante la mirada de Frewin que esperaba más alejada. Zeta atrapó en su mano un poco de fuego de la hoguera para poder ver algo ahí dentro. Cuando parecía que todo había sido producto de la imaginación de Riux, unas risitas malévolas se escuchaban, retumbando con eco sobre la abovedada cueva.

—¡Cuidado! —avisó Frewin—, ¡son Wikus!

—¿Wikus? —se giró Zeta extrañado por el concepto.

Justo en el momento que Zeta giró su cara, bajando sus defensas, un pequeño hombrecillo de un metro de altura, con la cabeza, los pies y las manos exageradamente grandes para la proporción de su cuerpo, sin pelo y con la piel color verdoso, se abalanzó sobre él.

La sorpresa del impacto le hizo caer, golpeándose la cara con la pared rocosa de la cueva y lanzando su bolsa de cuero varios metros. Riux hizo uso de su espada poniéndose delante de Zeta, para protegerlo, mientras recuperaba el sentido por la conmoción.

—¿Qué queréis de nosotros? —les preguntaba Riux con la espada en alto por si alguno decidía atacar.

—Grrr… —gruño uno de ellos—. De ti nada, queremos a ese —señaló a Zeta que empezaba a incorporarse despacio.

—¿Por qué a él? —seguía Riux interrogando.

—¡El soberano lo quiere! —exclamó con una risa aguda.

—A cambio, nos dará el don de la magia —contestó otro de los ocho que había.

—¡Sí! —coreaban el resto, demostrado su baja inteligencia.

—Seremos los amos, la raza predominante —advertía muy seguro—. Aparta de nuestro camino —gritó mientras se abalanzaba sobre Riux.

El guerrero lanzó un fuerte puñetazo al Wikus que pretendía atacarle, haciéndole retroceder. Los siete restantes se abalanzaron a la vez al ver caer a su compañero.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.