Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 14: LOS MAROALIS

Las horas se hicieron interminables cruzando el puente. Ya habían dejado muy atrás las montañas heladas. La niebla se disipaba y se percibían las copas de los árboles que había más abajo, dejando ver hasta donde llevaba.

Bajo sus pies, un inmenso bosque ocupa todo el lugar, las hojas de los árboles eran plateadas y reflejaban la luz mientras se balanceaban bajo la suave brisa.

El final de la travesía llegó hasta un gigantesco árbol, que ganaba en mucha altura al resto, y terminaba en una espiral de escaleras que rodeaban el tronco por el que descendieron hasta suelo firme. El amplio bosque estaba escondido en un sendero, a los pies de dos montañas. Varias cataratas caían sobre un lago que lo rodeaba y el brillo plateado de las hojas se reflejaba en el agua como pequeñas estrellitas. En el interior de sus troncos se percibía como corría la vida, desde la raíz hasta las ramas.

—¿Dónde estamos? —preguntaba Zeta asombrado.

—Eso mismo me pregunto yo —contestaba Riux con el mismo asombro, pues nunca había estado tan lejos de su hogar.

—Bienvenidos a El Bosque de las Almas —les informó Frewin—. La leyenda cuenta, que este bosque es el lugar de reposo de las almas de todos los Áureos que han sido dignos en sus vidas, y que si sabes escuchar podrás oírlas.

Por un momento se quedaron en silencio, a ver si conseguían escuchar algo, pero el silencio solo era quebrantado por la brisa siseando entre las ramas y el ruido de las cascadas cayendo sobre el agua. Aun así, el lugar era tan bonito que era digno de una leyenda como esa. Caminaron entre los árboles un buen rato y sus cuerpos ya pedían un poco de aseo.

—Y, ¿si nos damos un chapuzón? —sugirió Zeta al ver las aguas que le llamaban a ello.

—Creo que es una muy buena idea —sonrió Riux.

—Pues conmigo no contéis, ya me doy yo un baño a mi manera —dijo Frewin mientras se lamía el cuerpo, empezando por una de sus patitas.

Zeta y Riux se quitaron la ropa, quedándose en paños menores, y se lanzaron en bomba al lago, salpicando afuera y mojando a Frewin.

—¡Eh, ya os vale! —dijo sacudiendo su pelaje—. Ahora tendré que empezar de nuevo.

Zeta reía ante la reacción de la gata, le parecía divertido la profunda enemistad que tenía con el agua y, al final, siempre acababa empapada. Se acercó a una de las cascadas, dejando que aterrizara por su espalda. La fuerza del agua presionaba sus hombros, sintiendo la relajación en los músculos como nunca antes había sentido. Aquella fuerza, aunque parezca contradictorio, le quitaba un peso de encima.

Riux nadaba de un lado a otro, cuando la voz volvía a retumbar por todo su cráneo: “Ahógalo…” Susurraba con eco. Él, en silencio, luchaba contra aquellos impulsos, pues era un guerrero y la última orden de su jefa fue acompañarle en este viaje. No entendía por qué su interior le impulsaba a culpabilizar a Zeta. En el acto, evadió sus malvados pensamientos nadando hacia la orilla y saliendo del lago. Sin darse cuenta, pisó una piedra con forma de caracola fosilizada incrustada en el suelo, y que al presionarla se hundió en la tierra, activando un mecanismo. Zeta se encontraba relajado bajo la cascada, cuando fue absorbido hacia dentro sin dejar rastro, solo un grito, causado por la inesperada fuerza de absorción, alertó al resto. A su espalda veía la cortina de agua y las turbias siluetas de Frewin y Riux al otro lado. Había entrado, sin saber cómo, en las entrañas de la montaña. A su alrededor, llena de musgo por la humedad, se bifurcaba en varios túneles.

Frewin gritaba desesperada desde el otro lado, por suerte podía oír sus voces. Zeta explicó dónde se encontraba y tranquilizó a la gata asegurando que se encontraba bien.

—¿Qué ha pasado y porqué he aparecido al otro lado? —preguntaba Zeta en voz alta, para que sus compañeros pudieran oírle.

—Creo que la culpa ha sido mía —se oía la voz de Riux muy lejana—. Al salir he pisado una piedra con una forma muy extraña y en un segundo desapareciste.

Frewin corrió en busca de la piedra, cuando vio su forma de caracola fosilizada cayó en la cuenta de donde se encontraba.

—Este Bosque es territorio de los Maroalis —informaba Frewin en voz alta para que pudiera oírla.

—¿Maro...qué? —preguntaba Zeta, cuando un ruido a su espalda le hizo girar bruscamente.

Una silueta muy delgada y de unos dos metros de alto apareció a su espalda. Tenía la piel amarillenta con unas manchas por todo el cuerpo en forma de círculos algo más oscuras. Las facciones de su rostro parecían normales excepto por unos ojos que se iluminaban, como le pasaba a Frewin en zonas oscuras, solo que el ser siempre los llevaba encendidos sin importar la claridad o la oscuridad del lugar. El pelo que cubría su cabeza era corto y coincidía con el color de las manchas más oscuras de su piel. Sus pies descalzos y sus manos eran más largos de lo normal, con unas cortas y afiladas garras. Por último, de la zona baja de su espalda salía una larga cola que ganaba en altura al propio ser.

Zeta reaccionó levantando las manos, para que entendiera que él no era una amenaza.

—¿Quién eres? Y, ¿cómo nos has encontrado? —preguntaba en tono amenazante la Maroalis.

—Mi nombre es Zeta y te juro que todo esto es un mal entendido. No os estoy buscando, simplemente he acabado aquí por pura casualidad —se defendió con la voz temblorosa, intentando convencer al imponente ser.




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