No sabía si era de día o de noche, ni siquiera tenía percepción del tiempo que llevaba en esa situación. Imara seguía rodeada de oscuridad y lo único que podía hacer era pensar y esperar. Sabía que quien la tenía cautiva tenía un objetivo, atrapar a Zeta. Era su propio tío el que estaba desesperado por encontrarlo. El miedo se había convertido en impotencia y preocupación, pues ya hacía bastante tiempo que no escuchaba nada, solo el silencio pitaba en sus oídos.
Una voz que pertenecía a un chico joven, o al menos eso creía ella por el tono, comenzó a escucharse. Imara intentó agudizar el oído todo lo posible para captar algo de aquella conversación.
—Los Oscuros son unos inútiles —se quejaba con voz enfadada el que suponía que era el jefe—. Van pisando sus talones y nunca consiguen el objetivo.
—No te preocupes, yo te lo traeré derrotado, pero con vida —afirmó la voz del chico joven—. Confía en mí.
Poco más pudo captar, pues la conversación se convertía en balbuceos inentendibles.
Lo único que podía hacer era esperar.
El manto de la noche cubrió el bosque.
Zeta se sentía más fuerte con las palabras susurrantes de sus padres. Aquella experiencia, que solo él pudo escuchar, hizo que la seguridad le invadiera y por primera vez, en el tiempo que llevaba en Namásium, no tuvo miedo. Contaba a Frewin emocionado el mensaje que salió del pequeño árbol que brotaba entre las piedras de la montaña. Se incorporó y, con la gata subida en uno de sus hombros, atravesaron el túnel en busca de Riux y Syza, que se encontraban sentados junto a los pequeños Maroalis.
Las paredes de la cueva estaban ornamentadas con dibujos tallados en la piedra, que habían ido haciendo durante todos estos años viviendo confinados dentro de una montaña. Solo los líderes salían por turnos en busca de alimento para abastecerse. Sobre una gran piedra, que simulaba ser una mesa, habían dispuesto algo de comida para los huéspedes. Syza, muy servicial, ofreció a Zeta sentarse en cuanto le vio llegar, que agradecido se puso junto a Riux y frente a la Maroalis, alargando la mano para coger una pieza de fruta que nunca había visto: era dulce, muy sabrosa y por su barbilla corría el jugo morado con el primer bocado. Llegó feliz a la mesa, contándoles lo que le había ocurrido un rato antes, mientras degustaba el fruto. Syza compartió su alegría, en cambio Riux solo mostró una leve sonrisa. Zeta se percató de su actitud extraña desde que salieron de la isla Iluminium, pero también pensaba que era normal su tristeza. Últimamente se quedaba absorto en sus pensamientos.
Cuando terminaron de comer Zeta se levantó dispuesto a seguir su camino.
—Syza, muchas gracias por vuestra hospitalidad, pero ahora debo irme —Informó a la líder, mientras Frewin volvía a apoyarse en su hombro.
—Pero ¡cómo os vais a ir ahora en plena noche!, por favor quedaros —se levantó de su asiento superando en mucha altura al resto.
—No te preocupes, buscaremos un lugar donde descansar unas horas. Ya te expliqué el motivo por el que no quiero pasar mucho tiempo aquí —contestó apoyando una mano en el brazo de Syza en señal de afecto.
La Maroalis los acompañó hasta la salida de la cueva, intentando convencerle de que pasaran la noche. Zeta insistía en su decisión y Riux agradeció la hospitalidad limitándose a seguir sus pasos.
Atravesaron el lago y emprendieron la caminata. La noche estaba fresca y Zeta iba animado, deseoso de llegar cuanto antes a su destino, andando a un paso más ligero de lo normal. El bosque se extendía varios kilómetros y el ruido que emitían algunos animales, ocultos entre los árboles, les acompañaba. Llevaban un par de horas de camino cuando decidieron parar un rato a descansar. Apoyaron la espalda dejándose caer sobre un árbol, Frewin se acomodó sobre la capa de Zeta, a su lado, y el sueño les invadió. Aunque siempre se mantenían vigilantes, sin dejarse caer demasiado, o eso creía. Era la primera hora del alba, cuando un fuerte olor a humo les despertó de su descanso. Alertados se incorporaron, percatándose de las columnas de humo blanquecino que les rodeaba. Corrieron para escapar, con el fin de salir del asfixiante lugar, sin mucho éxito. De la nada, brotaron frente a ellos llamas que ardían en los altos árboles del bosque, cortando el paso. Retrocedieron en busca de una salida, pero las llamas devoraban la vegetación, dejándoles sin escapatoria. Zeta canalizó las energías sintiendo como recorrían todo su cuerpo, el fulgor blanco que salió de las palmas de sus manos hizo que las llamas se abrieran en dos, dejando un pequeño camino libre por el que cruzaron para salir de aquella trampa. El humo teñía sus caras de negro e inundaba sus pulmones impidiendo respirar. Parecía que conseguirían escapar, sin embargo las llamas brotaron de nuevo del suelo, a tal velocidad, que volvían a estar rodeados. Esta vez el fuego acertó. Zeta se encontraba justo en el lugar del que salieron y las llamas quemaron su mejilla derecha, provocando un profundo dolor que le hizo caer al suelo. Frewin se acercó hacia él asustada, sin apartarse de su lado, mientras Riux intentaba buscar una salida. El círculo llameante iba estrechándose cada vez más haciéndoles notar el intenso calor, que en breve se convertiría en quemazón. Ya habían perdido toda esperanza de salir de allí con vida, hasta que el tronco de uno de los árboles se desquebrajó, cayendo sobre el fuego y dejando una estrecha escapatoria. Riux se apuró en recoger a Zeta del suelo. Cuando se incorporó con él en brazos, en su mente volvió a retumbar una mala idea. “Déjalo arder”. Riux sacudió su cabeza para quitarse esos malditos pensamientos. Lo más rápido que pudo, cruzó al otro lado con Zeta inconsciente. Frewin corría delante de ellos, antes de que las llamas también consumieran su única salida.