Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 16: AXEL

Tras el desayuno, se pusieron en marcha dirección a Las Llanuras de Mikas. En su mente siempre estaba Imara y la preocupación por su bienestar. Él no sabía qué podría ocurrir cuando llegara a su destino, lo que si tenía claro es que entregaría su vida por la de ella, si fuera necesario.

Frewin, Axel y Zeta caminaban juntos por la colina, Riux les seguía unos pasos más atrás, alerta a cualquier movimiento extraño mientras escuchaba la conversación que estaban manteniendo.

Axel conocía muy bien el camino hasta la capital, pues él no siempre vivió en aquella solitaria casa de madera. Zeta, curioso, le preguntó acerca de su pasado y Axel de buena gana le contó lo sucedido.

—Aún no había nacido cuando comenzó la guerra. Mi padre murió cuando mi madre quedó embarazada. Vivía en la periferia de la capital y dedicaba su vida a sanar a los enfermos, gracias a su don para la curación. Tenía unas manos milagrosas y llegó a enseñarme algunos secretos sobre las propiedades de ciertas sustancias, para ayudar a sanar los dolores —Zeta no perdía detalle del relato—. Mi madre me contó lo que sucedió cuando Azor se hizo con el poder de la Piedra Cósmica. El suelo tembló con fuerza, sacudiendo todo el planeta. Todos salieron de sus casas alertados. En el cielo, un agujero negro, con forma de espiral, apareció sobre sus cabezas y succionó la magia de todos los Áureos. Miles de luces, de diferentes colores, ascendieron hasta perderse en la negra y oscura profundidad. Me contó que al sentir la magia abandonándole, un entumecimiento le abarcó todo el cuerpo y, al mismo tiempo, aparecieron las dolorosas marcas que apretaban y quemaban sus muñecas, arrebatándole el don de la magia. Poco tiempo después, a punto de dar a luz, decidió irse a un lugar donde poder criarme, lejos de la capital, para intentar protegerme. Cuando llegó hasta esta azulada colina, sin remedio comencé a empujar impaciente por salir. Una anciana que vivía sola en la que ahora es mi casa, la ayudó cuando la vio caer de bruces debido al intenso dolor. La acogió en su casa, donde nos dejó vivir a cambio de nuestra compañía. La anciana no tenía familia y verme nacer le dio la juventud que hacía décadas no sentía.

Axel apenas recordaba a la anciana, ya que murió cuando aún era muy pequeño, pero su madre se ocupó de que conociera bien la historia. Para él, era su abuela.

—Desde entonces he vivido allí con mi madre, hasta hace año y medio que fue cuando me quedé solo —Axel agachó la cabeza con un gesto melancólico—. Aquella mañana, mi madre salió hacia una aldea cercana, para hacerse con algunas provisiones. Yo quería acompañarla, pero ella insistió en que me quedara en casa, que no tardaría en volver.

Axel nunca vio regresar a su madre. Estaba convencido de que los sucios Oscuros se la habían llevado, sin querer pensar para qué. Quizás estaría muerta.
La historia sorprendió bastante a Zeta. Cuando el traidor se hizo con el poder, no sólo le trajo consecuencias fatales a él y su familia, sino a todo Namásium.
Riux, sin perder detalle de la conversación, le pareció que todo encajaba, excepto por un detalle, él también había vivido aquello y no recordaba sentir ese supuesto entumecimiento que experimento la madre de Axel. Él, a pesar del tiempo, aún notaba el fuerte dolor. Sintió como si le estuvieran arrancando, de forma violenta, una parte arraigada a sus entrañas, que le hizo caer al suelo justo después de aparecer las marcas en sus muñecas. Se quedó un enorme vacío en su interior al que, con el paso de los años, se fue acostumbrando.

—¿Y las marcas de tus muñecas? —preguntó Riux desde atrás, sospechando de la veracidad de la historia.

—Ya he contado, que cuando todo ocurrió, yo aún no había nacido amigo, por eso mis muñecas están libres de marcas. Nunca he podido hacer magia —contestó— ¿Tú tampoco tienes las marcas no, Zeta?

—No…— contestó Zeta dudando si contarle la verdad.

—Entonces eres más joven que yo ¿no? —dijo Axel.

—Bueno, en realidad somos de la misma edad, más o menos, solo que mis padres no solo me sacaron de la capital, si no del planeta —se sinceró con su nuevo compañero.

—¿En serio?, es genial. ¿Eso quiere decir que puedes hacer magia? —preguntó Axel emocionado.

—Sí, bueno no es que tenga mucha práctica, pero si me lo propongo puedo conseguir hacer algo —confirmó ante la decepcionada mirada de Riux, por confiar en él.

—¡Podrías hacer una demostración!

—¡Aquí tienes la demostración! —Intervino Frewin, rauda— ¿Cuándo has visto tú, un animal que hable?, él consiguió con su magia que pudiera comunicarme.

—Pues es verdad — Axel se sorprendió por la respuesta cortante de Frewin—. Jamás había visto un animal como tú. Desde luego es cosa de magia.

Frewin miró a los ojos de Zeta, dándole a entender que mejor sería reservarse ciertas cosas. Riux también inundó con su desconfianza a Frewin, pidiendo a Zeta, entre líneas, que tuviera precaución.

Después de una larga caminata, llegaron al final de la colina. Esta era atravesada por un ancho y caudaloso río. Disponía de un puente de piedra envuelto en frondosa hierba, creado por la propia naturaleza, permitiéndoles cruzar al otro lado. En la lejanía se divisaba una arboleda de hojas blancas, que abarcaba todo el paisaje y, justo en el centro, se alzaba una gran estatua, dejando las copas de los árboles muy abajo. La estatua de piedra grisácea y llena de vegetación, por el paso de los años, representaba a una mujer que salía del suelo a la altura de los muslos. El esbelto cuerpo estaba tallado dejando entrever una fina tela que cubría las curvas del torso. El rostro era fino y el pelo cubría sus pechos semidesnudos. Tenía los brazos alzados, dando la sensación de que sus manos rozaban el cielo. Todo estaba cincelado de manera minuciosa.
La imponente estatua dejó a Riux y Zeta boquiabiertos. Axel conocía su existencia, pues ya había pasado por allí en alguna ocasión. Para él, solo era una escultura centenaria. Frewin les corrigió, no era una escultura cualquiera puesta sólo para decorar. Era conocido como el Templo de las Estrellas.




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