Los ojos negros de Zeta reflejaban la galaxia azulada que orbitaba dentro de la bola de cristal. El movimiento hipnótico hacía que dejara de escuchar cualquier sonido que proviniera de fuera de ella. Ante su mirada, la hipnótica galaxia se disipó en un humo blanquecino, como si la propia magia estuviera eligiendo que mostrarle.
Un joven y apuesto hombre de pelo y ojos negros, con la tez blanca apareció en el interior de la bola de cristal. Creía estar viéndose a sí mismo, por el tremendo parecido físico que compartía con aquel muchacho, pero no se trataba de él, viéndose en un futuro; era Azor, su tío y hermano de su padre. La magia contenida en la bola, le estaba mostrando a Zeta la razón por la cual se convirtió en un ser sin escrúpulos ni corazón y el motivo por el que asesinó a su propio hermano, convirtiéndose así en el soberano.
Zenón, el padre de Zeta, siempre contaba con la excesiva atención de sus padres, entrenado para algún día proteger Namásium. En cambio, Azor no tenía esa responsabilidad. Vivía con los lujos de ser el hijo menor del soberano, sin tener que preocuparse de contentar a su padre con protocolos ni entrenamientos. Era un joven feliz y bastante tímido, al que le gustaba salir en las noches a observar las estrellas, mientras experimentaba con su magia algunos encantamientos. Su sueño siempre fue volar y surcar los cielos para recorrer su bello planeta, lejos de las formalidades de palacio. Su espíritu aventurero ansiaba ese tipo de libertad y conocer cada rincón de Namásium. Para ello, siempre practicaba hechizos en los que creaba seres mágicos con grandes alas, que fueran capaces de durar el tiempo necesario sin deshacerse. Para su padre, aquello era una auténtica pérdida de tiempo, pero a él se lo permitía, ya que nunca tendría que cargar con el peso de proteger la Piedra Cósmica.
Una noche, mientras Azor jugueteaba con su magia en la zona más alta de la colina, en los límites de las Llanuras de Mikas, desde la que se veía toda la llanura y los lagos que rodeaban el palacio, una voz a su espalda le distrajo. Era una joven cuya larga melena era de un rubio platino que daba la sensación de ser blanco y ojos verdes aceituna, que resaltaban en el blanco de su piel. Ella vivía en el palacio desde que era una niña, acogida bajo la protección del soberano como una de tantos sirvientes que se hospedaban allí, a cambio de sus servicios. La muchacha había seguido hasta allí al joven Azor, curiosa por saber qué es lo que se traía entre manos, ya que la mayoría de las noches veía la luz mágica de Azor desde sus aposentos. Ella, por supuesto, también podía llevar a cabo la magia, pero no era tan espectacular como a Azor le habían enseñado, ella solo sabía hacer pequeños hechizos que le facilitaran su trabajo como sirvienta.
Su presentación originó un susto repentino, por el hecho aparecer a sus espaldas sin emitir ningún ruido. Respondía al nombre de Samay y le pidió permiso para ser espectadora de su increíble magia, todo con el debido respeto que se merecía el hijo menor del soberano. Asombrado ante la belleza de la joven, accedió sin ningún tipo de reproche. La invitó a posicionarse a su lado y, queriendo impresionar a su inesperada visita, cerró sus ojos durante unos segundos. Canalizó toda la energía, que fue capaz de atraer del universo, y sus manos desprendieron una luz blanca que se reflejó en los ojos verdes de Samay, sorprendida por la inmensa energía que Azor fue capaz de atraer. Tras una luz cegadora, que salió de sus temblorosas manos debido a la fuerza con la que expulsó toda la energía, una silueta blanca y brillante de un ave de exageradas dimensiones, con una cresta emplumada que llegaba hasta el final de su larga cola, se posó frente a ellos. Era la primera vez que conseguía que el brillante pájaro tuviera la fuerza necesaria para no desvanecerse en el acto, como en ocasiones anteriores. Cuando Azor abrió los ojos y vio de lo que había sido capaz, miró a Samay y, feliz de su logro, le brindó su mano ofreciéndole dar un paseo por el cielo, con una sonrisa amable.
La joven, maravillada ante la capacidad de Azor, aceptó agarrando su mano y subiéndose a lomos de la imponente ave blanca. Azor se colocó delante de ella y con un fuerte impulso ascendieron, dejando tras de sí una estela mágica. La fuerza de subida hizo que Samay se agarrara con fuerza a la cintura de Azor, para evitar caer. Ese gesto hizo que el joven se pusiera muy nervioso. Nunca había tenido contacto con una mujer por su timidez, incapaz de acercarse a una a menos de cinco metros. Sobrevolaron las Llanuras de Mikas. El viento que presionaba sus caras, a causa de la velocidad, les dio un sentimiento de libertad como jamás habían sentido. Desde esa altura, el palacio parecía ser muy pequeño. Samay alzaba una mano por si pudiera acariciar las estrellas, que se apreciaban grandes. Al recorrer el cielo estrellado, sobre el inmenso lago que reflejaba el cielo nocturno, daba la sensación de estar surcando el universo a lomos del pájaro mágico, en busca de otros mundos. Aquella magnífica experiencia duró más de medianoche, aunque, para Azor, parecía haber pasado solo unos minutos.
El mágico pájaro empezó a titilar, avisando de que en breve se desvanecería. Descendieron hasta el jardín trasero del palacio antes de que desapareciera la magia por completo. Samay, emocionada por el paseo, besó la mejilla de Azor muy agradecida, pues ella nunca había visto, ni vivido, una magia tan maravillosa. Tras aquel agradecimiento, al tímido Azor se le encendió la cara preso de los nervios, sin saber cómo reaccionar. Ya el ave se había desvanecido por completo cuando consiguió soltar algunas palabras. La invitó a acompañarle otro día, para hacer algo nuevo y más espectacular. Samay se lo agradeció de nuevo, aunque no estaba tan segura de que se volviera a repetir, pues le atraía otro hombre y la cara enrojecida de Azor le hizo darse cuenta de la atracción que había sentido por ella. No quería darle falsas esperanzas. Con una cordial y respetuosa despedida volvió dentro de palacio, antes de que se dieran cuenta de su furtiva escapada nocturna. Azor se tocó la mejilla en la que Samay dejó un beso y observando cómo se alejaba, se dio cuenta, se había enamorado de ella.