Axel se encontraba sentado en los pies de uno de los árboles, cerca de la entrada del templo, esperando impaciente a que terminaran pronto con la excursión y pudieran seguir su camino a las Llanuras de Mikas. Ya llevaban un rato dentro, cuando Axel se percató de tres luces humeantes, color verde, que surcaban el cielo dirección al puente de piedra natural que cruzaba el río. Se incorporó de inmediato y, con preocupación, observó que las tres luces verdes se posaron en el suelo. El humo se disipó dejando ver la silueta de tres hombres con vestimentas oscuras y con una capa encapuchada que escondía sus rostros.
—Malditos imbéciles —dijo entre dientes, mientras se dirigía a los tres encapuchados.
Cuando se percataron de que Axel se aproximaba a ellos a toda prisa, reaccionaron de forma muy rápida, apoyando una rodilla en el suelo y bajando sus cabezas.
—Mi señor —saludaron los tres al unísono manteniendo la reverencia.
—¿Qué hacéis aquí inútiles? —preguntó Axel de forma agresiva a los tres Oscuros que se cruzaron en su camino.
—Lo siento señor, cumplimos las órdenes del soberano. Debemos destruir al hijo de Zenón —defendía el portavoz de los tres.
—No os enteráis de nada, ¿verdad? —reprochaba Axel —. Volved a palacio y no quiero que entrometáis vuestras feas narices, ni que os crucéis de nuevo en mi camino. Yo se lo entregaré a mi padre. Ya habéis tenido varias oportunidades de atraparlo y lo único que habéis conseguido es reventar una isla entera, prender fuego a un bosque y dejar vuestro trabajo en manos de estúpidos Wikus.
—Pero vuestro padre nos dio la orden de…
—¿De qué?, de que lo atraparais. Lo primero que hicisteis fue llevarle a una niña estúpida —alzó la voz Axel, ya cansado de lidiar con los tres Oscuros—. ¡Fuera de aquí ya!
—Sí mi señor —aceptaron sin insistir más.
Los tres oscuros, de nuevo, se disiparon en humeantes luces verdes, dejando el lugar. Axel se apresuró para llegar a la puerta del templo, mientras insultaba mentalmente a los tres Oscuros que irrumpieron en sus planes. Volviendo a tomar asiento bajo uno de los árboles, daba gracias de que Zeta, Riux y Frewin siguieran aún dentro y no se percataran de nada. Sus ojos negros se encendieron, reflejando la llameante luz verde que llenaba sus pupilas. Siempre aparecía cuando conectaba la magia con su don para la hipnosis. Un vínculo se desataba entre sus pensamientos y la mente de su víctima, invocándole al abismo de la duda y las oscuras y retorcidas ideas.
Axel no podía fallar en su misión, pues se había comprometido con su padre, al cual quería impresionar. Azor siempre vivió obsesionado con la idea de encontrar al único Áureo con una mínima posibilidad de arrebatarle su soberanía, dejando de lado la crianza de su hijo. Esta era la oportunidad perfecta para enorgullecerlo y ganarse su confianza, como hijo y heredero.
La galaxia azulada de la bola de cristal se reflejaba en los ojos rasgados de Riux, atrapándole. Las voces de Zeta y Frewin se desvanecían cuanto más se adentraba en el mundo de las revelaciones. El humo blanco envolvió la galaxia, y al disiparse le empezó a mostrar imágenes.
Ante sus ojos, apareció la imagen de Zeta en su vida pasada viviendo en el orfanato, acompañado de Imara. Desde lo más profundo de la bola de cristal observó su despedida con ella, cuando le regalo el anillo de sus padres y la salida del orfanato para nunca volver. Para Riux, no tenía ningún sentido que la magia le estuviera mostrando aquello, aun así decidió seguir observando.
Lo siguiente que mostró fue a Zeta descubriendo su linaje, de dónde provenía y el fatal destino de su familia y de Namásium a manos del traidor. El sentimiento de venganza que inundó a Zeta en aquel momento, Riux lo sentía en su pecho como si estuviera viviendo la situación en sus propias carnes, junto a las ganas de aprender a utilizar la magia para acabar con el yugo que sufría su bello planeta. Riux terminó de darse cuenta de que Zeta era el único, con la capacidad suficiente, de enfrentarse a Azor. La sangre que corre por sus venas es la misma que la del traidor.
El guerrero, al ser testigo de la fuerza que desprendió Zeta cuando conoció la verdad, se sintió culpable por escuchar las voces que pululaban y envenenaban su mente, en contra del heredero. De manera radical, las imágenes cambiaron. La bola le mostró otra perspectiva de la situación. Zeta discutía con Frewin, en las afueras de la casa de Sagor, imponiendo su drástica decisión. No tenía intención de volver a Namásium, ni vengar a su familia, ni mucho menos salvar al planeta de las cadenas que la mantenían presa. Prefirió quedarse en Tresva, para así vivir una vida plena y feliz junto a la mujer que ama, Imara.
Aquello sorprendió a Riux. Siempre confió en que Zeta había llegado hasta aquí promovido por su obligación, como hijo de Zenón, para con Namásium. Acababa de descubrir los verdaderos motivos por los que Zeta decidió volver. El secuestro de Imara a manos de los Oscuros, era la única y verdadera razón. Cierto era que Zeta le contó, en su momento, que aquella muchacha había sido secuestrada, pero jamás pensó que esa era la única razón que le hizo volver.
Acto seguido, la imagen cambió. Su querida isla y todos a los que amaba estaban escondidos, bajo la fulminante luz roja y tentacular que arropó el cielo de todo el lugar. Sólo se escuchaban los sollozos causados por el miedo y la incertidumbre por lo que estaba a punto de ocurrir. Riux observaba las imágenes como si hubiera estado allí. Viviendo y sufriendo con todos y cada uno de los componentes que formaban su clan, desde los ancianos hasta los recién nacidos, las mujeres y los hombres. Todos sus hermanos y hermanas. Notaba en su cuerpo como la luz amenazante absorbió los sonidos de la isla, dejándola hueca, sumida en la oscuridad. Una enorme y descontrolada ventisca azotó el lugar y, por último, los tentáculos terminaron de cubrir todo el cielo, asestando un fuerte golpe seguido de un gran estruendo que desintegró la isla por completo, sin rastro alguno, como si jamás hubiera existido. Al revivir lo sucedido, Riux sintió un fuerte calambrazo, que recorrió todo su cuerpo, saliendo de su hipnosis con un impulso que le hizo caer de espaldas. El dolor infringido por el fatal destino que sufrió la isla, se agarró a su corazón como un parásito que se alimentaba de él lentamente. De su alma desapareció cualquier buen sentimiento que albergara hacia el heredero, culpándole de todo lo ocurrido. Todo por una causa que sólo era de su propio interés.