De sus ojos ciegos ya no podían salir más lágrimas. Se encontraba suspendida en el tiempo, como si estuviera muerta, pero en realidad seguía viva. Lo único que llenaban sus oídos era el silencio y los latidos de su corazón. Su preocupación no era salir de aquella situación, ya no le importaba lo que le pudiera pasar. Sólo temía por Zeta, pues su mayor miedo era que sufriera algún daño por querer salvarla. Imara prefería morir, si eso asegurase que Zeta desistiría en el intento de salvarla y pusiera, por fin, a salvo su vida.
Sabía que era un as en la manga de su secuestrador, para ser utilizada como arma y deshacerse de Zeta, convirtiéndose en un peligro más para él. Llegó a convencerse de que su única salida era acabar con su vida, pero en aquella situación no podía hacer nada. Pues ya no sentía sus brazos, ni sus piernas, ni si quiera parecía estar en su propio cuerpo. En su agonía lo único que podía hacer era esperar y suplicar.
Una suave y melodiosa voz, comenzó a romper el silencio.
—No te martirices más —susurró.
—El universo proveerá —dijo una segunda voz, también femenina e igual de suave que la primera.
—¿Quiénes sois?, ¡ayudadme! —suplicó Imara desesperada sin saber de dónde provenían las voces.
—Somos Guardianas de Luz. No podemos ayudarte, lo siento. Pues estamos en la misma situación que tú.
—¡Por favor!, ¿dónde estoy? —preguntaba afligida buscando respuestas.
—Estamos sumidas en un profundo sueño. Bajo un hechizo del que sólo el poseedor de la Piedra Cósmica podría despertarnos.
—¿Hechizo?, ¿estamos hablando de magia? —preguntó Imara, incluso más confusa que antes.
—No sufras más, el destino está escrito y lo que deba de pasar, pasará…—dijo la primera voz fundiéndose de nuevo en el silencio.
—¡No me dejéis aquí sola! —suplicó Imara sin obtener más respuesta.
Riux aún seguía de rodillas, arrepentido, observando como Zeta se alejaba hasta perderle de vista, tras la frondosidad de los árboles, con Axel justo detrás. Estaba muy confuso. No sabía cómo había sido capaz de atacar al heredero, cayendo en las tentaciones de la voz que le martirizaba. Había decepcionado a Zeta, a su clan y a sí mismo. La última orden que recibió de Yica, la jefa del clan, fue poco antes de que desaparecieran de la faz del planeta. Fue una orden bastante clara y concisa: acompañar al heredero y protegerle en el camino. Había fracasado.
El guerrero, sumido en una profunda depresión, volvió a recorrer el camino por el que habían llegado, regresando a la colina donde se encontraba la casa, de madera blanquecina, de Axel. El cielo se oscureció por las nubes grisáceas y cargadas que avecinaban una tormenta. Con una fuerte patada de rabia contenida, por el enfado que sentía consigo mismo, abrió la puerta de la casa, destrozándola. Recorrió el lugar, en busca de no sabía muy bien el qué, y sólo encontró el polvo que cubría los pocos muebles, dando un aspecto de abandono. Llegó hasta una puerta por la que salió a un descuidado patio trasero rodeado por una verja de madera podrida. Apoyando la espalda en ella, se sentó sobre la tierra negra y húmeda. Caían las primeras gotas de lluvia, mientras apoyaba su cabeza sobre las manos, desesperado, sin nada que poder hacer. En uno de sus bolsillos palpó el pequeño frasco de cristal, lo sacó y lo observó, mientras revivía el momento en que lo encontró en la bolsa de Zeta. Recordó la maldita voz que le instaba a utilizar el veneno en vez del antídoto. Agradeció que, en ese instante, tuviera la suficiente fuerza de voluntad para luchar contra la tentación. Esta vez había fallado y se había convertido en un verdadero peligro para el único Áureo capaz de enfrentarse al traidor. Decidió que no merecía vivir. Debía regresar con su clan, allá donde estuvieran.
Con los dedos palpaba el corcho que cerraba el frasco herméticamente, mientras reunía el coraje para enfrentar su destino. Sin apenas esfuerzo, lo descorchó y se lo acercó lentamente a la boca, llegando a rozar sus labios, dispuesto a dar el último trago. Sin embargo, en ese instante se percató de un pequeño montón de tierra que abultaba sobre el terreno. La claridad regresó a su mente, dándose cuenta de que su misión de proteger al heredero comenzaba ahora. A toda prisa, se levantó de la húmeda tierra tirando el frasco contra el suelo, rompiéndolo en pedazos. Se acercó a la zona abultada y escarbó a gran velocidad, hasta que las yemas de sus dedos rozaron lo que él se temía. Con más precaución, retiró la tierra hasta dejar al descubierto el rostro de la anciana que habitaba aquella casa. El fuerte olor que desprendía le hizo retirarse con brusquedad. Tuvo razón en no confiar en Axel. La historia que contó sólo fue una sarta de mentiras. En lo único que contó la verdad fue en que la casa pertenecía a una anciana, pero esta, ni ayudó a su madre, ni la quiso como a una abuela. La había asesinado sólo por tener una coartada que contar para acercarse a Zeta.
Apresurado salió de la casa, corriendo colina abajo para llegar al templo lo antes posible. La lluvia se convirtió en un aguacero acompañado de intensos truenos que hacían crujir el cielo, dando la sensación de que el planeta se estaba rompiendo por la mitad. Cuando llegó estaba calado hasta los huesos y el suelo enfangado, por los charcos, no le dejaban ir todo lo rápido que quería. De esta manera no podría alcanzar a Zeta. Decidió entrar en el templo, que aún tenía la puerta entreabierta, para guarecerse de la tormenta.
Desesperado por salvar al heredero de las garras de Axel, comenzó a dar vueltas por el amplio recibidor iluminado por las miles de estrellas que estaban en el techo, simulando el firmamento. Las estatuas de mujeres que rodeaban la sala le observaban sin vida y frente a él estaba la escalera, por la que subieron y vieron las cientos de puertas que abrían el paso a otros mundos. Recordaba la explicación de Frewin sobre las puertas, mientras una idea asomaba por su cabeza. Al igual que Zeta, otros muchos Áureos vivirían en otros planetas, ellos también podían hacer uso de la magia. Necesitaba ponerse en contacto con ellos y pedirles su ayuda, pero no sabía cómo. Las puertas estaban selladas y, como explicó la gata, solo una poderosa magia podría abrirlas de nuevo.